Un mundo nuevo palabra a palabra

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La prensa libre no fue un regalo. Cómo se gestó la transición

José Antonio Martínez Soler

Editorial Marcial Pons Historia, 2022

La vida profesional del periodista José Antonio Martínez Soler (Almería, 1947) arranca con una anécdota accidental, veloz, de improviso, muy acorde al frenetismo del oficio. En el Colegio Mayor en el que vivía en los años sesenta cuando marchó a Madrid para estudiar Ciencias Políticas y Arquitectura, conoció al periodista José Luis Balbín, que por aquel entonces trabajaba en el diario Pueblo. Seducido por los debates, las tertulias y el oficio periodístico, Martínez Soler decidió también preparar el examen de ingreso en la escuela de Periodismo. Algunas noches, Balbín se lo llevaba a Pueblo y le cedía su mesa de redactor para que estudiara mientras él hacía un curso de alemán. Fue una de aquellas noches, cuando la redacción estaba prácticamente vacía, que sonó la campanilla de noticias urgentes. Solo ante el peligro, el joven estudiante tuvo que hacerse cargo ni más ni menos que de un intento de golpe de estado en Indonesia. Al día siguiente, sin que lo supiera nadie más que Balbín, su trabajo salió en portada. “Para mí, aquella noche me abrió el camino hacia la profesión más hermosa del mundo”.

Desde entonces, su carrera profesional como periodista fue vertiginosa, incansable, invencible. Por destacar algunos hitos de su biografía, desde muy joven José Antonio Martínez Soler fundó y dirigió semanarios y diarios; creó espacios y programas para Televisión Española, como Buenos días, el primer informativo de la mañana; formó parte del equipo de promotores de El País, “el primer diario de la democracia”, y luego fue jefe de sección y corresponsal de su extinto suplemento El Globo; fue secuestrado y torturado, y vive para contarlo. Y todo lo cuenta, con gran detalle y precisión, en La prensa libre no fue un regalo. Cómo se gestó la transición. (Marcial Pons. Historia, 2022). Una obra imprescindible para la Historia del periodismo español del último tercio del siglo XX que abarca el periodo desde el aperturismo de finales de los años sesenta, hasta el auge de internet en la primera década del siglo XXI. Escrito en primera persona, no es solo el testimonio de un testigo de aquella época de cambios, sino la voz de uno de sus protagonistas que, escribiendo a veces entre líneas, contribuyó a la conquista de las libertades tan anheladas.

En palabras del propio Martínez Soler, hoy se goza de “un mundo mejor y una prensa más libre”. Pero conviene recordar que no siempre fue así. Y no demasiado lejos en el tiempo. Precisamente, asomarse a las páginas de La prensa libre no fue un regalo supone constatar que para llegar al estado actual de bienestar y valores democráticos en lo que atañe sobre todo a la prensa, primero se atravesaron dificultades. Pero no es este un libro dramático, ni grave, ni pesimista, ni nostálgico; más bien parece que lo que supuran las palabras de este veterano periodista a lo largo de más de quinientas páginas sea ante todo el reflejo de una característica de los jóvenes de aquella época que hacían la transición democrática desde el periodismo: el entusiasmo y el apasionamiento por construir un mundo nuevo “palabra a palabra”. Así, encontraban en el lenguaje el arma eficaz y sutil para capear la censura. “Nuestra linterna, la mejor herramienta, era el lenguaje: claro, fino, agradable, cuidado, irónico, incluso sarcástico, sin crueldad. Y me quedo corto. Tan importante como el fondo de un asunto era, para nosotros, la forma de contarlo”.

Bien es cierto que desde el año 66, la nueva Ley de Prensa –la llamada Ley Fraga porque fue este ministro quien la aprobó en las Cortes–, “abrió una oportunidad para los jóvenes”. No obstante, y aunque entre aquellos principios se reconociera la libertad de expresión, el Estado seguía siendo vigía de toda actividad periodística y podía secuestrar cualquier publicación. El escritor Miguel Delibes dedicó en un artículo en 1968 unas palabras a la aplicación de aquella ley: “la libertad de los periodistas se ve cada día más mermada. O sea, que la libertad, en este caso, progresa para atrás como los cangrejos”.

Pese a todo, la máquina del periodismo estaba en ebullición. Se publicaban y se fundaban muchas revistas y periódicos. Este libro se convierte también en un anaquel de los catálogos periodísticos de entonces. Pueblo, YaTriunfo, Don QuijoteSemanario sin fronteras; España, siglo XX; La Gaceta IlustradaDoblón, Nivel. En torno a algunas de estas cabeceras se formaba una cantera de periodistas preparados para un periodismo nuevo en medio todavía de los sinsabores de los secuestros de algunas ediciones. El mismo Martínez Soler sufrió el cierre de una de sus publicaciones y hubo de esconderse una nochevieja en un cine, viendo Irma la dulce de Billy Wilder, y sonando las campanas de Sol a lo lejos.

