Soy plenamente consciente de que el siguiente texto es un tanto provocativo. Yo mismo estoy en desacuerdo con la casi totalidad de lo escrito en el mismo. Pero he querido establecer esta arriesgada hipótesis con la pretensión de fomentar, en cada mente, un fructífero debate.
Una de las acepciones del Diccionario de la RAE de la voz utopía, la segunda acepción, enuncia que es la “Representación imaginativa de una sociedad futura de características favorecedoras del bien humano”; mientras que la primera acepción la define como “un sistema de ideales que parecen de muy difícil realización.”. Para la voz distopía, la RAE puntualiza que consiste en la “Representación ficticia de una sociedad futura de características negativas causantes de la alienación humana.” De forma que utopía es un término positivo, y sin embargo distopía negativo es.

Tomemos una obra literaria muy famosa -fuera del texto de Tomás Moro de donde surge la palabra utopía, que en griego significa “no lugar”-, como es el caso de la novela Un mundo feliz, de Aldous Huxley, la producción más célebre de este autor, en la que los dos términos, utopía y distopía, pueden prevalecer, según y cómo interpretemos. Lo general es aceptar que esta novela, como dice la enciclopedia virtual y colaborativa Wikipedia, “es una distopía que anticipa el desarrollo en tecnología reproductiva, cultivos humanos, hipnopedia y manejo de las emociones por medio de drogas (soma) que, combinadas, cambian radicalmente la sociedad.”
En la sociedad que plantea Un mundo feliz, la gente no nace, sino que se decanta en frascos. Unos frascos para seres superiores, privilegiados, y otros para simples trabajadores, medio retrasados. Los primeros con las letras capitales del alfabeto griego, alfa, beta, y los otros con las letras inferiores. En este planteamiento social no hay familia. La gente no se enamora de una persona determinada, sino que todos pertenecen a todos. Los niños se hacen tocamientos sexuales desde muy pequeños. Existe la llamada oligorgía, que es una liberadora actividad sexual en grupo. A las mujeres de formas voluptuosas, como las de Lenina, una de sus principales protagonistas, se las califica como de belleza “neumática”. La muerte no tiene un sentido patético. La ciencia, imperante en ese mundo, hace que la gente conserve un aspecto permanente juvenil hasta los 60 años, llegando la muerte a partir de entonces en un periquete, sin ningún episodio doloroso y traumático. El gobierno que rige en todo el planeta es el llamado Estado Mundial. El único idioma es el inglés. La felicidad está asegurada. La policía no resuelve las díscolas manifestaciones con violencia física, sino pulverizando a la multitud con drogas resueltamente inhibidoras. Eso sí, el meollo de la convivencia ha de ser de carácter colectivo; por lo tanto, las satisfacciones individuales, como leer o ver arte, están prohibidas. Se permite un denominado sensocine para que, sólo colectivamente, la gente tenga sensaciones o se pueda poner cachonda, haciéndose pajas mentales, pero sólo en unión con los demás. No hay libertad, pero el sistema pretende que todo el mundo atesore felicidad.
¿Está esto mejor o peor de lo que sucede en nuestro libre mundo occidental? Somos libres, ¡de momento!, en efecto, pero sufrimos muchos pesares, como obligarnos a un padre o una madre, a una pareja, a una sesuda reflexión sobre la muerte, a un parto doloroso, a un dilema de pensamiento cuando leemos o reflexionamos en la espinosa disquisición del arte o la punzante literatura. Etcétera. Entonces, ¿Un mundo feliz es utopía o distopía? Hay que aclarar que la traducción literal de la novela sería Un espléndido nuevo mundo, según el título en inglés Brave New World, pero el título en español Un mundo feliz se quedó como título canónico a partir de la buena traducción que hizo el traductor falangista Luys Santa Marina, para el editor Luis Miracle, en 1935. Una traducción sin censura, pues era el tiempo de la República. La edición que se hizo en 1969 para la colección Rotativa, de Plaza & Janés, hecha por Ramón Hernández, es muy errónea, muy limitada, debido a las fuertes restricciones de la censura franquista. La mejor edición que hay ahora es la de Jesús Isaías Gómez López, publicada en Letras Populares, de la editorial Cátedra, quien traduce el texto y pone una docta introducción de centenar y medio de páginas.
