Un fino sismógrafo

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Aunque está claro que son primas hermanas, no siempre se puede argumentar con convicción tal parentesco entre la novela negra, la de ciencia-ficción y la de terror.

 

Aunque está claro que son primas hermanas, no siempre se puede argumentar con convicción tal parentesco entre la novela negra, la de ciencia-ficción y la de terror. Situación de facto es que los tres géneros compartan espacio en las librerías (alguna de ellas, como la especializada Estudio en Escarlata de Madrid, se consagran sólo a estos géneros), y que nos parezca natural. Y también parece claro que los tres géneros comparten el malestar de ser a veces percibidos por conspicuos letrados que han leído a los clásicos (pero, curiosamente, también por muchos que no los han leído ni los piensan leer en su vida), como lectura de pasatiempo, cuando no de segunda división. Allá ellos. Sus agravios nos unen. Sus cejas arqueadas nos divierten. Pero su error, en alguna manera, nos apena.

 

 

 

Tres primas-hermanas muy bien avenidas

 

 

Pero esto no parece suficiente para hermanar (o “primo-hermanar”) a tres realizaciones de la literatura (popular y de la otra) que van tan a su aire. Hay que aportar algo más. Por ejemplo, que las tres surgen cuando la civilización (o lo que sea) humana se concentra en las ciudades, y cuando el avance científico permite las naves espaciales, la creación de nuevos monstruos y la aparición de avanzadas técnicas de persecución del crimen, como el análisis de ADN o las bases de datos con huellas dactilares (pero también los automóviles, las armas de fuego e internet). Tampoco estaría de más indagar en los orígenes románticos o postrománticos que estas tres fuerzas del arte comparten: la marginación y la rebeldía de sus personajes, su tendencia a cruzar las lindes de lo socialmente establecido, a pesar del precio que deben pagar (no menos que sus vidas, normalmente); su gusto por los paisaje lunares en la tierra y góticos en la luna; su gusto por la acción imbricada en una sutil meditación sobre lo que podemos llegar a ser los hombres y las mujeres que en el mundo han sido.  

 

Hay, sin embargo, una importante cuestión más, que hace poco ha apuntado muy certeramente Diego A. Manrique (Guerreros en la carretera, El País, 6/6/16). Este periodista, preciso, irónico, muy documentado y crítico, que posee el dominio del texto que escribe (y eso es mucho decir en la prensa de hoy en día), toca a veces (felizmente) temas que, no siendo a priori “de su especialidad” (la música pop y rock contemporánea), resultan mejor tratadas que por no pocos de sus “apriorísticos” colegas especialistas. Dice Manrique que “La novela negra tiene un sismógrafo altamente sensible, capaz de articular los cambios ambientales antes de que sean materia del cine, la literatura de prestigio o la música popular. Parafraseando al abuelo Sigmund, lo que cuentan esos libros es el malestar de la (contra) cultura.”: y, así,da (otra vez) en el clavo: los tres géneros se rigen por la poética de la anticipación; captan los terrores del momento (o incluso los que vendrán) antes que otras artes; los explican, los insinúan, los metaforizan en relatos poblados de fantasmas que son hombres.

 

Y viceversa.

 ÓSCAR URRA RÍOS. Doctor en Filología y profesor. Ha publicado los manuales Cómo escribir una novela negra (Fragua, 2013), y Literatura Universal (McGraw Hill, 2009), así como diversos artículos y reseñas sobre temas literarios. Como autor de ficción, durante la última década ha sacado a la luz tres novelas negras (A timba abierta, Impar y Rojo -las dos traducidas al alemán por Unionsverlag- y Bacarrá), y otra un tanto oscura (Yo, zombi), todas en la editorial Salto de Página, así como algunos cuentos de género negro. Vive en el centro de Madrid, que es decir el centro del Universo.