Un perro rabioso de depresión

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Los textos, artículos y libros de carácter clínico o de divulgación acerca de la depresión se cuentan por centenas. Son de ayuda para el tratamiento depresivo, supongo que para médicos y terapeutas, pero en muchas ocasiones tampoco aportan mucho, especialmente a quienes hemos padecido la enfermedad.

Por esa razón yo le doy la bienvenida a un libro compacto, no muy extenso en páginas pero sí en ideas, experiencias, estéticas de la depresión que incluyen a la propia literatura, a la poesía, a la música, la pintura y el cine, referencias todas que se abisman en las vivencias —personales y de otros—, de la depresión con el propósito explícito de compartirlas con el lector y a partir de ahí provocar o incitar nuevas e inesperadas conversaciones.

Y si el libro en cuestión es una bien lograda fusión de géneros (ensayo personal, ensayo erudito, crónica, crítica de las artes antes mencionadas, bitácora personal del padecimiento, enumeración farmacológica), hay entonces la razón para otorgarle a Un perro rabioso. Noticias desde la depresión, de Mauricio Montiel Figueiras, la mejor bienvenida por partida doble.

Una segunda razón, de índole más bien personal en mi caso, tiene que ver con mi gusto por leer textos sin género ni asunto obligado por los ecos de las redes sociales o de los noticieros. Me refiero en concreto a la profunda indiferencia que me provocan la más reciente novela mexicana sobre el fin del mundo, no se diga la enésima novela acerca de la violencia tropical en los confines más destartalados de México, donde predeciblemente no se puede hablar, así se hable magistralmente, de la violencia planteada desde cualquier periferia que se pretende el centro de una literatura más bien de originalidad cuestionable. ¿Cuántas novelas de violencia en el norte de México han pasado la prueba de los años? Como decía mi amigo, siempre extrañado Sergio González Rodríguez, y que algo sabía del asunto: se los dejo de tarea.

De regreso al libro de Montiel Figueiras, en verdad el comentario menos inocuo que se puede hacer es: hay que leerlo.

Se sabe por datos de la Organización Mundial de la Salud, que el padecimiento depresivo no es cosa menor, es otra pandemia que lo mismo pega en países desarrollados que en los más amolados; lo mismo pega en grupos sociales sin limitaciones materiales que en las clases desposeídas. Obviamente, en México no se sabe mucho, ni del padecimiento ni de nada, pero la situación es alarmante. No voy a meterme en muestras estadísticas. Me quedó con lo que me dijo un enfermero, ojo, no un psiquiatra ni un terapeuta de una de las más reconocida instituciones en México para el tratamiento de personas afectadas con trastornos mentales: los pacientes con depresión severa y trastorno bipolar cada vez llegan más jóvenes, 17 o 18 años a veintitantos.

Este asunto, como muchos otros, lo aborda Montiel Figueiras en Un perro rabioso. Sin tapujos ni medias tintas. Esto es especialmente relevante en una sociedad como la mexicana, atravesada hasta la fecha por tabúes ridículos, más allá de los círculos de especialistas en salud mental, el tema de la depresión sigue siendo tratado como un mal menor, de gente que, como suele decirse, no aguanta ni se faja cual macho los pantalones; acaso hasta como un tópico para las canciones de José Alfredo Jiménez o de Los Caifanes, esos timadores aspirantes a ser la versión nacional y guapachosa de The Cure. El mexicano, así lo quiere el arquetipo, es tristón y melancólico, pero depresivo en toda forma, jamás: de eso lo salvan la fiesta, la máscara, las perpetuas ilusiones en sus líderes políticos y, naturalmente, ese arte, admirado hasta en Rusia, las telenovelas.

Un perro rabioso es, desde luego, un libro ejemplarmente documentado en libros, artículos de actualidad, escritores y escritoras, pintores y cineastas que son referencia en el tema, así como en la propia experiencia del autor en la psicoterapia y sus tratos con la psiquiatría en el intento por volver a re-equilibrar con medicamentos la —todavía desconocida— química del cerebro.

Gracias a su variado registro, que va de distintas formas del ensayo literario a la crónica personal, Montiel Figueiras, lo dice explícitamente, busca comprender para sí mismo el mal que lo ha visitado en dos ocasiones a lo largo de su vida.

Empero, la lectura de Un perro rabioso corre de tal manera que el libro ofrece igualmente un diálogo, una conversación, una forma de acompañamiento para quienes hemos tenido la mala fortuna de pasar por esas lides y, también, la suerte de irla librando, pues la depresión como tal, es mi impresión, no se cura del todo: las marcas, invisibles cicatrices que deja en quien la ha padecido, no solo no desaparecen, sino que incluso alteran de manera definitiva las formas en que nos relacionamos y observamos el mundo. Digo esto porque, sin ser un especialista pero sí un viajero frecuente en terapias, al contrario de otros padecimientos, creo que resulta imposible para un depresivo entender a otro depresivo.

Ofrezco un ejemplo de ello. Montiel Figueiras refiere que uno de los hiper-síntomas de su depresión es el proceso de desintegración de la noción de individuo y, por ende, de su propia identidad como tal. Jamás pondría en cuestión la gravedad de semejante quebranto, que revuelve lo interno para distorsionar la percepción de lo externo.

