Un mundo de insania

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Siempre me pregunto qué lleva a un individuo cualquiera a cometer atentados brutales o a asaltar obras de arte. Quizá no sea otra razón que la de llamar la atención o incluso expresar la atracción o el amor hacia alguien que no le presta interés. Ese fue el móvil, por ejemplo, de John Hinckley, quien enamorado perdidamente de la actriz Jodie Foster, a la que enviaba sin respuesta cartas cariñosas, decidió disparar a la salida de un mitin en un céntrico hotel de Washington en marzo de 1981 al presidente Ronald Reagan, quien escapó milagrosamente de la muerte. Hinckley, hijo de una familia acomodada de Oklahoma, va a recuperar la libertad en estos días después de 41 años de reclusión. En realidad, se encontraba en arresto domiciliario desde hace tiempo, Ahora, el agresor de Reagan, al que le gusta la guitarra, anuncia un concierto suyo antes de que termine el mes.

Los agresores responsables de magnicidios creen que con el acto limpian el honor mancillado de su causa, de su movimiento o de su nación. O simplemente entran en el terreno de la insania, de la locura donde la razón tiene poco que afirmar. En París se está juzgando desde hace meses a los responsables de la matanza en la discoteca Bataclán, donde un grupo de yihadistas en noviembre de 2015 dispararon allí y en otros lugares, entre los cuales el Stade de France donde se disputaba un partido de la selección francesa, para denunciar lo que ellos calificaron de “violencia occidental” contra la pureza islámica. El resultado del atentado fue 130 fallecidos.

No hace ni dos semanas asistimos a la carnicería en una escuela en el pueblo de Uvalde (Tejas), donde un joven se quiso hacer un regalo, si se permite en este caso la ironía, al cumplir la mayoría de edad. Entró en una armería y se compró un par de rifles automáticos con los que apareció en ese centro escolar disparando a derecha e izquierda: 21 fallecidos, la mayoría niños. “Es hora de morir”, anunció el chico en internet. Él fue abatido por la policía. Se han escrito ríos de tinta sobre la violencia colegial en Estados Unidos donde no faltan episodios de sangre en los últimos diez años. En la primera democracia del mundo se puede comprar un arma tan fácil como un paquete de preservativos. La Asociación Nacional del Rifle de EEUU continúa siendo uno de los lobbies más importantes del país, que suele dar su apoyo a los candidatos republicanos. El grupo, que llegó a presidir en vida el actor Charlton Heston, ha comentado la masacre de Tejas sosteniendo que lo que se necesita es dotar más armas a la policía y que los propios enseñantes vayan provistos de pistola. Estupendo. De ahí al Far West, un paso.

Sirhan Sirhan, el asesino de Robert Kennedy en las cocinas de un hotel de Los Ángeles la noche que Bob ganó las primarias de California, sigue en la cárcel más de medio siglo después. Tenía una fijación con el clan de los Kennedy y justificó el crimen en la necesidad de vengar al pueblo palestino. Se ha dicho que al igual que el de su hermano, el presidente John Kennedy, el atentado pudo haber sido fruto de una conspiración. Hace poco el gobernador del Estado ha rechazado por enésima vez la solicitud de excarcelación, apoyada incluso por dos miembros de la famosa familia política bostoniana.

Hace apenas unas semanas, en el parisino Museo del Louvre, un tipo, disfrazado de anciana y en silla de ruedas, lanzó una tarta contra el cristal que protege a La Gioconda, el célebre cuadro de Leonardo da Vinci. Si no llega a ser por el escudo acristalado el agresor se hubiese abalanzado contra la tela hasta hacerla pedazos. ¿Por qué? La respuesta suele ser estúpida e insana. O simplemente no la hay. Sostuvo que con el gesto quería denunciar la insensibilidad mundial sobre el calentamiento global: “Pensemos en la Tierra, hay gente que está destruyendo el planeta”. La Mona Lisa ha sido objeto de una decena de agresiones en un siglo. En una hasta llegó a desaparecer tras un robo. Eso fue lo que motivó a las autoridades francesas a protegerla con vidrio antibalas.

Resulta triste e irritante que el arte tenga que ser protegido contra la barbarie humana. Es vergonzoso tener que ver una pintura o una escultura separada del público por un grueso cristal. Un energúmeno húngaro hace más de medio siglo se plantó en el interior de la Basílica de San Pedro de Roma provisto de un martillo con la intención de acabar con La Pietà de Miguel Ángel. Y estuvo a punto de lograrlo. Dijo que él era Jesucristo resucitado. Fue deportado a Australia donde vivía y trabajaba como geólogo. Sinceramente no sé si sigue vivo. Ni me interesa mucho saberlo. En España el Guernica de Picasso tuvo que ser protegido con un cristal antibalas al principio por temor a agresiones de la ultraderecha. Afortunadamente ahora se puede ver sin ninguna limitación en el madrileño Museo Reina Sofía.

No hace mucho las gradas de los estadios de fútbol estaban valladas tras algunos incidentes serios. Recuerdo el entonces estadio milanés de San Siro donde el espectáculo era vergonzoso y hasta irrisorio. Los aficionados antes que los futbolistas parecían monos enjaulados berreando e insultando a los jugadores del equipo rival. Hubo episodios muy trágicos en Inglaterra y en una final de la Copa de Europa en Bruselas en los que la avalancha provocó muchísimos muertos.

La semana pasada, la final de la Champions, celebrada en el peligroso barrio parisino de Saint Denis, pudo haber terminado en tragedia ante la pésima organización, los abusos de la policía y el gamberrismo de muchos de los seguidores del Liverpool que pretendían ingresar en el Stade de France con entradas falsas o directamente retrepando por las vallas de acceso. La terminación del encuentro fue pasto de carteristas que blandiendo navajas robaron a los asustados y desarmados seguidores del Madrid. Los Campos Elíseos fueron tomados por la gendarmería sin que fuera necesario pues donde faltaban agentes era en el entorno del estadio. Todo ello ha manchado la imagen de Francia, a dos años de los Juegos Olímpicos de 2024. El presidente Emmanuel Macron, arremangado estos días en la campaña de las legislativas de los próximos días 12 y 19 de este mes, se ha puesto de perfil y ha ordenado al ministro del Interior y a la de Deporte pedir disculpas públicas en el Senado. En cualquier caso, muy a la francesa: oui, mais…

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Bosco Esteruelas es periodista y escritor. Ha trabajado en El País como editorialista y corresponsal en Tokio y Bruselas, y antes en la agencia Efe en las delegaciones de Roma, Washington y Londres. Ha sido también portavoz de la FAO (Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación) y de la Comisión Europea. Ha publicado cuatro novelas, "El reencuentro" (2011), "Todo empezó con Obdulio" (2012), "Retorno a Zumaia" (2014 y "Gracias, asesino" (2020), y una colección de relatos titulada "La chica de Tsukiji" (2014)   En esta bitácora quiero observar e interpretar la realidad política y social desde fuera de la jungla urbana

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