Un día sin truenos

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1.

 

Me levanto con los truenos (truenitos, en verdad), esta mañana. Son como las 7 am y cierro las ventanas de la habitación de Hijita. Me fumo un cigarro observando al cielo, por ver si prende y la mañana se nos ilumina con los rayos del cielo, pero no. La furia celestial se queda apenas en rabieta y la tormenta en un intento fallido. Así que me vuelvo a la cama y retomo los sueños con los que andaba antes.

Me levanto a mitad mañana y leo un texto de Sergio Eduardo Cruz Flores sobre Benjamin. Y anoto la siguiente cita: “Las condiciones económicas bajo las que existe la sociedad alcanzan expresión en la superestructura: es lo mismo que el que se duerme con el estómago demasiado lleno: su estómago encontrará su expresión en el contenido de lo soñado […] El colectivo expresa por lo pronto sus condiciones de vida. Ellas encuentran su expresión en los sueños, y en el despertar de su interpretación”.

Así, según Benjamin, interpretar los acontecimientos presentes es despertar. Y debemos pensar el sueño en tanto que aspiración a futuro.

Con Hijita nos solemos contar los sueños, por puro divertimento. Los míos, últimamente, siempre tienen que ver con acciones de imposible conclusión y con derivas citadinas. Un restaurante en el que no me dejan pagar, una ciudad llena de túneles en los que me pierdo, la imposibilidad de retornar a un punto exacto de la ciudad (en el que supuestamente hay quienes me esperan), el olvido de las citas pendientes y, en general, la negación de mi autonomía en tanto que ser humano. En corto: en mis sueños últimamente no soy más que una suerte de pelele en las manos del destino, incapaz de autogobernarme.

No hace falta ser un hacha para intuir que ese despertar tiene que ver con la tiranía del confinamiento (que yo respeto a rajatabla, quede dicho, no como mucha otra gente). Sin embargo, el conocimiento de la verdad no me exime de tener que participar obligatoriamente de su dolor. Y es que, en términos benjaminianos, no puedo escapar de la serie de acontecimientos recientes (la historia), ya que mi idea de futuro está necesariamente imbricada en la red de acontecimientos que producen y permiten su construcción.

 

2.

 

 

Leo Madre Soltera (Las afueras, 2020), de la poeta argentina Marina Yuszczuk.

Se trata de un poemario imposible, porque batalla contra “un año sin lenguaje”, que es el primer año de su bebé. Y es interesante, porque entiende que aquella máxima de poner el cuerpo es insuficiente. Vale la pena pensarlo desde la Cixous, pero también desde la óptica de Hal Foster. Desde la filosofía y desde el arte político.

El siglo pasado nos es insuficiente. Necesitamos la fantasía, aunque nos duela.

Yuszczuk cuenta cómo vive “una locura íntegra” y la escritura entonces es imposible, pues era como romper o violentar ese estado incontrolable.

La escritura como una forma de aceptar esa pérdida de control.

La escritura como una paz incierta.

La escritura como un  forma de respeto.

 

3.

 

Es ya de noche.

No llueve. No hay truenos. Ni relámpagos, ni nada.
Tampoco tabaco. Salí antes: todo cerrado.

Y ya solo nos quedan unos versos de Luis Cernuda (de Ocnos): “Alguna vez, a la madrugada, me despertaba el rasguear quejoso de una guitarra”, escribía el poeta en su poema “La música y la noche”.

Pero hoy no hay guitarra ni hay nada.

Solo silencio.

Y un suspiro.

Y una intuición que secunda ese suspiro.

Y un cabello rubio.

Ojalá que se cumpla.

 

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