Un domingo y su pensamiento sobre Amberes

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Detalle de la fuente de Brabo en Amberes. Escultura de Jeff Lambeaux (1887). Foto: Ph.viny. Fuente: Wikipedia

Escribo este breve texto desde Amberes (así se escribe en español, en neerlandés es Antwerpen), en Bélgica.

Nota: el curioso origen del nombre de la ciudad lo dejo para el final, ahora quiero escribir de lo vivido un domingo en esta ciudad, y de lo pensado. Contar, dejar constancia. Continuar.

Nota: las primeras notas de este texto, que ha cambiado mucho en mi ordenador, fueron tomadas en las páginas en blanco de la novela que leía entonces, Un puente sobre el Drina, de Ivo Andrić. La novela recorre cuatro siglos en torno a un río, el Drina, a su paso por el municipio de Višegrad, hoy en Bosnia-Herzegovina, muy al sur de aquí.

Un domingo en la capital de Flandes puede empezar en el barrio de los musulmanes, a lo largo de la Handelstraat, entre las paradas Handel y Elisabeth del tranvía. Hay sobre todo marroquíes, aunque también bastantes turcos y africanos subsaharianos. Están tomando té verde muy azucarado con menta en los bares abarrotados, hombres dentro jugando al dominó o a las damas, o viendo la televisión de Marruecos en árabe, hablando, muchos con sus túnicas. Todos hombres.

Nota: aquí apenas veo belgas, apenas yo estoy entre ellos. Observando arriba y leyendo abajo. Escuchando sin entender nada.

Luego me paso por el turco, el Șifa, a dos pasos, donde el té es mucho más amargo y oscuro. Pido una excelente mercimek çorbası y un platillo de arroz. Pago poco. La noche aquí ha sido bulliciosa, decenas de kebabs hasta muy tarde para la juventud del barrio. Ayer fue sábado, hubo fiesta. Hoy, día de descanso.

Nota: pienso en cuando los turcos gobernaban Bosnia-Herzegovina, cuando aquello era un eyalato. Aquel extenso Imperio Otomano que cayó definitivamente tras la Primera Guerra Mundial.

Bajando hacia el centro para proseguir el domingo en Amberes veo a las mujeres en los parques, observando a los niños y niñas jugar, todas con sus velos. La calle está llena de puestos de frutas y verduras, hay una tienda de especialidades dulces árabes, una ferretería, una pescadería, el Calamares, un poco de todo y para todos. También colegios, un comedor para jubilados belgas, un bar para belgas, una asociación de arte.

Nota: me doy cuenta de que no sé mucho sobre sus vidas, sobre sus comunidades. Apenas alguna conversación suelta con ellos o datos que aparecen en los medios de comunicación, conclusiones que puedo sacar sin certeza. Esto me preocupa y empiezo a darle vueltas a la cuestión. Me acerco a la boca del tranvía y bajo las escaleras mecánicas, me interno.

Nota: encuentro un dato de 2015 en el internet de mi móvil, casi 800.000 musulmanes viven en Bélgica, un 7 por ciento de la población, sobre todo marroquíes y turcos, sobre todo en Bruselas y Amberes.

Cojo el tranvía en Elisabeth, recorro apenas cuatro paradas de la línea 6, me bajo en Lange Leemstraat. Diez minutos entre los dos barrios. Ambos barrios están separados por el centro histórico, donde acude el buen turista, donde pasan el día los de Amberes.

Nota: mencionar antes de llegar aquí que la ciudad está llena de vírgenes María en lo alto de las esquinas salientes de las calles, sobre todo en el centro histórico. Creo que es importante anotarlo. He hecho fotografías de ellas. También en el centro, cerca del puerto, hay dos calles donde las prostitutas se exhiben tras cristales.

Estoy ya en el centro del barrio judío, en una de las comunidades más numerosas de Europa. Veo a muchos judíos ortodoxos con sus túnicas negras y el sombrero, los niños con las patillas hechas largos tirabuzones yendo en bicicleta por las calles, las mujeres muy similares, con sus faldas y el pelo arreglado igual. La kipá. Hay supermercados abiertos llenos de productos de Israel, todo kosher.

Nota: todo debe ser halal al otro lado, pienso. Recuerdo a mi abuela no comiendo carne los viernes de Cuaresma y ayunando el Miércoles de Ceniza.

