Un edificio de la llamada “zona de tolerancia” de Matamoros habla (de la compasión)

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Cualquiera que me visite sabrá que el sentimiento que predomina en los espacios semiabandonados (¿será posible vaciar un edificio, del todo? ¿Será posible envasar al vacío bares completos que albergaron tantas risas, sarcasmo, muerte y resentimiento, y sueños tan reconcentrados en cosas precarias y ridículas, como lentejuelas, posavasos y cueritos?), el sentimiento que predomina, digo, en espacios abandonados, es el de la compasión, ¿y cómo no iba a ser así?

Por mí pasaron personas que ahora son polvo y nada, y muchas de ellas ya eran caliche en vida, cuando se quedaron sin trago, sin rutinas y sin espacios en la zona de tolerancia El Zumbido, lo mejor de lo mejor de las zonas de tolerancia de Matamoros, lo que, entre murmullos corváceos y orgullo local, fue la Zona Roja.

Veo puertas rotas y ventanas sin cristales, veo esta ex zona de tolerancia de Matamoros, donde ahora bares, restaurantes y prostíbulos no están, quedan casas particulares de quienes viven cuántica, relativamente bien y relativamente mal, pues la pobreza medida a lo largo de su vida es como la superficie marina, tan navegable como hundidora, pero que cuando estaba todo esto repleto vivían mejor, eran parte de las nubes de turistas estadounidenses y de viajeros y de curiosos y de clientes y de fanáticos de cuerpos ajenos, y de ricos sin esqueleto pero con billetera, y de esqueletos sin riqueza pero divinos están/programados para el baile, con todos ellos pululando por acá en estas cuadras se vivía mejor, ahora hasta un edificio que fue tanto como yo lo fui estoy abandonado y solo sé del mundo por retazos que llegan de fuera de la colonia, de fuera del municipio, de fuera de Tamaulipas y de fuera de México (gracias a las nuevas tecnologías sé que la tierra es redonda y el mundo consiste en muchos celulares dentro de un baúl), y los residentes de la Colonia Treviño Zapata, donde quedaba la Zona Roja, ya no pasan el frío extremo que pasaban en esa época (aunque a veces hay fríos como el del invierno de 2017 o el temporal que, vía Texas, se llevó parte de la luz en 2021) ni pasan calores extremos, gracias a los minisplit, sea empotrados en la pared o portátiles con rueditas (aunque las tuberías siguen reventando por la humedad y el moho continúa creando el color verde de las parcas griegas), y las puertas pueden continuar abiertas en señal de paz, porque esta colonia es como un pueblito, y se sabe que no habrá robos (aunque pueda haberlos esporádicamente, no son muchos robos y no hay tanto que robar), pero llegan, todavía, los rumores como abrojos, ese mal matamorense de los rumores ominosos, hinchados de sangre como almas en la noche eterna de Cimeria, rumores de cuando peleaban y pelean grupos criminales “antagónicos” (se lee, como en libro rojo de Payno) contra otros (entiéndase que “recontra antagónicos”), todavía continúan patrullando los malandros de quién sabe quién (que si “escorpiones”, que si “metros”, que si “Tony Tormenta” presente en espíritu cada 5 de noviembre, desde 2010), pero hace una década sí les digo que estaba peor, por imprevisible, ahora ya saben lo que suena, “la comunidad CDG, como las gotículas/ se expande”, eso se canta, huercos cuazitos y ex militares a sueldo patrullan felices como gordo en tobogán, y me da pena no poder ser, con gente como ellos, lo hospitalario que fui y que, como edificio, es mi moral ser.

