Un día en Newyópolis (o varios días de Newyópolis en un solo día)

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El Sargento Pimienta. Uno de los tantos discos que alegran estos viajes neoyorquinos.

¿Qué me dices John?

Una canción de Los Beatles sonaba en mi iPod y yo intentaba recordar de dónde salió ese disco: ¿Internet? ¿Tower Records?¿Virgin Megastore?

Las discotiendas son templos desintegrados del paisaje neoyorquino, piezas (inexistentes) de la arqueología de la ciudad, que se extinguieron en la primera década del siglo XXI. Aún quedan, que yo sepa, por aquí y por allá, pequeños refugios. Mi disco The Suburbs de Arcade Fire lo conseguí de casualidad en un hueco, una pequeñísima tienda –estilo de las Galerías Brasil que visitaba en mi Lima de adolescente– casi en la esquina de la calle 7 y Lafayette. También sobrevive un local grande, en un segundo piso de la calle St. Marks. Todos sospechamos que pronto sucumbirá a la magia oriental que ha convertido a esa calle en una colección de locales para degustar comida japonesa o beber bubble tea (evitando atragantarse con bolitas de tapioca). Allí me compré mi disco de los The Best of The Band y varios de Bob Dylan.

Hubo tiempos en que yo estaba suscrito a la revista Rolling Stone. Me había enamorado de ella desde los tiempos en que la tijereteaba en la oficina para que las diseñadoras montaran una revista de televisión por cable. Sus oficinas fueron las únicas en las que me atreví a entrar, recién llegado, a pedir trabajo. Es decir, cuando el inglés apenas me servía para pronunciar mi nombre. Era un edificio con una sala de recepción inmensa, en la Séptima Avenida; y la recepcionista aceptó mi curriculum de muy buena gana. Esa revista –cuando valía la pena y no era ese impreso desagraciado en el que se ha transformado– siempre publicaba artículos como «The Best of this«, y «The best of that«; y uno de aquellos números especiales eran «Los 100 mejores discos de rock de la historia».

Con RS como guía, empecé a buscar rebajas y oportunidades en los que entonces eran los grandes templos musicales: Virgin y Tower. A la salida de ciertas clases de ética periodística en NYU, Tower Records era el inevitable paradero antes de enfilar hacia mi departamento en Brooklyn. Los martes todo estaba con descuento y así conseguí un par de discos de The Police, Ramones, AC DC, Jimmy Hendrix, David Bowie, The Beach Boys (lo he escuchado muchas veces, pero aún no entiendo qué tanto le ven los críticos de la revista al Pet Sounds) y The Clash.

Si era más temprano y merodeaba por Union Square, la tienda Virgin permitía que vague de uno a otro piso hasta pasadas las 11 de la noche. Al principio los CDs, salían de su plástico y, en el tren, se acomodaban en mi CD Player. Mucho después, cuando ya tenía una pequeña colección —30 ó 40 de aquellos «Mejores discos de la historia del rock»—esa música pasó a formar parte de mi primer iPod.

¿Qué me dices Junot?

Sí pues, no es necesario distraerse, pero la música y la lectura siempre han ido muy unidas en esta ciudad. Leo a Junot Diaz mientras escucho A Day in The Life y me convence la mezcla porque mi colección de música tiene rock en inglés pero también una gran cantidad de rock en español.

¿Qué tiene que hacer Junot Díaz con ésto? Es que estoy leyendo un cuento que ha publicado esta semana en The New Yorker: “The Cheater’s Guide to Love”. Así que cuando Yunior (el personaje principal, típico Junot) habla, se le aparecen las sucias y el culo, y el huevo y al lector decente (yo) no le queda otra que pensar en nuestra herencia hispana.

