Un lugar llamado agosto

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Para mí, agosto nunca ha sido un mes sino un lugar. Un sitio anómalo, un espacio elástico revestido de tiempo. Una junta de dilatación que absorbe las convulsiones de los otros meses, impidiendo su colapso. Eso lo saben bien los ingenieros y quienes estrenan agenda en septiembre.

 

A pesar de las estrictas fronteras impuestas por la geografía de los calendarios, agosto tiende a escapar de sí mismo y a penetrar por las llagas de otros meses, a los que desestabiliza. Así, no es raro descubrir zonas remotas de agosto en mitad de febrero o noviembre.

 

El agosto español es un territorio autónomo complejo y oficialmente perezoso, esquizoide, lleno de indefinición y solapamientos. Un mundo extraño regido por un verbo terrible, agostar, que significa consumir, debilitar o destruir las cualidades físicas o morales de alguien. Es esta una acepción del diccionario español, pero Estados Unidos debía conocerla bien cuando en 1945, en Japón, sembró la destrucción y la muerte en un lugar llamado agosto.