Pero la tristeza se me vuelve mineral, se me hacen piedritas de tristeza en el habla, los clientes son solo piedritas, de terracota, en los edificios abandonados hay gólems fantasmagóricos, que nunca jamás podrán sustituir a las personas que entraban en mí y salían de mí, ahora solo hay gólems que a la primera lluvia acaban derrumbados y arrastrados como lodo a alguna de las lagunas que reemergen en la temporada de lluvia por la colonia San Francisco, con las inundaciones del hoy es siempre todavía Río Bravo, y lo que más tristeza me da es que la Zona Roja, la zona entre el cuadrante de las avenidas Roberto Guerra, Francisco Villa, Acción Cívica y Canales, esté tan abandonada por todas las administraciones municipales, la Lety, Chuchín, La Borrega, nadie hace caso a estas hileras de casas y edificios que, como yo, parecen abandonados (nunca nada queda abandonado del todo), estos caminos de terracería tan vacíos y que fueron tan graciosos, ahora son como montones de basura de pianos sin teclas, hasta los carros que pasan por acá son escasos como camellos.

Al menos, Doña Gracia me sigue acompañando, Doña Gracia es la costurera que vive dentro de mí desde hace más de un siglo, la costurera que aquí se quedó para siempre desde que llegó de Jalisco, y que se aposentó con una inercia que solo vi en el fatalismo, casero y extremista, de los gatos domésticos, Doña Gracia, digo, tiene ahora visitas, es febrero de 2021 y me es fácil reconocer al líder de la comunidad LGTB-y-lo-que-surja en Matamoros, él y Doña Gracia se aprecian machín, al líder lo acompaña otro individuo, barba negra, perfil egipcio, que se bajó de un carro gris roca lunar, se le ve lugareño pero escucho que es del City Ranch, actúa como si fuera curioso, ¿un periodista?, no, no es tan curioso y es mucho más respetuoso, se me hace que es como si viniera a escribir, por encargo, mi historia (¿será por encargo de Manuel Payno? ¿No murió hace mucho el fundador de la aduana matamorense? Está bien raro porque los edificios también batallamos con la memoria, incluso nos cuesta más que a los humanos armar los recuerdos, hazte cuenta que los edificios debemos aglutinar los recuerdos que irradian las materias que nos componen, entonces yo tengo los recuerdos del cemento y de los cristales y de todos los materiales con que me erigieron, todos los materiales conservan recuerdos como fuentes radioactivas, más permanentes que el ¹⁴C, me impregnan, irrompiblemente, pero es harto complicado trenzarlos), pero, ¿quién querría saber sobre la llamada zona de tolerancia, quién querría saber de los restos enlodados de la Zona Roja?, ¿a quién le interesan un edificio abandonado como yo, en uno de los puntos ciegos de la geografía mexicana?

Doña Gracia hila el hilo, mide el hilo y corta el hilo, y cose y cose y desteje este parche del destejido matamorense, y lo que hace es magia, magia de la buena, porque en los edificios abandonados no siempre se hace magia de la negra, también se hace magia de la buena. También en lugares abandonados vive gente y Doña Gracia, de 72 años, le está cosiendo vestuario a la cuarta generación de la comunidad LGTB, para los chous de travestis que se hacen en Matamoros, como se hacen en todos los lugares, aunque acá con más discreción porque la moral dice esto y aquello y acuquello, y todos los clientes saben que es mejor quedarse con ella (quedarse con Doña Gracia, no con la moral) mientras la parca cose e hila, porque si no olvidará qué está tejiendo, mientras costurera, cliente e hilo sean parte de la costura y estén presentes durante el trabajo la parca no olvida y continúa la vida.

Los recién llegados dieron un par de vueltas por el barrio y lograron encontrarme, entiendo que ustedes los humanos se pierdan entre cuadras con edificios grisáceos, chamagosos, con esa atmósfera de pérdida de todo lugar que tuvo reuniones de personas a full, pero que ahora las tienen a cuentagotas, los humanos tienden a desaparecer en horizontal, desperdigándose sus miembros, y nosotros los edificios desaparecemos en vertical, desmoronándose nuestras partes, pero a veces un edificio abandonado queda más escondido que uno desmoronado, quien pasa por delante lo ve sin verlo, la ex zona de tolerancia matamorense ahora es como si la hubiera engullido un camaleón tamaño diplodocus, o como si el cielo nos hiciera siempre sombra.

