Un despido procedente

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A ver cómo cuento esto sin que se me caiga el alma a los pies. El periódico llevaba un siglo en la calle Vázquez Lescaille, y aquello se nos iba cayendo a pedazos, así que cuando el Grupo El Progreso compró Diario de Pontevedra nos fuimos para Lepanto al año siguiente. Ocupamos todo bastante alborotadamente, porque éramos una redacción joven, y allí tuvimos delante unos Macintosh con cuenta de correo y unas direcciones personalizadas muy cucas. Yo aprovechaba esto para enviarle de vez en cuando a un compañero mis comentarios agudísimos sobre las más variopintas causas sexuales y drogadictas en las que militaba entonces. También, como es natural, algunos apuntes al natural acerca de esta chica y aquélla, y en fin, toda clase de confidencias que uno se permite con un amigo. No era un vocabulario ejemplar. Nada de lectura obligatoria en los colegios. Había que estar allí: “Le estuve dando por el culo como un enfermo hasta las siete de la mañana”, “el domingo acabé metiendo en casa a un chulo y dos putas supergolfas que me dejaron perdidito” y “oye, ¿qué te parecen las tetas de la nueva?” era un poco mi guerra. 

 

Una tarde se presentó en el periódico un fotógrafo que a mi modo de ver era bien guapito, lo cual representaba una amenaza escandalosa, pero me lo tomé con mucha filosofía y le envié un correo a este amigo un poco en la línea editorial mía:

 

-Me gusta ese chaval nuevo. Tiene un culo flipante. ¿Nos lo follamos?

 

Mi amigo no me contestó a este email. Y de repente me di cuenta de que mi amigo no me había contestado nunca a ningún email. No me había escrito una sola vez, y yo ni siquiera lo había echado de menos. Yo allí soltaba cuatro salvajadas irreproducibles, la mayoría de ellas sin sentido, y me quedaba anchísimo, hasta releyéndolas con cierta fruición, como regodeándome en aquella escritura suburbial mía veinteañera, tan atroz. Así que descolgué el teléfono y lo llamé:

 

-Oye, ¿y tú por qué carallo no me contestas a ningún correo?

 

-Yo no recibí nunca un correo tuyo, amigo.

 

Su dirección, me dijo, no era como la de los demás, la inicial del nombre y su apellido. “Ajá”, le dije.

 

-Y ahora -contestó él disfrutando de la vida-, adivina por qué.

 

Pero yo ya lo había adivinado. Lo supe casi en el mismo momento en que marcaba el número. Creo que lo supe ya desde el primer correo que escribí. Ahora que lo pienso, probablemente lo supe desde el momento en que nací. La inicial del nombre y el apellido de mi amigo coincidían con la del director financiero de la empresa.

 

Recuerdo que durante media hora me quedé mirando sin más el fondo de pantalla. Lo que hice fue meterme en la carpeta de correos enviados y releerlo todo. Era oficial: me había cubierto de gloria. Fui borrando los emails de uno en uno mientras trataba de recordar los encuentros que había tenido con mi jefe, uno de ellos en el cuarto de baño, de ése sí que me acordaba bien: seguro que dos minutos antes yo le había escrito un correo hablándole de chochos mojados y vomitonas en el baño y allí estábamos los dos meando juntos, en silencio, chorra en mano y despidiéndonos al salir:

 

-Hasta luego.

 

-Hasta luego.

 

En ésas estaba, aún medio trastornado, cuando a última hora de la tarde sonó mi teléfono:

 

-El director financiero quiere que subas a hablar con él.

 

No deja de ser curioso cómo la vida va escribiendo tramas paralelas a tu espalda y elige siempre el peor día para unirlas, como en un festín macabro. En aquella época yo tenía en el periódico a un compañero de mesa al que de vez en cuando le organizaba alguna escabechina. Esa tarde, un poco antes de la debacle, le había dicho que estaba en la puerta esperándole Sinaí Giménez, el ‘príncipe’ de los gitanos. Fue hasta allá y volvió apesadumbrado. No sé cómo, porque uno el talento para el mal lo tiene de forma natural, sin grandes procesos, como Zidane conducía el balón, pero lo convencí de que el amigo Sinaí  me había dicho que lo estaba esperando en una cafetería de Benito Corbal. Se levantó pesadamente de su silla, y lo vi marcharse con la libreta bajo el brazo, alma de Dios. Fue a la cafetería, no encontró a nadie, y al volver se paró con el vigilante jurado e hizo algo insólito: se desahogó con él y tanta lástima inspiró, el muy ladino, que le convenció para que me llamase por teléfono y me dijese que el director financiero esperaba verme.

 

Así se estaba escribiendo la Historia. Pero yo no lo sabía. Yo lo que hice fue recoger un poco la mesa y dirigirme al despacho en el que se firman los despidos. Subí las escaleras con cara de finiquito, y de finiquito además currado, y al llegar allí este hombre levantó la cabeza de unos papeles y empezó a flipar en silencio, tanto que yo creo que mantuvimos la mirada una eternidad. Llevaba semanas bombardeándole con correos de todo tipo, y ahora le agradecía haber contratado a un chavalito muy guapo con un culo especialmente follable, y después de comunicárselo oficialmente con un email me presentaba allí, torero, para quién sabe qué: lo mismo hasta me inmolaba. Éramos dos hombres en estado de pánico. Él bajó la cabeza y volvió a hundirla entre sus números y sus calculadoras, que pensé yo en decirle que hiciese las cuentas a mano, que eso ejercitaba el cerebro, pero lo que hice fue plantarme en una silla y observarlo desde fuera de su ‘pecera’, a la espera de que me diese permiso para entrar y ser despedido.

 

Ahora háganse ustedes una composición de lugar. Última hora de la tarde en un periódico, la Redacción a pleno rendimiento y en la planta de arriba, vacía, en silencio, sólo iluminada por la luz del despacho del director financiero, un hombre haciendo cuentas imaginarias y visiblemente alterado, probablemente a punto de volverse loco, y otro allí, pensando en Infojobs y esa manía de las empresas en no decir su nombre hasta la tercera o cuarta entrevista, que ya eran ganas de enredar. Debieron de pasar quince minutos, y el señor, desde dentro, dijo al borde del delirio:

 

-Jabois, ¿qué quieres?

 

-¿No me llamó usted?

 

-No, no. Yo no te llamé.

 

Lo digerí mal que bien. Le conté que aquello debía de haber sido una broma, porque últimamente se me estaban gastando a mí bromas muy pesadas (y esperé que en esa alusión sobreentendiese él que un extraño poder en la sombra se había apoderado de mi cuenta de correo y mandaba emails pornográficos, qué indignidad). Y bajé las escaleras temblando, y pasé los siguientes años de mi vida tratando de evitarlo en la medida de la posible, y cuando coincidíamos meando en el baño, allí los dos en silencio sosteniendo cada uno su chorra, que tampoco era cosa de andarse con confianzas, yo pensaba: “Manda carallo na Habana”.