Un planeta sin trabajadores

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El Primero de Mayo era el día de la clase trabajadora, cuando había clases, cuando había lucha de clases, cuando la historia se pretendía reescribir por parte de organizaciones sindicales y populares. Todo ha cambiado. En el autodenominado «primer mundo» los sindicatos se han convertido en gremios corporativos que protegen privilegios (cada vez se habla menos de derechos) y no cuestionan ni al sistema ni a las mentiras de éste (como que para crear empleo hay que precarizar el mismo). La crisis económica, diría yo, ha sido la prueba de fuego para que los sindicatos europeos y gringos hayan quedado sin ropa delante de la muchedumbre. Las banderas rojas ya no pueden ocultar el tono rosado y flatulento de sus reivindicaciones. Los discursos no aguantan ni un soplo de coherencia porque ante una crisis provocada por el capitalismo salvaje y especulativo, los sindicatos han negociado hasta la ropa interior con tal de salvar puestos de empleo precarios y sin futuro. Nadie ataca a la Bestia y, por tanto, la Bestia puede seguir campando por sus fueros y riéndose ante el televisor al ver las tibias manifestaciones callejeras de un Primero de Mayo muy parecido a un 31 de diciembre.

En Otramérica la cosa es diferente, pero tampoco cuenta con trabajadores. Acá tenemos explotados, excluidos, perseguidos… pero trabajadores en el sentido de clase, muy pocos. La brecha del desarrollo es tan brutal que entre pobres de rematar y ricos matones solo queda una débil y triste atisbo de clase media que no se considera trabajadora aunque esté esclavizada. Por tanto, las marchas del Primero de Mayo, acá, sí son contra el sistema que perdura, contra la angurria sin fin de las clases dominantes (que tampoco se consideran tales, por supuesto). Los que salieron a las calles el sábado en Bogotá, México D.F, Ciudad de Panamá o Lima si quieren cambios reales, aunque la amalgama de reivindicaciones no parecen tener el foco en el tema del trabajo: es la protesta de los periféricos, de los que no esan invitados a la fiesta del capitalismo pseudodemocrático. El poder les tiene miedo, solo había que ver el impactante despliegue policial en la Plaza Bolívar de Bogotá, y los desprecia. Son los habitantes de extramuros tratando de cruzar el foso.

El planeta se ha quedado sin trabajadores, como se está quedando sin sueños o utopías. Ahora, todos deberíamos marchar el día del consumidor o el día del mutante de mall, sería más realista. El Primero de Mayo huele pues a pasado, pero no hemos sido capaz de redefinirnos, de reinventarnos para saber qué celebrar o qué reivindicar. Los trabajadores ahora son denominados inmigrantes, indígenas, campesinos o colaboradores de la empresa, nunca más esa palabra desafiante y aglutinadora que era «trabajador». Hay trabajo, pero ya no más una clase trabajadora. O sí, en realidad sí existe, pero la han convencido de autodesaparecer. Qué tristeza.

Me perdí en Otramérica, esa que no es Iberoamérica, ni Latinoamérica, ni Indoamérica, ni Abya Yala... y que es todas esas al tiempo. Hace ya 13 años que me enredé en este laberinto donde aprendí de la guerra en Colombia, de sus tercas secuelas en Nicaragua, de la riqueza indígena en Bolivia o Ecuador, del universo concentrado de Brasil o de la huella de las colonizaciones en Panamá, donde vivo ahora. Soy periodista y en el DNI dice que nací en Murcia en 1971. Ahora, unos añitos después, ejerzo el periodismo de forma independiente (porque no como de él), asesoro a periódicos de varios países de la región (porque me dan de comer) y colaboro con comunidades campesinas e indígenas en la resistencia a los megaproyectos económicos (porque no me como el cuento del desarrollismo). Este blog tratará de acercar esta Otramérica combatiendo con palabras mi propio eurocentrismo y los tópicos que alimentan los imaginarios.