Los visitantes hacen antesala en la parte de afuera, ya que antes ha llegado una señora y su hija por un trabajo con doña Gracia, la costurera continúa teniendo sus clientes y la mayoría se quedan a platicar con ella mientras cose, para que nunca jamás se pierda el hilo, “que si las cosas no son como son, señora, todo ha cambiado”, “que si mi hijo se quedó en Brownsville y se casó con una china y cada vez vienen menos y no conozco a mis nietos”, “que si el cóvid es chiquito, chiquito, chiquito, como un sol naranja que te entra por la boca y te jala de los ojos y del esqueleto hacia tu interior podrido, y ya valió”, “que entonces le dije señoras guarden sus gallinas que viene mi gallo y se emputaron conmigo y no quisieron más café”, “que si se soltó el diablo pero yo no escucho ni quiero escuchar”, y así se cuentan, y aunque yo sea un edificio abandonado, nunca pensarían que alguien vive dentro de mí, pero aquí dentro vive Doña Gracia, y ahora cuenta lo suyo, de nuevo.

La historia de doña Gracia en la frontera noreste inicia con su migración desde San Miguel El Alto (Jalisco), tierra cristera (a todos los edificios abandonados nos agradan en demasía los cristeros, sobre todo la H. Brigada Invisible femenina), Doña Gracia migró porque recibía maltrato de su padrastro, en realidad ese perro bruto daba hostias como panes a todo con quien compartía techo y lecho y ella, su mamá, y hermanos, hartos de las golpizas, decidieron migrar a la frontera y abandonarlo, como en la canción Dos monedas, dejarlo golpeando muebles y a la botella y a sus fantasmas, todo batallas perdidas, la familia sabía de las oportunidades de trabajo en Matamoros, y llegaron a unos cuartos de renta junto a la zona de tolerancia. Inmediatamente consiguieron trabajo para lavar y planchar ropa del personal de algunos bares, en esos años la zona de tolerancia era toda una fauna viva (y no la fauna cadavérica que se ha ido ganando terreno en este lugar tristísimo, por condenado a recordar sin que lo recuerden), un ecosistema de meseros que parecían catrines y que ahora pululan bajo tierra abrazándose sin manos las costillas sin carne, bailarinas que ahora son música incorpórea y que resuena en quien las recuerde, un tintineo y recuerdo tan leve como la eclosión de trinos de las siete de la mañana, ecosistema de músicos ahora almacenados como sus instrumentos, sin voz ya, ni nadie que los toque, olvidados en la desolación infinita, grumosa, de la muerte. Todos esos animalitos vivían y cantaban y chingaban cuando Doña Gracia, de apenas quince años, comenzó a trabajar en la zona de tolerancia de Matamoros, la conocida como Zona Roja, de lunes a domingo de dos de la mañana hasta las ocho de la tarde, ya en la noche del día siguiente, toda la familia eran un mismo cuerpo hacendoso, iban al unísono, el jale era su entretención, tan natural como que ahora el ciudadano mexicano del siglo XXI aspire a ser un burgués vergonzante, ahora toca la versión cuatroteísta, con su carro del año o, si acaso para Matamoros, con carro chocolatito.

Doña Gracia da a los visitantes un tour por mi interior, dentro de lo que fue el bar, debajo de un balcón donde tocaban los músicos y donde ella, actualmente, tiene su hogar y su máquina de coser, la costurera muestra a los visitantes una puerta que da al edificio junto a este hogar donde se ha ovillado, y enuncia que, tras esa puerta, ella vivió 20 años, hasta que el lugar dejó de ser habitable, el edificio con decenas de habitaciones se mojaba por filtraciones del techo y falta de algunas ventanas, por ese motivo uno de los dueños de esa época le dio permiso de pasarse a otra parte de la propiedad, actualmente lleva 35 años en este parte de la propiedad, sumado a la veintena que pasó en el otro lado suman medio siglo de verla cuando inclino el techo hacia ella.