Nota: me informo de que la población de judíos es de más de 15.000, siendo casi un tercio ortodoxos, exactamente del movimiento del jasidismo, fundado en el siglo XVIII.

Hay tiendas de vino, pastelerías, una sombrerería, trajes, frutas y verduras. Sinagogas tras las puertas, otras bien grandes, bonitas y visibles. Hay un pequeño local, el Beni, donde dicen servir el mejor falafel del mundo fuera de Israel. Pido uno normal y un vaso de agua del grifo, y sigo pensando.

Nota: el falafel es el mejor que he probado nunca, sin duda, mucho mejor que los de Lavapiés, en Madrid, España. Cuatro euros y medio. El kabab también.

Pienso en la inmensidad del mundo que habitamos, la ingente cantidad de vidas, pienso en la imposibilidad de poder conocer todo, de poder saber todo, de encajarlo, de entenderlo. Pienso en los judíos que veo pasar fuera, en los árabes que han llegado hasta aquí, en todos aquellos que dudarán acerca de Dios o lo nieguen, en las prostitutas que, según leo en la red, vienen sobre todo de Rumanía y Bulgaria. Recuerdo que debo anotar al final la historia del nombre de la ciudad. Pienso en este Occidente privilegiado, en todos los inmigrantes que han llegado y que están llegando hasta las vallas de Melilla o Ceuta, pienso en el barrio chino de Usera de Madrid, pienso y pienso. Pienso en el Holocausto. Pienso en cómo sería esto entonces.

Se me va acabando el falafel. Cojo un periódico en hebreo y lo consulto en sentido contrario.

Sigo dándole vueltas al hecho de que sé realmente muy poco sobre lo que observo, de todo lo que implica, de todo lo que hay detrás.

Poco sé aparte de unos cuantos platos y bebidas nuevos que puedo ingerir, tomar y conocer efectivamente. Pienso en qué sentido tiene escribir sobre nada, en qué sentido tiene todo. Pienso en ir pidiendo un café extraño que he visto en la carta, un café que no conozco. A ver si está bueno.

Nota: ¿de qué vale la curiosidad?, ¿de qué nos vale?, ¿de qué me vale?

Nota: ¿es suficiente con salir, ver y preguntar?

Nota: ¿vale con esto?

Pido un café con cardamomo y tras él la angustia se disipa un poco.

Nota: aunque sea debido a la cafeína.

Hay que seguir escribiendo sobre nuestro mundo, pienso. Como hizo Andrić y tantos otros y otras a lo largo y ancho del mundo. La dueña me dice que el café que se me acaba es típico de Israel y Palestina, que es de la zona, añade. Es un café maravilloso y pienso en el conflicto en la zona, ya años y años.

Nota: ¿qué ocurrirá ahora en la Franja de Gaza, o en Ramala? ¿Y en Tel Aviv?

Pienso en el Sarajevo del 28 de junio de 1914, en el Belgrado del 4 de mayo de 1980, en el puente sobre el Drina, en Višegrad, durante 1992, cuando la guerra y la muerte. También hoy en día, en este mismo momento, muy al sur de donde me encuentro. ¿Qué ocurrirá ante un café casi ya vacío junto al Drina? Junto a aquel puente levantado por los otomanos y nunca echado abajo, de momento.

Nota: ¿pero cuánto mundo llevamos ya? ¿Cuándo mundo ya?

Nota final de Wikipedia: “El nombre de la ciudad proviene de la leyenda de Silvio Brabo, cuya estatua puede verse en la Plaza Mayor, Grote Markt. La leyenda cuenta que un gigante llamado Druoon Antigoon habitaba el río, cobrando un peaje a los barcos que quisieran pasar. Si un barco no pagaba, el gigante cortaba la mano del capitán y la arrojaba al río Escalda, Schelde. Un día, un centurión romano, cansado ya, cortó la mano del gigante y la lanzó al río, y de ahí surgió el nombre de Amberes, Antwerpen, Ant = Mano, Werpen = Lanzar”.

Nota final de ‘Un puente sobre el Drina’: “El hodja detestaba todas las expresiones nuevas, y especialmente aquel etc. Y no sólo porque aquella palabra le pusiese los nervios de punta, sino también porque tenía el sentimiento muy claro de que aquel término, dentro del lenguaje de los extranjeros, ocupaba el lugar de una verdad que quedaba en silencio”.

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