Yo nunca fui un hombre de salsa, ni de cumbia, ni de merengue, ni de vallenato (bailo de vez en cuando, sin ningún ritmo) pero mi formación se hizo con el rock en español de las radios limeñas a fines de los 80s. Esa fue la música de fondo de mi vida hasta mediados de los 90s: Soda Stereo, Los Prisioneros, El Tri, Virus, Los Abuelos, GIT, La Maldita Vecindad, Los Café Tacuba, Calamaro y Charly García. Ese pop-rock, se intoxicó con el rock de bandas españolas como La Polla Records o Siniestro Total y una banda limeña cuyo casete A la mierda lo demás sonó tanto, que se convirtió en una pieza más de mi primer automóvil: Leuzemia.

¿Qué me dices Junot?

El cuento es bueno. Nada nuevo, pero es de esas historias que no las puedes soltar. ¿Cuántos escritores con talento pueden escribir un texto que no puedes soltar hasta terminar? Claro que aquella no es una prueba definitiva de talento, pero a Junot Díaz –desde que lo he escuchado, en dos conferencias distintas, hablando de tú a tú con los estudiantes y usando todas las groserías existentes y todas las frases irrespetuosas conocidas para decirles que se dejen de joder y se decidan de una vez escribir si quieren ser escritores– le tengo un cariño especial. En algún momento va a reventar. Pero mientras, dejémoslo. Ese cuento te atrapa y todo es muy dominicano y muy Junot y queda la sospecha si ese (mismo tema de Aura) es un filón inagotable o ya Junot párala con los cacheros infieles dominicanos; y los cuentos donde de cada tres palabras dos son gruesas.

Mi lado adolescente siempre exigía música en español, pero la que yo quería muy pocas veces se podía conseguir en tiendas. Así llegué al Internet, al río Amazon, caudaloso. Y allí encontré una joyita: Artaud de Spinetta ( oficialmente Pescado Rabioso, pero del Flaco) Y armé mi colección de discos de Soda Stereo, Calamaro, Charly; y hasta conseguí Siniestro Total en los tiempos en que no se podía encontrar nada de ellos ni en la tienda virtual del iTunes.

¿Qué me dices Jian Ghomeshi?

Subo al auto, después de tomar el tren en Marble Hills en el Bronx, después de caminar desde Lehman College en Goulden Avenue, por la avenida Kingsbridge –que después de las 9 de la noche se ve mucho más tranquila y menos sucia que por la tarde (muchos papelitos en la vereda, me recuerda ciertas calles antiguas de La Victoria)–. Hoy no ha hecho tanto calor; y yo escucho a Jian Ghomeshi, un locutor que transmite por NPR (National Publc Radio) desde Toronto, y que entrevista a Ben Zeitlin, el director de la última maravilla cinematográfica del cine independiente de los Estados Unidos: Beasts of the Southern Wild. Hay ocasiones en que Ghomeshi tiene conversaciones muy inspiradas, como la de anoche con Chris Isaak, sobre la experiencia de grabar un disco en el mismo estudio donde tocaron por primera vez Johnny Cash y Elvis Presley.

Quiero aclarar que no tengo nada de Elvis en mi colección. Jamás me ha llamado la atención. Cash, sí. Cash me fascina. También tengo a Muddy Waters, que compré camino a Europa después de leer un excelente artículo sobre el blues y la inmigración negra hacia Chicago desde el Mississippi, en una National Geographic. Ray Charles también es un genio. Y Louis Armstrong, cuya tumba visité, pisando el pasto de Woodlawn en el Bronx.

El Bronx, el Bronx ¿Qué es el Bronx? ¿Qué me dices John? ¿Junot? ¿Ghomeshi? ¿Amigos virtuales, ustedes? ¿Qué les ha parecido la ciudad?

He llegado a casa escuchando Sargent Pepper, sorprendido –como siempre que lo escucho– porque de todos los discos de la pequeña colección, ése y Revolver, son de los pocos que puedo escuchar sin cansarme una y otra y otra vez. John, John. Pensar que a ti te mataron, en estas calles de Nueva York.