El bar 2XX, las ruinas donde vive Doña Gracia, cerca de las cuarenta habitaciones de las cuarenta mujeres de catálogo, es como un teatro derrumbado, o como una casa después de un súper fiestón loco de silenos y centauros, todavía hay candelabros, un cuadro de la última cena, una estatua de una pantera rampante en un altillo, apoyada en un cuadro de un tigre, una televisión de pantalla plana, vestidos por doquier, algún maniquí, máquinas de coser, en los lugares donde hubo mucha vida o mucha muerte se aferran las sombras y desconchan las paredes, todavía se ve cómo era donde tocaba la banda en vivo, la tarima, las cortinas, música que si uno se quedara aquí, callado, callado, en silencio durante meses, podría escuchar algo muy leve, como un goteo espaciado, una gotita un día, otra gota al mes siguiente, eso es lo que queda de la música y de las voces en los lugares abandonados, la barra todavía puede verse, es elegante, elegantísima, como un sueño en el que pides un trago que transita sin brusquedad adentro de otro sueño donde te sirven el trago, y dentro de mí no se sabe si el tiempo está estancado o solo ralentizado en una espiral que tiene su núcleo en una esquina, donde se enraizó una zona de tolerancia microscópica, que aún existe, aún funciona y crece paralegalmente con sus clientes minúsculos y su bebida infinitamente pequeña, una Zonitita Rojecitita matamorense de una micra, menos, más pequeña que un ojo de aguja, que pervive en el núcleo de la espiral.

El bar 2XX cerró antes del final de la Zona Roja, los dueños, tampiqueños y cansados, ya habían sacado mucho dinero del negocio y decidieron dejárselo a todos los empleados, a los músicos, a las chicas de compañía, a los meseros, a todo el personal para que lo trabajasen un tiempo, el dinero que le sacasen sería su indemnización por los años trabajados. Después de esta gestión comunal llegaron otros encargados, eran enviados por los dueños anteriores, pero nada que ver con sus predecesores, estos cangrejos bípedos comenzaron a saquear la propiedad, ojos ávidos con manos de acero que se llevaban todo hacia su céfalon para esquilmarlo y devorarlo con sus boquitas, así fue que todo el mobiliario desapareció o se menoscabó, lo dejaron todo como con la limpieza del ácido muriático, Levi cuenta algo parecido en La tregua:

“Amaneció un día espléndido. Salimos al aire libre, y solo entonces nos dimos cuenta de que habíamos pernoctado en el patio de un teatro, y de que nos encontrábamos en un extenso complejo de cuarteles soviéticos destruidos y abandonados. Todos los edificios habían sido sometidos a una devastación y expoliación germánicamente meticulosa: los ejércitos alemanes en retirada se habían llevado todo lo que era posible llevarse: las cerraduras, las verjas, las balaustradas, todo el sistema de iluminación y de calefacción, las tuberías, y hasta los postes de la cerca. Habían sacado hasta el último clavo de las paredes. De un empalme ferroviario que había al lado habían arrancado las vías y los travesaños: con una máquina adecuada, nos dijeron los rusos.

En resumen, más que un saqueo: el genio de la destrucción, de la contracreación, aquí al igual que en Auschwitz: la mística del vacío, más allá de toda exigencia de guerra o del ansia de hacerse con un botín”[1].

Algo parecido, pero no fue tan así, porque la de Levi es una idea límite y en Matamoros se prueba más la materialidad del ensayo y el error, mejor decir que a esos saqueadores mexicanos que llegaron por invitación a los restos del bar 2XX se les pusieron caras de pelícanos y sus papadas eran costales que doblaban el tamaño de sus cuerpos, costalazos con los que se llevaban lo que pudieron cuando pudieron, “no dejes, señor, que la ocasión que ahora se te ofrece te vuelva la calva en lugar de la guedeja”, que se lee en ese Persiles cervantino que un escritor español dejó olvidado por ahí, en algunos cangrejos saqueadores había algo de método, pero en la mayoría de ocasiones era llevarse cosas de un modo insidioso y punto, como vendedores de Biblias lanzados como bolas de billar, que tienen una ruta que hacer únicamente hasta que se agotan las fuerzas o hasta que algo les distrae de hacer, incluso pueden distraerse y ponerse a hacer lo contrario, es un robo a tiempo parcial y sin plan de vida, en la frontera noreste es difícil hacer algo a tiempo completo, pero, paradójicamente, siempre hay algo bueno o malo que queda por hacer.

