Un encuentro con Galeano

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El día que entrevisté a Eduardo Galeano me presenté cinco minutos antes en el vestíbulo del centro cultural en el que había dado una conferencia. Me encontré allí a una multitud cultísima hablando pomposamente en palabras de sílabas gordas y esdrújulas finiseculares, y me apoyé en el quicio de la puerta para tratar de divisar al escritor. Lo vi al fondo, rodeado de políticos e intelectuales revolucionarios que enarbolaban ante él la bandera de la descolonización, la solidaridad internacional, la independencia de los pueblos libres, la herencia celta del coño gallego y el albariño de Viña Costeira. Dejé pasar el tiempo, ya que yo era joven y fácilmente conmocionable, y mientras acariciaba mi grabadora pensando en cómo asaltar a Eduardo Galeano entre tanta gente importante y comprometida con un mundo mejor, Galeano se giró bruscamente, fijó su mirada en mí y empezó a apartar personas a manotazos presa de la desesperación mientras avanzaba hasta el lugar en el que yo estaba. Recuerdo que pensé que era todo un detalle lo puntual que se tomaba el escritor sus entrevistas, y ni siquiera reparé en que no nos conocíamos. Al fin y al cabo yo era el único tonto de los que estaban allí, llevaba un magnetófono bajo el brazo y si no me puse unos tirantes, un sombrero de fieltro, una petaca en el bolsillo y un marlboro colgado de los labios fue porque aún tenía cierto sentido del rídiculo, y hacer todo eso sin un revólver y una rubia al lado queda un poco barato. Galeano avanzaba como si el tiempo fuese esencial para hacer las declaraciones que tenía previstas, y cuando iba a llegar a mi altura le extendí la mano con una sonrisa servil; me apartó de un empujón mientras decía: “¡El baño, carajo, dónde está el baño!”. Detrás mía estaba la puerta de los servicios, que señalé temblorosamente. Él entró en ese cuarto como un búfalo, y mientras se cerraba la puerta a sus espaldas pude ver cómo se llevaba la mano al paquete apretándoselo como un estropajo. Esperé paciente a que acabase, y cuando salió preferí pasarle la mano por la espalda mientras me presentaba, pues yo no había escuchado el agua del grifo y tampoco era cosa de jugársela a lo tonto. Me habló de lo que supongo habla normalmente Galeano, que ahora yo no lo recuerdo, y el periódico rechazó un titular que a mí me parecía primoroso para aquel artículo terrible: “La vejiga descontrolada de América Latina”.

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