Sin embargo, en mi propia experiencia puedo decir —hablando por mí y nadie más— que uno de los trucos para sobrellevar ese efecto demoledor en la identidad individual es, precisamente, pasar de ella, olvidarse de que hay tal cosa, pensar y sentir que ahí no hay más que flujo y cambio constantes. En esencia, es la idea del Yo que postula el budismo, el cual yo no practico, si bien concebir una identidad, un Yo si se quiere, que cambia incesantemente, especialmente a partir de experiencias traumáticas o de rasgos patológicos, puede servir para no romperse, literalmente, la cabeza sea añorando aquel que fuimos, sea tratando de recuperarlo.

La noción de un Yo, de una identidad lejos de ser inmutable, no sólo puede tener decorosos efectos terapéuticos, sino incluso corresponder de manera más fiel a la forma en que nos relacionamos con el mundo exterior. En otras palabras, si cambia el mundo exterior, imposible seguir siendo el mismo. Me viene a la mente aquello que dice el músico y escritor Nick Cave en torno al efecto de cambios devastadores que trae consigo una catástrofe mayor, en su caso la muerte de uno de sus hijos, en quien pensaba que era, en quien se ha convertido y en quien se convertirá.

En este mismo asunto de cómo percibimos que estamos entrando en una depresión, yo tengo dos versiones contrapuestas al respecto.

La primera proviene de ese famoso ensayo-relato-crónica personal de Francis Scott Fitzgeral, The Crack-Up, y tiene que ver con la lentitud, casi imperceptibilidad con que el mal se va expandiendo. Cito unas líneas de febrero de 1936 muy conocidas, muy cruentas:

Está claro que vivir consiste en hundirse poco a poco. Los golpes que uno va encajando de manera más espectacular, los golpes más inesperados y duros vienen —o parece que vienen— de fuera, esos que no se olvidan, esos a los que se les achaca todo y a los que nos referimos cuando hablamos con los amigos en los momentos de debilidad, esos golpes son los que, al principio, no dejan huella. Pero hay otro tipo de golpes, que vienen de dentro y que acusamos siempre demasiado tarde para poder hacer algo al respecto. Entonces se adueña la revelación de que nunca seremos quienes éramos.

Golpes que vienen de dentro.

Golpes que acusamos demasiado tarde, cuando lo más seguro es que uno ya esté tumbado de espaldas a la lona, Knock Out cantado.

Mi segunda versión acerca de la irrupción de la depresión tiene que ver, igualmente, con los golpes que al inicio de la cita Fitzgerald califica de más espectaculares y más inesperados. Leonard Cohen los llama: la avalancha.

Coincido con Montiel Figueiras y su noción del suicidio como un asunto que no puede sino juzgarse a partir de quien ha sufrido los embates de la depresión y decide poner fin a la pesadilla de todos los días. Ello sin obviar el famoso e irresuelto hasta la fecha dictum de Camus en El mito de Sísifo. Y sin embargo, en pleno siglo XXI nos seguimos asombrando de quienes deciden partir, especialmente en el universo de las Celebrities, acerca de quienes creemos, o eso nos hacen creer, que lo tienen todo.

Montiel Figueiras hace un recuento digamos que simultáneamente histórico e hiper-contemporáneo, por ejemplo Anthony Bourdain. Yo pensé, porque siempre me ha intrigado, en el caso de Malik Bendjelloul, joven director y guionista de un documental genial, Searching for Sugarman, su primer largometraje que además, con la concesión del Óscar en 2012, dada su juventud le abriría las puertas a cuanto proyecto quisiera desarrollar en el futuro. O de mi admirado poeta John Berryman, ganador del Pulitzer Prize y del National Book Award, quien decidió poner fin a su larga depresión arrojándose del puente que une a las Twin Cities, Saint Paul y Minneapolis.

No hay dos perros rabiosos iguales, ni afectados con la exacta misma rabia.

Pero la idea de la lectura como una continuación de la conversación y viceversa implícita en este libro de Montiel Figueiras, bien vale la pena. No es un intercambio menor: puede ayudar en los momentos difíciles, puede salvar vidas.

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Bruno Piché es ensayista y narrador. Ha sido editor, periodista, diplomático y promotor cultural. Realizó estudios en la Concordia University de Montreal, El Colegio de México, King’s College de Londres, Instituto de Investigaciones Sociales UNAM Es autor de los libros Robinson ante el abismo, Noviembre y El taller de no ficción. Es miembro del Sistema Nacional de Creadores de Arte de México desde 2012. Su novela más reciente, 'La mala costumbre de la esperanza', (2018), apareció bajo el sello editorial de Random House Literatura. En 2015 publicó la novela 'Los hechos', acerca de la cual Juan Villoro escribió: “Bruno H. Piché entiende la historia del mundo como una diáspora: datos en fuga que al articularse conectan la vida pública con la esfera privada. Podemos escapar de nosotros mismos pero no de Los hechos, es decir, del flujo incontenible de la historia.”   Vivir en Comala City es un blog sin fronteras temáticas y en la que las sombras y presencias fantasmales remiten al escurridizo entrecruce entre los géneros literarios. En Comala todo es literatura y nada es lo que parece.

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