Después del saqueo vinieron los familiares más jóvenes de los empresarios tampiqueños, los herederos, así pasan las generaciones, pasa la nona, toca la décima, llega la morta, y Doña Gracia permaneció mientras los herederos pusieron algo de orden, un orden con el significado de stop saqueos, con la siguiente línea roja: de aquí para atrás, olvidamos; de acá para adelante, nos congelamos, Doña Gracia quedó congelada como cuidadora de la propiedad porque seguía dentro de mí, haciéndome su hogar me cuidaba, costurera cuidadora de un edificio abandonado que nunca ha podido ser vendido, ya sea porque los herederos, desconectados de la frontera y de los negocios husmeados como apropiados o exagerados, piden mucho dinero, ya sea por problemas legales de un espaciotiempo fronterizo que corroe los títulos de propiedad, y más aún en un Matamoros donde primero es el de facto, y mucho tiempo después (como un OVNI que se posa en la línea del horizonte), el de iure, y Doña Gracia continúa viviendo en el lugar, como araña que logra concitar en su telar doméstico todos esos entresijos legales, contradicciones de herencias y abandonos, aunque el tiempo pase y es probable que hagamos el siglo de ella dentro de mí y yo en pie, y solo si muere ella muero yo.

Doña Gracia a sus 72 años segrega rutinas, como gato, de joven y de adulta se bañaba muy temprano, porque en todo el día no lo podría hacer por el exceso de trabajo, ahora está viejita y recatada, antes tenía su cabello casi tocando el piso, su mamá hasta los chamorros, su hermana pasando el trasero, tras el regaderazo, comenzaba el jale. Tres cosas la mamá le advirtió, y todavía resuenan, pues esas advertencias maternas se quedan impregnadas donde se dijeron, revoloteando para siempre dentro de los edificios, incluso de los abandonados:

  1. “Si ve algo que no es suyo, entréguelo”.
  2. “Lo que vea o escuche, usted callada, candado en boca”.
  3. “No ande saludando a nadie, porque si no, se deshonra”.

Y 1-3 quedan resumidos en:

“No tenemos nada que andar en la calle, que nuestro trabajo está dentro de casa”.

Doña Gracia se cuidó y siguió esos consejos a rajatabla, de hecho solamente tuvo un hijo a los 38 años, jiji, así se reía ella cuando lo concebía (yo me reía también al verlo, jeje, y le saqué la lengua), su hijo ya mayor por acá anda entre las oscuridades del resto del edificio, observando a los visitantes pero sin salir, apenas sale, varios del resto de la familia ya han muerto, a Doña Gracia le queda una hermana que solo la busca cuando necesita algo, la hermana vive a unas cuadras, por alguna parte del mismo barrio, esa hermana se dedicó a trabajar en bares pero apenas se hablan ya, doña Gracia fue muy feliz viviendo siempre junto a su mamá y sus hermanos, dos de ellos nacieron ya en la zona de tolerancia, ella fue partera de ambos, vivían arrebujados acá y era como un pueblo dentro de un pueblo, una colonia dentro de una colonia y una casa dentro de una casa, y la familia se encimaba también, como grumo de uvas, iban todos a una, hoy los sociólogos dirían que había un “excesivo control familiar sobre esa niña” y que “ninguno de ellos eran libres”, aunque yo, como edificio, sé que la libertad de ustedes lectores del siglo XXI está circunscrita a elegir en qué edificio entran y, ya dentro, qué material audiovisual encargan y contemplan.

Doña Gracia y su madre recibían visitas de los dueños de los bares que aún estaban en funcionamiento, para que les aconsejaran el vestuario y cuenta que ellas sugirieron la moda del “vestido largo y elegante, para damas de la vida galante”, y cuenta que los clientes se incrementaron, cuenta que llegó el cantante Rigo Tovar para coserle una bufanda de seda italiana, ya estaba medio ciego el hombre, cuenta también que recibió al actor Luis Aguilar, ídolo de su mamá, y que se lo llevó una comadre y amiga de su mamá que trabajaba en la zona y que sabía lo que le gustaba mucho a ese actor, y se lo llevó con gente y músicos.

