Un momento decisivo

En un contexto en el que se dirime cómo será el futuro, cómo de luminoso o de oscuro, se siente el miedo a estar en el lado equivocado, en el lugar que contribuye a alimentar el mal

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Alrededor del mal hay un misterio. Lo sugería la escritora Rosa Montero en una entrevista que le hizo Inés Martín Rodrigo para el diario ABC. ¿Sirve para algo?, ¿es necesaria la existencia del mal?, ¿son funcionales la maldad y la gente mala para la supervivencia humana?, ¿es cometer malas acciones un recurso adaptativo a las circunstancias, a la adversidad?

Irremediable e inmediatamente esa batería de preguntas ahora nos lleva a Ucrania, a la invasión de Putin, a los centenares de cadáveres con que el ejército que comanda sembró su retirada. ¿Ese mal, el mayor imaginable y que es capaz de perpetrar la humanidad una y otra vez, a lo largo de todos los siglos, en todas las generaciones, en todos los rincones del globo, sin que nos eximan a nadie por mucho que se esgriman los discursos etnocentristas, tiene algún tipo de utilidad?

Duele hacerse esa pregunta incluso. Se está cometiendo alguna maldad simplemente dejándola escrita negro sobre blanco. Porque estos crímenes sólo alimentan los cementerios, las fosas comunes y el sufrimiento. Estos asesinatos apenas dan argumentos a quienes creen con Hobbes que homo homini lupus est y que el mero transcurso del tiempo no tiene su correlato en un progreso en paralelo, en una evolución a mejor, en una resolución de errores pasados, en una búsqueda de más certeras soluciones a los problemas que el matar o en la superación de ambiciones de poder, de someter, de expandirse.

Pero es que, como explicó Sánchez Ferlosio confundimos los números cardinales (1, 2, 3…) con los ordinales (1º, 2º, 3º). Mezclamos la mera cronología con una escala valorativa según la que lo anterior (lo llegamos a llamar «primitivo») es peor y menos «civilizado» que lo nuevo y más reciente.

Es un tópico. Pero la democracia y los derechos humanos no se pueden dar nunca por supuestos, por conquistados. No se alcanzan de una vez y para siempre. La de la democracia y los derechos humanos es la revolución permanente en la que siempre hay que estar, que no hay que abandonar. Cuando se dejan de proteger estos tesoros, sus enemigos no desaprovechan la oportunidad y ganan terreno.

Ante esa dolorosa pregunta de para qué sirve el mal podemos contestar que es útil para valorar y poner el cuerpo para defender el bien. El problema es que se cae en la cuenta de ello demasiado tarde. Cuando los muertos se cuentan por miles. Cuando ya no tiene remedio. Cuando, aunque no haya muertos, de a poquito, se han ido cambiando las leyes para minar los derechos y libertades con complicidades y connivencias más o menos desinformadas.

Volvemos a vivir una época peligrosa. Frágil. El mundo se tambalea. Son frases tópicas, manidas, muy manoseadas. Pero no por ello dejan de ser reales. Y esta circunstancia parece que implica que los movimientos y las decisiones individuales se conviertan en cada vez más importantes, hasta determinantes. Del lado del que cada uno nos inclinemos dependerá lo que ocurra. O quizás lo que sucede va más allá de este vértigo: en un momento en el que se dirime cómo será el futuro, cómo de luminoso o de oscuro, se siente el miedo a estar en el lado equivocado, en el lugar que contribuye a alimentar el mal.

¿No se ha generalizado esa sensación de que las tomas de partido actuales son más determinantes que nunca?, ¿no nos estamos comparando con la Primera Guerra Mundial, con los años treinta, con la Segunda Guerra Mundial?, ¿no está llena ahora mismo nuestra cabeza de la literatura que generaron esos desastres, con historias de personas que no sabían, que no se daban cuenta, pero que con su no saber o con su no querer saber alimentaron al monstruo?

Era mucho más cómodo pensar, como hace no muchos años, que había llegado el final de la historia de Francis Fukuyama, que la extensión de la democracia liberal era el camino inexorable que toda la humanidad iba a recorrer. Pero esa presunta Arcadia feliz que dibujaban muchos teóricos tras la caída del Muro, tras el derrumbe de la URSS, ha sufrido una enmienda a la totalidad.

Los pronósticos de Fukuyama han saltado por los aires. Ahora, como decía en una entrevista la filósofa Rahel Jaeggi, «(está en juego) el orden mundial liberal de posguerra». Y añadía: «Debería ser motivo de preocupación, incluso para aquellos que hemos criticado radicalmente este orden como injusto, violento, hegemónico y que no está a la altura de sus pretensiones». Advertía también: «Si ese paradigma desaparece, nuestro sistema de coordenadas políticas cambiará de forma imprevisible. Y probablemente no a nuestro favor».

Nos ha traído hasta aquí la reflexión de Rosa Montero sobre el posible carácter funcional de la maldad y de los malos. Quizás el mal nos sirve para valorar el bien intrínseco de una siempre perfectible democracia. Pero el precio en vidas y en sufrimiento es demasiado alto. Y este párrafo es demasiado frívolo y demasiado doloroso.

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