Yo creo que el propio Huxley pudo creer que Un mundo Feliz era una utopía más que una distopía. Él llega a escribir que “la dictadura descrita en Un mundo feliz era global y, a su particular modo, benevolente”. Ante esta opinión del propio creador, muchos ponen el grito en el cielo. Opinión que, por el contrario, yo considero justa y certera. Creo que un sistema que logra eliminar las moscas y los mosquitos en la cotidianidad de sus ciudadanos es verdaderamente encomiable No sé por qué el posible demiurgo generó las moscas, tan molestas y siempre inoportunas. La verdad es que a mí no me importaría no tener padre y madre, ni hijos, ni hermanos, ni parientes; nacer de un huevo, como decía aquél, es mucho más hermoso. No tener novio o novia sería muy cómodo y llevadero. No habría celos ni resquemores. Y follar con cualquier chavala que me gustara en el gran grupo, sería algo de lo más estupendo, ¿por qué negarlo? Y llegar a los sesenta como si se tuvieran veinte años. Maravilloso, ¿no? Y ese soma, que te quita los problemas, las inquietudes, nada más ingerirlo, sería la sustancia ideal para ser completamente dichoso.
Esa sociedad prescinde de Dios. La religión no existe. El verdadero Dios es Ford, el creador del automóvil. La sociedad de Un mundo feliz surge desde hace unos seis siglos, viviendo Ford. La gente dice ¡Ford mío! como ¡Dios Mío! Y se persigna con una T en el vientre, homenajeando el Ford T de Ford. En el libro se dice que “ahora nosotros conservamos la juventud hasta el final. ¿Qué conclusión obtenemos? Evidentemente, que podemos ser independientes de Dios.”. Y esta ausencia de Dios es como si Dios no existiera en absoluto. Y la verdad es que Dios, socialmente, para muchos incrédulos, es una pesadez, una terca idea, machaconamente impuesta, de incomprensible insistencia.
El Estado Mundial sí permite que haya una reserva donde la gente sigue naciendo y sigue enamorándose, y puede seguir leyendo a Shakespeare (de un trecho de La Tempestad shakesperiana surge el título de la novela), aunque para el Estado Mundial el vate y dramaturgo inglés es algo obsoleto, poco recomendable. Donde todavía existe “una madre, y toda esa sociedad, y dioses, y vejez, y enfermedades. Es casi inconcebible. Nunca lo entenderé.” Pero el Espléndido mundo nuevo poseía cosas deliciosas de comer y de beber. La luz salía “al pulsar un dispositivo en la pared”. Y las películas “se podían oír, sentir y oler.” Un mundo en el “que todo el mundo era feliz y nadie se enfadaba ni entristecía.” Donde “todo el mundo era de todo el mundo”. Donde los bebés se decantaban “en relucientes frascos –todo tan limpio, sin malos olores, sin suciedad-.” Las personas, “nunca se encontraban solas, porque estaban juntas y estaban siempre alegres y felices.”
¿No es esto una verdadera utopía? No importa que no se permita leer a Shakespeare, porque Shakespeare es viejo, como viejo es Cervantes, ambos, los escritores más célebres en la humanidad, de los que su memoria también se extinguirá sin remedio. Y vieja es toda la insoportable literatura del pasado. A la gente que apoyamos esa sociedad ideal nos bastaría con el sensocine, con una muerte sin dilemas, con una eterna juventud hasta los 60. Que venga ya esa esplendorosa promesa de Un mundo feliz, mundo ordenado. Que dentro de unos días nos traigan esa promesa los Reyes Magos, consolándonos frente a un complejo mundo desquiciado y desordenado.