Doña Gracia era feliz, pero hubo también maldades, como anécdota mala sucedió que en una ocasión Doña Gracia fue a cobrar un vestido y pasó las casetas de policías, que cuidaban las entradas y las salidas de la Zona Roja, alguna pelea monitoreaban los policías, lo típico de gestionar zonas de tolerancia, una vez prendió la historia de un piromaníaco, chaparro, moreno de barba y bigote, pelo largo como de príncipe, durante un tiempo todos temieron transformarse en muñecas achicharradas, pero también podía ser un rumor, a ella y a su mamá las conocía muy bien la policía porque ellas cosían sus uniformes. En esa ocasión mala Doña Gracia les dijo a los policías “voy al Gold Palace a recoger un vestido que una dama no me ha pagado y ya pasó mucho tiempo desde que se lo entregamos”, pero de todas maneras la fue custodiando un policía, y ello a pesar de que Doña Gracia iba protegida por sí misma, puesto que siempre llevaba sus tijeras escondidas como arma, Doña Gracia encontró a la dama, que tenía el vestido puesto en pleno medio día y trabajando dentro del bar, Doña Gracia le pidió que se parara y la empezó a desabotonar y desabrochar el vestido, y como ella lo había diseñado sabía perfectamente cómo desabotonarlo y desabrocharlo rápido y conservándolo, pero desnudando a la deudora de tal modo que notase bien el bulto de las tijeras, ya con el vestido intacto en las manos y la mujer encuerada doña Gracia pasó con el comandante de la caseta y delante de los policías sacó las tijeras y cortó el vestido impagado, y la dama gritaba desnuda, y gritaba qué loca estás pendeja que el vestido yo me lo mandé hacer en otra parte, en resumen que juraba que Doña Gracia no lo había cosido, que lo había hecho otra costurera, y Doña Gracia alegaba a los policías que eso no era así, que la señora desnuda lo había mandado hacer en el 2XX, y por eso era justo dejarla desnuda, cuando no hay dinero y no se quiere ir de buenas las deudas se saldan con el cuerpo, y en el caso de la dama deudora por más que alegaba los policías la detuvieron por encuerada y perturbadora del orden de la zona de tolerancia.

