Un día en Urueña. Más librerías que bares

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Un cantar dice que Valdepeñas, urbe famosa por la elaboración y consumo de vino, “no es un pueblo, es una ciudad bravía; tiene más de cien tabernas y ¡una sola librería!”. A decir verdad, la totalidad de pueblos y ciudades cuenta con más bares que librerías. Sin embargo, la norma se quiebra en una notable excepción: el pequeño pueblo vallisoletano de Urueña tiene, de modo harto patente, más librerías que bares.

Urueña es un conjunto amurallado, bien conservado, que presenta una digamos límpida, por muy clara, faz de fortaleza medieval. Elevado sobre un coqueto cerrete, contempla impasible la Tierra de Campos que lo rodea. Alguien, al recordar esa sobria visión castellana desde Urueña, podría rememorar el decir poético de Neruda: “Desde allí se veía el rostro seco de Castilla como un océano de cuero”. En 1975 esta localidad fue declarada Conjunto Histórico-Artístico, Bien de Interés Cultural una década después y en 2014 fue proclamada como uno de “Los pueblos más bonitos de España”. Desde 2007, el pueblo es una Villa del Libro que se suma a otras villas instauradas como tal a lo largo de Europa: Reino Unido, Francia, Bélgica, Países Bajos, Alemania, Italia, Portugal, Suiza, Noruega. Pionera de estas villas librescas es la británica Hay-On-Way, en el País de Gales.

Una población tan pequeña, cómodamente circular encerrada en la muralla, escasamente habitada (no llega a doscientos el número de sus vecinos), es un nítido foco cultural. Además de la nómina de sus diez librerías, Urueña muestra museos y centros culturales. Este ruralísimo rincón, dotado de un plácido trazado compuesto de pintorescas calles donde se alzan, rústicamente, preciados inmuebles y algunas valiosas casonas señoriales, se ha convertido en un núcleo turístico, no lejos de importantes urbes, a poco más de dos horas de Madrid, en el que los visitantes recorren el adarve de la muralla, desde donde admiran el extenso y arrobador paisaje castellano y degustan el menú que ofrecen los restaurantes de la localidad; aunque, como señala Tamara Crespo, “conviene, cuando se visita [Urueña], no perder de vista todo lo que es anterior, los motivos por los que destaca, la belleza de su entorno y la fuerza de su historia convertida en piedra”. Saber, por ejemplo, que uno de los tradicionales oficios de la zona fue el de cisquero, consistente en hacer y vender cisco, que es el carbón vegetal, o picón, usado en los braseros. Una vistosa publicación da precisa y selecta cuenta del lugar; se trata del pequeño y precioso libro Urueña. Un destino de primera, que contiene una notable cantidad de llamativas fotos del pueblo y su entorno realizadas por Fidel Raso y unos textos muy esclarecedores de su mujer Tamara Crespo. Editado por la librería carrasqueña (gentilicio de Urueña) Primera Página, que dirige Tamara, y que lleva cursadas varias ediciones.

Yo creo que, en lugar de pasar solamente unas horas diurnas en Urueña, lo mejor es pernoctar allí, pudiendo así contemplar en plenitud la gran puesta de sol desde el llamado Roto de la muralla, esa amplísima tersura espacial que Unamuno definió hablando de Castilla como “El cielo, la tierra, nada más”. Aspirando, además, esa calma especial que “es de oro como el pasto seco”, contrastante y sugeridor sintagma de Alfonso Armada inscrito en su libro Por carreteras secundarias. Este modo de nuestra estancia nos permite cenar en el lindo jardín del restaurante La Real, en la calle del mismo nombre.

Sobre media mañana llego a Urueña, desviándome, cómoda y prontamente, en la A-6 algo después de Tordesillas. Lo primero que hago es instalarme en el Hotel Rural Pozolico, modesto, económico y agradable, y que también ha sido restaurante hasta la llegada de la Covid. Al salir de nuevo a la calle, sigo por Corro de Santo Domingo hasta girar en la calle Real para llegar a la Fundación Joaquín Díaz, primer enclave cultural de Urueña. Su noble sede es una casona del siglo XVIII llamada la Mayorazga, cedida por la Diputación Provincial de Valladolid, institución que mantiene esta fundación, centro etnográfico, cuya inauguración tuvo lugar en marzo de 1991.