Tales relatos personales que sin duda humanizan la narración convierten a este libro en una amalgama de géneros: memoria, crónica política y sentimental, historia de España, periodismo narrativo. Como ya hiciera Galdós en sus Episodios Nacionales, resulta interesante asistir a la lectura de hechos históricas vividos desde primeras personas; el contraste entre Historia e intrahistoria. Martínez Soler sabe poner magistralmente en convivencia estos dos planos de la realidad. Por ejemplo, cuando habla del año 1968, explica que con “el mundo patas arriba” (el asesinato de Luther King y de Robert Kennedy, el Mayo Francés, la Primavera de Praga, las universidades españolas en incipiente rebeldía), él se encontraba “como si nada”, neófito periodista, más preocupado por su vida sentimental…

Otro ejemplo de esas pequeñas anécdotas dentro de la Historia lo ilustra la memorable escena a la que asistió cuando ocupaba un cargo en el Ministerio de Hacienda. Martínez Soler acompañó al entonces ministro Fernández Ordóñez a Nueva York. En el MOMA, frente al Guernica de Picasso, fue testigo de la negociación para trasladar el cuadro más emblemático sobre la guerra civil a España. No resultó fácil y requería cierta astucia y chanza. En todo caso, se trataba de una pieza más para encajar la transición.

Por las páginas del libro desfilan muchos personajes relevantes de la vida política de aquellas décadas y que el autor trató, como Adolfo Suárez, Fernando Abril, el rey Juan Carlos, Felipe González y Aznar (“los dos morlacos de la política de los 90”). También refiere nombres del mundo del periodismo que hoy pertenecen al imaginario colectivo de todos los españoles y que por entonces empezaban su carrera en el mundo televisivo: Matías Prats, Concha García Campoy, Manuel Campo Vidal. Entre nombres y apellidos, la crónica se nutre también de abreviaturas y términos históricos de aquellos años que remiten ya a otro tiempo que empieza a parecer lejano: ETA, OTAN, GAL, perestroika, Rumasa…

Por el detallismo de los aconteceres y de los recuerdos, sorprende no solo la capacidad de observación, sino la gran memoria que posee el autor. Pero si destaca una característica por encima de todas en el perfil de José Antonio Martínez Soler, puede que sea su empeño reiterativo, su gran voluntad de ejercer el periodismo pese a todas las adversidades. Cambió de empleo unas treinta veces en varios años seguidos, y nunca se daba por vencido cuando dejaba un trabajo. En vez de tirar la toalla, él siempre inventaba algo nuevo; ni siquiera la tiró cuando pareció que se alejó un poco del mundo periodístico cuando lo despidieron inesperadamente de Televisión Española en 1996 y se fue a su Almería natal a dar clases en la universidad. En ese tiempo, consciente del auge de internet y de que el modelo de negocio del periodismo que él bien conocía daba muestras de agotamiento, tuvo una idea revolucionaria. “Entre clases y tutorías, en mi pequeño despacho del Departamento de Economía aplicada, con vistas al mar, inventé el proyecto del primer diario ‘que no se vende’. Pronto sería el diario más leído en la historia de España”. Se refiere a 20 Minutos, diario gratuito que inspiró el nacimiento de Adn, Metro, Qué y que anunciaba otra transición: la de los medios digitales.

En definitiva, Martínez Soler ha erigido una obra de gran envergadura con La prensa libre no fue un regalo, que revela, por un lado, la urdimbre, los cimientos, la confección de un estado democrático desde el cuarto poder y sus primeras décadas de andadura; y, por otro lado, recuerda desde su experiencia algunas lecciones para sobrevivir al oficio. Conviene citar la enseñanza que le dio su profesor de la Escuela de Periodismo, Alejandro Fernández Pombo, cuando Martínez Soler le preguntó por la asignatura Mundo Actual. El maestro le respondió: “Solo hay un libro de texto para este oficio: el diario de cada día”. Una sencilla máxima para un mundo actual complejo que necesita como nunca el periodismo, pero que cuenta sin embargo con unos índices muy bajos de lectura de prensa diaria entre la juventud. Con el testimonio de Martínez Soler, habrá que seguir luchando por la libertad empezando por reconquistar la palabra.

 

 

 

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