Pasaban esas cosas, vidas hiladas, vidas medidas, vidas cortadas, fiestas a la luz, fiestas en la oscuridad y al amanecer, fiestas con dinero, fiestas sin dinero y ni fiestas ni dinero, personas que aún viven y por pena no quieren recordar lo que fueron, y personas que se enorgullecen de haber sido esas cosas y mucho más y mucho peor, personas que están muertas y quieren que las recordemos de algún modo, pero si de verdad están muertos ni siquiera alcanzarán para un recuerdo minúsculo, ni siquiera podrán abrir tantito la boca para quejarse, que no y que no, ni con toda la eternidad por delante y por detrás les alcanzará para que abran ni 0,125 micras sus boquititas de muertititos, Doña Gracia recuerda que Matamoros era otro en aquel entonces, cuando ella llegó a la colonia Treviño Zapata había terrenos de siembra de algodón, ahora todo está pelado, y vio, poco a poco, el cambio de las zonas vecinas, que pasaron a ser parte de la zona de tolerancia, quedó entre las nuevas colonias que surgieron de la extinción de esos terrenos de siembra, lo que ahora debe ser las colonias Treviño Zapata (extensión), Popular (donde está la Casa «La Paloma»), Playa Sol y Enrique Cárdenas, del mismo modo que la zona de tolerancia ahora ha sido reintegrada a la terracería de la Treviño Zapata, las calles nunca jamás fueron pavimentadas, siempre fueron un lodazal, “suelo fangoso e insalubre”, ya que mentamos a Payno, pero allá que iba la gente a ver a las muchachas, y gustaba mucho esa nostalgia baudeleriana del cieno, así enlodados iban y venían los clientes del lugar, bien sucios de lodo en zapatos y hasta la cintura de sus pantalones, orgullosos como Porco Rosso, sucios y gustosos como cigarros de chocolate, Doña Gracia recuerda cada hilada que ha dado durante medio siglo, cada medida y cada corte de cada época, Doña Gracia recuerda el día del cierre de la zona de tolerancia, tiene muy presente una mañana en la que fue por sus hermanos a la escuela y cuando regresó los soldados ya habían hecho varias zanjas (vaya mierda de sulcus primigenius) para evitar el paso de vehículos y personas a la zona de tolerancia que ahora pasaba a ser una zona militar. Fue todo muy rápido y sin avisar, de inmediato apareció para ver qué chou el presidente municipal de Matamoros, en esos años ochenta creo que era Jorge Cárdenas, Doña Gracia y sus hermanitos quisieron entrar dentro de mí, pero los soldados no los dejaban pasar, habían puesto sellos de clausura en el edificio, pensando que el lugar funcionaba todavía como salón de baile, pero Doña Gracia exigía que la dejasen pasar, buscaba a la policía pero un soldado gana a diez policías municipales, Doña Gracia alegó en ese tribunal militar improvisado que dentro de mí estaban su madre y hermanos, los soldados sentenciaban que tenía que venir su general para que autorizase a quitar los sellos, ellos solamente los ponían pero no podían quitarlos, era como si tras precintar el inmueble se les evaporasen las manos, soldados mancos haciendo guardia perpetua, Doña Gracia, al menos, logró que por unos momentos los soldados pusieran un tablón para que pudiera cruzar la zanja y entrase a su hogar, y platicase con su mamá, que estaba también atrapada por el sello, pero del otro lado del espejo, y ya en eso llegó un supuesto general y discutieron amablemente, Doña Gracia era buena portavoz y le explicó que el edificio era su hogar y pidió a los soldados que entrasen a comprobarlo, y el general y los soldados entraron al edificio, y sus pisadas fueron los primeros pasos para convertirme en edificio abandonado de una zona de tolerancia abandonada, los uniformados comprobaron que el lugar ya no funcionaba como salón de baile, dentro vive, mi general, toda una familia venida de la zona de los altos de Jalisco, y el general y los soldados lo comprobaron, y ya que estaban pues se quedaron un tiempo aquí dentro, en los patios, hasta que terminaron de controlar y desalojar la Zona Roja, se quedaron con la autorización de la mamá de Doña Gracia, que les dio permiso con la condición que fueran respetuosos con sus hijas, esa historia la cuenta Doña Gracia pero yo desde mi techo sé que eran uniformados pero no sé si eran soldados o policías.