Joaquín Díaz es el más acreditado folclorista español, y su vasta labor es comparable, aunque bajo orientaciones distintas, a la del músico clásico húngaro Béla Bartók; ambos recogieron las claves de una arte poética, sencilla y armónica, inscrita en las canciones tradicionales de sus respectivos países. Joaquín Díaz, también interesado por el folclore norteamericano, sigue conservando una bonita voz y un inmenso prestigio, pero en un tiempo sus actuaciones eran las de un personaje auténticamente popular. Muy riguroso en sus trabajos, Paco Ibáñez opina de él que es el Menéndez Pidal de la canción. Impulsó, además, la carrera de grupos tan señalados como Nuestro Pequeño Mundo o Jarcha y de solistas tan conocidas como Cecilia o Martirio.

La Fundación Joaquín Díaz, que atesora una selecta y copiosa biblioteca, aúna, entre otras valiosas colecciones (pliegos, aleluyas, fondos sonoros, fotografías, vinilos de 78 revoluciones por minuto, etcétera), una vistosa colección de gramófonos y fonógrafos, propiedad de Luis Delgado y Gema Rizo, y otra, deliciosa, compuesta de variados instrumentos, desde los más sencillos (un hueso de albaricoque agujereado, sencillas ocarinas y dulzainas) hasta los más complejos y curiosos, como es el caso de la matraca catedralicia, un instrumento destinado a emitir broncos sones para sustituir, en la ascética Semana Santa, a las alegres campanas, descaradamente melodiosas en la grave celebración pasional. Nos frotamos con gel hidroalcohólico, nos despedimos de la amable recepcionista y salimos de nuevo a la calle.

Bordeamos la iglesia de Santa María del Azogue, la única parroquia de Urueña, que encontramos cerrada, dirigiéndonos a la calle Costanilla, orillando el Museo de Campanas que dejamos para la tarde. Nos topamos con un amplio grafiti fotográfico que reproduce, en un muro, una instantánea de Miguel Delibes, y acto seguido nos adentramos en la librería El Grifilm, especializada en el séptimo arte y dirigida por la cineasta Inés Toharia. Allí adquiero el volumen Escritos de Luis Buñuel, en edición de Manuel López Villegas y prologado por el asiduo colaborador, guionista de las películas del aragonés, Jean-Claude Carrière, publicado por la editorial Páginas de Espuma. El libro incorpora el artículo buñuelesco ‘Pesimismo’, que afirma que “el mundo ha progresado hacia el absurdo”, inmediatamente antes de la célebre apostilla del genio: “Sólo yo no he cambiado. Permanezco católico y ateo gracias a Dios”.

A unos pasos de El Grifilm se halla el espacioso y diáfano Centro e-Lea Miguel Delibes; con diversas áreas: expositiva, pedagógica, de investigación, de documentación. Lástima que ya no pueda ver la exposición de poesía experimental de Francisco Pino (Valladolid, 1910-2002), uno de mis poetas y creadores predilectos. En el blanco vestíbulo se puede leer un largo poema de Antonio Colinas escrito ex profeso para el lugar; ‘¿Conocéis el lugar?’ es precisamente su título, y algunos de sus versos declaran: “Creo que es aquí, en este espacio/ donde se inventa la infinitud de los amarillos;/ un espacio en el centro del centro de Castilla/ en el que nuestros cuerpos podrían sanar para/ siempre”.

Siguiendo el trazado circular que siempre se establece en cualquier paseo por Urueña, penetramos en la panadería de Francisco Javier Marcos procurándonos una hogaza de su exquisito pan candeal. Y como no sólo de pan cultural vive el hombre, entramos en la carnicería de Amando de Castro (que me recomendó calurosamente la doctora Esther Almarcha), para pertrecharnos de las más sabrosas viandas: excelente cecina de vaca, muy jugoso lacón, lomo del más aromático, salchichón con su incitante olorcillo, y recio y seductor queso de oveja vallisoletano, que en algo, aunque sea muy poco, supera al también grandemente incitador queso manchego. A dos pasos de este establecimiento se halla la primera librería que se implantó en Urueña: Alcaraván, dirigida por Jesús Martínez, especializada en temas castellanos, y donde también se vende agua fría, vino y productos de la zona, como la rica miel. Fuera, un tenderete con libros de ocasión, práctica asidua en todo el pueblo. Por un euro me puedo llevar dos libros. Tengo la suerte de pillar los dos gruesos tomos de El judío errante, de Eugenio Sue, publicados en 1973 por la editorial barcelonesa Petronio. De allí nos encaminamos a la cercana plaza y nos metemos en el Mesón Villa de Urueña, donde consumimos un aceptable menú. Luego, el reducido grupo formado por mi mujer, una buena amiga y yo, se dirige al hotel para echar una siesta.

