Un enero feliz

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El Downtown está prácticamente vacío. Nada que ver con las hordas balleneras del golfo pérsico que lo poblaban este verano, comprando como posesas bolsos con tarántulas de brillantes y anillos con unos pedruscos que ríete tú de una hostia en la córnea con un puño americano. En apenas cinco minutos me cruzo con seis policías con chuchos en busca de explosivos hasta en el tampax de cualquier viandante.  Los vigilantes con walkie-talkie recorren los desolados pasillos del zoco de arriba abajo. El dependiente de Patchi, una exquisita tienda que aún no tengo muy claro si vende jarrones o las chocolatinas pegadas a los jarrones, duerme plácidamente sobre el mostrador ante la ausencia de clientes. Las joyerías y relojerías de lujo han retirado sus piezas de los escaparates, lo que inquieta más que una excavadora acercándose en mitad de la noche a Cisjordania. En las terrazas unos cuantos guiris despistados, el par de momias libanesas que aún no se han enterado de que el gobierno ha caído con un soplido, y el yonki sidoso de turno que sabe que en las situaciones de tensión se folla más.

 

A mí la incertidumbre me puede. Me visto de comando para ir al supermercado y cargar con los bidones de agua de cinco litros. Ya no sé si en vez de acumular tanta agua debería ponerme a comprar pastillas de arsénico o botellas de whisky, para revenderlas luego a toda la morralla periodista que vendrá a cubrir una guerra de chichinabo donde se pactará hasta el número de adoquines en torno al Zara que deben quedar intactos. Esta será una guerra de pacotilla, al nivel de cantamañanas mafiosos que campan por estos lares, en la que se acuerda 100 pares de piernas para ti, 200 brazos para mí; 3 collarzuelos de Cartier para ti, dos diademas de Tiffany´s , una de ellas falsa, para mí; los sujetadores de La Perla para las tuyas, las ruedas del Ferrari para los míos; medio cacho para Siria, un cuarto para Israel; un poquito te la meto, otro poquito te la saco, pero todos con el culo intacto. Tanta puta manía que tienen en Europa con ese afán de los moros por inmolarse, cuando la realidad es que aquí, desgraciadamente, no se inmola un político ni con un viaje de 5 kilos de farlopa mezclada con LSD. Los tíos son tan vagos que ni siquiera negocian por sí mismos: ahí tienen al pobre rey saudita, a su edad, y con sus achaques, arreglándole la papeleta a los sunitas, sin preocuparles a estos lo más mínimo que el buen hombre no esté ya para estos trotes. Lo mismo que el Nasrallah, que anda por ahí, que nadie lo dude, paseándose con un peluquín rubio, una pedazo blackberry de pedrería Swarosky amarilla, y comiendo shawarmas a dos carrillos, a la espera de un email de Teherán; o los cristianos, en su universo paralelo, convencidos de que  Sarko incorporará su colina de Achrafieh al imperio francés. Y los americanos claro… que dan mucho miedo, no por importunar donde nadie los llama, sino porque a estas alturas siguen creyendo, los muy lelos, que esta panda de putas les dice la verdad.

 

El resultado es un estrés colectivo que empieza a ser demasiado evidente. Yo no he logrado tranquilizarme un poco hasta que, al fin, una eminencia en el tema ha hablado: un barman reconvertido en vidente, que, además de predecir que a Sarkozy le saldrán cuernos, afirma, con respecto al Tribunal Especial, que nunca sabremos ni qué, ni quién, ni cómo, ni por qué. Ni el mundo ni Israel se acabarán en el 2012, así que esto pasará al archivo como una simple bronca de barrio con lanzagranadas y fusiles de asalto. Desgraciados hasta para eso.