G., como identifico al visitante de Doña Gracia, cuenta que esas cosas pasan todavía, hace un par de años, por ejemplo, recuerda el operativo que hubo en su cuadra, fue sábado de madrugada, está durmiendo con los audífonos puestos, en su casa cerca de la central de autobuses de Matamoros, cuando a las tres de la mañana escucha un zumbido creciente que hace vibrar su cama, se levanta y sale al balcón, a tres metros por encima sobrevuela un helicóptero militar, con soldados apostados a los lados, el recién despertado piensa que el aparato está cayendo sobre él, ve que la panza del helicóptero se balancea y se regresa corriendo escaleras abajo, hacia la parte de la casa más alejada de donde cree que el helicóptero se estampará, allá espera, pero no se oye un ruido mayor al de las vibraciones y las aspas, G. se acerca a la ventana y ve a la ley platicando, la ley en la frontera noreste es hermafrodita y con una cara repleta de ojos de mosca, manos bifrontes y pies amarfilados, bellísimo uniforme, la ley platica de esa guisa con el conserje del condominio, un señor que la pareja de G. consideraba con un ligerísimo retraso mental y al que algunos vecinos apalean cuando llegan pedos, preguntan al conserje Down quién vive en cada casa y los soldados hacen fotos a una libreta que el conserje, diligentemente, ha sacado, en la libreta están apuntados los nombres y los celulares de los vecinos del condominio, el helicóptero sigue mostrando su panza a la altura de la azotea y otros militares apuntan con un rayo verde el interior de cada hogar, G. espera a que entren a interrogarle, no quiere salir por su propia iniciativa, ya que algún halcón puede estar vigilando el operativo y no quiere parecer que colabora espontáneamente con la ley, una ley que con sus acciones en vez de aclarar toda esta violencia distribuye semillas que al caer al suelo matamorense se vuelven ojos de cerradura en exigencia de más y más llaves con que abrir los enigmas, con que entender todo esto, algunos carros intentan entrar en el perímetro de seguridad acotado por los soldados, la ley los disuade fácilmente, porque son simples vecinos que están atemorizados por el despliegue de madrugada, G. platica por WhatsApp con algunos de ellos que estaban regresando de alguna fiesta y descubre que el perímetro de seguridad alcanza cuatro cuadras, el despliegue dura un par de horas, eso es el presente, puro Matamoros 2017, 2018, 2019, 2020, 2021, en el pasado los uniformados espantaron a quienes vivían en la zona de tolerancia, y Doña Gracia cuenta que después del cierre muchos trabajadores se dispersaron, se fueron a la zona de tolerancia de Reynosa (que ella ha visitado en algunas ocasiones para entregar vestidos a las chicas que migraron), a la nueva zona de tolerancia en el centro de Matamoros, la llamada Zona Rosa, cerca de la frontera con Texas, y otros más cambiaron de trabajo. La Zona Roja desapareció, como reza la nota del suicida, “no se culpe a nadie”, y pasó a ser la Zona Rosa, que es como se llama al lugar donde se trasladaron los locales, cerca del centro matamorense y de la frontera texana, y ahora solo queda el romanticismo embotado de los espacios vacíos que todavía conservan jirones del pasado, pues si todo lo que fueron hubiera desaparecido no removerían tripas y corazones, todo eso lo captó bien el Limonov del libro que se dejó uno de los jóvenes rusos testigos de Jehová, de los que estaban hace un par de años en el campamento de migrantes, huidos de Rusia y de camino a Utah:

“El país tiene un aire fantasmal. La autopista que bordeaba la costa se veía desolada, prácticamente sin uso. Plantas arbustivas brotaban en mitad del asfalto; bambú, quizá. Recuerdo que, al pasar por el antiguo enclave turístico de Gagra, tuvimos que apartar del camino a una piara de cerdos que llevaban golillas de madera alrededor de sus grasientos cuellos. Aquellos desvergonzados artiodáctilos pastaban por donde antes habían desfilado los más untuosos automóviles. Balnearios, quioscos y comercios calcinados flanqueaban la carretera. En las infinitas playas naturales no se veía un solo cuerpo desnudo. Todo lo que había a la vista eran viviendas calcinadas, casas desoladas con los cristales rotos”[2].

A Doña Gracia el fin de la zona de tolerancia le pegó en su economía, pero poco a poco volvió a tener clientela, Doña Gracia reconoce que Matamoros ha cambiado, ahora se dice que “es el narco el que extorsiona al pueblo” y que en sus tiempos eso no se veía, por eso ella se cuida mucho y no pone anuncios, y todos sus clientes son de boca en boca, recuerda con cariño a sus nuevos clientes, sobre todo las nuevas generaciones de travestis, a quienes ella les dice “mis niñas”, y que su mamá le enseñó a respetar cuando ella no sabía de este tema, su mamá le decía “nunca hay que fiscalizarlos, no hay que criticarlos, porque nadie sabe lo que ellos sufren, todos tienen una mamá y familia, y ellos en ocasiones se enamoran de sus clientes, pero de ellos, los clientes, no”, eso entendía su mamá antes de morir, era otra época, su mamá y sus palabras se han ido con el lodazal, el polvo y la nada, a un lugar donde Doña Gracia irá cuando me derrumbe.

[1] Levi, Primo, La tregua (traducción de Pilar Gómez Bedate), El Aleph Editores, Barcelona, 2009, pp. 372-373.

[2] Limonov, Eduard, El libro de las aguas (traducción y notas de Tania Mikhelson y Alfonso Martínez Galilea), Fulgencio Pimentel, España, 2019, p. 71.

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