Al abrir otra vez los ojos, me encasqueto la gorra y mientras las mujeres se acicalan me dirijo yo solo al Museo de Campanas. Pertenece a la Fundación Joaquín Díaz y está ubicado en un antiguo almacén de grano. Es una colección de más de veinte piezas, de varios tamaños, cedidas por el fundidor Manuel Quintana, proveniente de una familia campanera cuya actividad data desde el siglo XVII. Pago mi uno, dos o tres euros (precio convencional de las entradas en Urueña) y quedo atendido a la perfección por la simpática Aurora. Entre ella y los paneles quedo enterado de que la aleación de una campana se compone del ochenta por ciento de cobre y el veinte de estaño. Hay dos tipos fundamentales: el esquilón, de un toque fino, y la campana romana, que suena grave. Antes de instalarlas en las espadañas, las campanas han de ser bendecidas por un obispo, sumergiéndolas en agua. Aurora me informa que cuando suenan a muertos, dos toques significan que es para mujeres, tres para hombres, cuatro para sacerdotes, cinco para obispos y seis para el Papa. Al cabo, en este museo hago una compra que olvidé hacerla en la Fundación Joaquín Díaz: una buena recopilación de temas del afamado folclorista y otro CD de las grabaciones de sus conciertos radiofónicos. Aurora me regala un disco primoroso que contiene 12 toques de campanas ejecutados por campaneros castellano-leoneses, desde un repique a un toque de fiesta, pasando por un toque a fuego y un toque a confesar.

Media tarde. Partiendo de la muralla, descendemos por un camino hasta la ermita de Nuestra Señora de la Anunciada, un edificio, de factura románico-lombarda, dotado de una sugerente geometría. La imagen de la Virgen que se encuentra en su interior, aunque la iglesia esté cerrada, se puede ver gracias a una mirilla que en la puerta del templo la enmarca. Desde la explanada junto a la iglesita se obtiene una visión magnífica de la muralla. Es el primer fetiche de Urueña que recibe el viajero en una de las entradas a la villa, situado en el plácido valle. Otra vez en el pueblo, caminamos por el adarve de la muralla y entramos en la librería Páramo, dirigida por Víctor López Bachiller y especializada en viejos libros, raros y curiosos.

Callejeamos, por la zona del Roto de la muralla, en espera de la espléndida puesta de sol, y en la calle del Oro entramos al Taller de Encuadernación Artesanal. Un recargado, luminoso y hermoso taller lleno de mesas bajo grandes focos y utensilios propios del oficio. Pillamos al encuadernador, Fernando Gutiérrez de los Ríos, pegando y prensando las hojas de un tomo. En tiempos fue fotógrafo en Madrid, trabajando en la Guía del Ocio. Alguna gente, ya con cierta edad, antaño metida a tope en los ambientes madrileños, disfruta hogaño aquí serenamente aposentada. Hablamos de lo divino y de lo humano. Adquirimos uno de los bonitos cuadernos que fabrica con atractivo y esmeradísimo papel. Como en casi todos los sitios de Urueña, se cuenta que, incluidas las fruterías, también aquí hay libros. Fernando nos dice que proceden de la librería Primera Página. Son antiguas ediciones; algunos títulos, para mí, felices hallazgos que, leídos, tenía olvidados. Compro estos dos: Rusia, mi padre y yo, de Svetlana Stalin (Planeta, 1967), un relato en forma epistolar donde la hija del dictador desmitifica a su padre en tono de emotiva confidencia; y El ingenioso hidalgo y poeta Federico García Lorca asciende a los infiernos, de Carlos Rojas, que fue Premio Nadal en 1979 (Destino, 1980), estableciendo la atractiva hipótesis de un oculto Lorca vivo, anciano mas fecundo.

Tomamos un vino (rioja, ribera o rueda, lo que más se sirve) en la terraza de Los Lagares, asomándonos, a cada rato, a observar el espléndido proceso de la puesta de sol desde nuestro privilegiado mirador castellano. De ahí nos desplazamos al restaurante La Real, penetrando en su recoleto y “cálido” jardín, ya aromatizado del fresquito nocturno que impulsa a usar la rebequilla (las noches de esta Castilla La Vieja no son calurosas, y sí las noches veraniegas e inmisericordes de La Nueva, La Mancha, de donde venimos). Al amor de una buena botella, probamos los finos platos que la casa ofrece. Preguntamos al joven camarero si en Urueña, después de cenar, se podría tomar una copa en algún sitio. Nos indica, sin estar seguro, la cafetería del Centro Social, en la calle Malena. Escoltados por los iluminados lienzos de la muralla, allí nos dirigimos, pero el local está cerrado. Encaminamos entonces nuestros pasos, “guarecidos” en el fresco de la noche, de vuelta al hotel.

Con Luis Delgado había concertado en ir a ver su Museo de la Música a primera hora de la mañana. Museo sito en calle de curioso nombre: Catahuevos. Delgado es un músico muy reconocido, versátil y de gran actividad. Nacido en el barrio madrileño de Chamberí, su profesor fue el prestigioso bandurrista Manuel Grandío. Ha realizado frecuentes giras por todo el mundo. Destacado autor de bandas sonoras para series de televisión, entre las que hay que resaltar las muy conocidas Alquibla, con guion de Juan Goytisolo; La Transición, dirigida por Victoria Priego, o Don Juan Tenorio, de José Luis García Berlanga. También es muy notoria su labor como productor, colaborando con Amancio Prada, Joaquín Díaz, María del Mar Bonet, Kepa Junkera, entre otros. Asesor musical y compositor permanente en el Planetario de Madrid, pone música asimismo a obras de teatro y coreográficas; con Víctor Ullate estrenó Arrayan Daraxa en la clausura de la Expo’92. Su discografía es numerosa; como solista, como miembro de distintos grupos, como productor y como colaborador en diferentes grabaciones, su haber casi supera los doscientos trabajos. Luis Delgado es, sin duda, con Joaquín Díaz, el personaje principal de la cultura en Urueña.

Yo había tenido algún contacto con él, asistiendo a más de un concierto suyo. Lo conocí (alguna vez cenamos juntos) a través de mi primo Fernando Suárez Palacios, en un tiempo activo y conocido fotógrafo, con el que también coincidieron los ahora “carrasqueños” Fernando Gutiérrez y Fidel Raso. Hoy mi pariente debería estar en Urueña cultivando un museo de la fotografía. Mi primo había realizado para Luis Delgado, en 1987, la carpeta del disco Bakú: 1922, con fotografías realizadas en el Planetario de Madrid, disco editado en colaboración con Eugenio Muñoz dentro de las creaciones de Mecánica Popular, grupo de música electrónica fundado por ambos, en activo desde 1978.

El Museo de la Música, que acoge parte de la colección privada de instrumentos musicales de Luis Delgado (más de 500 de un total de 1.200), es una maravilla. Instrumentos de todo el mundo cubren un espacio seductoramente oscuro y se integran en un vistoso todo de dos plantas distribuidos en medio centenar de vitrinas. Ahí nos dejó el músico a los tres escuchando el instructivo audio donde Luis, con clara voz, explica la procedencia y características del conjunto realzando las piezas más significativas y singulares. Satisfechos de tan peculiares sonidos, nos despedimos de Luis y nos encaminamos al último destino de nuestro viaje a Urueña, la librería Primera Página. Un pequeño local que ha cursado importantes eventos en unión de David Trueba, Nieves Concostrina y otros. Conconstrina es colaboradora de la popular periodista Pepa Fernández, quien en más de una ocasión ha retrasmitido su programa de fin de semana No es un día cualquiera desde Urueña. Primera Página, especializada en periodismo, fotografía y viajes, tiene un mayoritario fondo de libros de lance, aunque exhibe también, en menor número, novedades y las colecciones de libros que lanza esta fértil revista, FronteraD. Con su directora, Tamara Crespo, departo un rato y me llevo otro par de libros: El hombre que hablaba demasiado y otros cuentos, de Saul Bellow, publicado por Plaza & Janés, y otro volumen que recoge dos novelas de Steinbeck: Al este del Edén y La perla, editadas por Mundo Actual de Ediciones para los socios de Discolibro. Al salir de Primera Página, muy contentos de este lírico y provechoso recorrido por Urueña, tomamos el camino de Asturias, anhelando un sabroso clima, ideal para olvidar por unos días la pesadez de los calores manchegos.

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1 COMENTARIO

  1. Interesante y documentado artículo del escritor Amador Palacios, que invita a visitar dicha población, que tiene la rareza de tener más bibliotecas que tabernas, algo insólito en esta piel de toro llamada España, en la que se bebe más cerveza que vino y se lee bastante menos que se degusta placenteramente unas copas de buen vino. “Y Viva el Vino”.
    Un abrazo báquico,
    http://www.joaquinbrotons.com

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