Un primera línea

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Por esa época trabajaba para una revista de reportajes y estaba buscando entrevistar a un Primera línea. Fue así como conocía a Pereira. El hombre me fue presentado por el inefable Oscarcito Meléndez, quien me dijo que Pereira financiaba sus gastos personales y aportaba a la causa cometiendo algunos delitos. Lo de los robos lo atestigüé, lo de su aporte a la causa no.

Oscarcito ─quien camuflaba su vocación anarquista y pistolera en el oficio de periodista─ convenció a Pereira de atendernos y dejarse acompañar varios días. En la revista querían un reportaje de inmersión y la única manera de lograrlo era hacerme socio de sus actividades, así que decidí hacerme amigo de Pereira, aunque en un principio parecía sumamente peligroso. Estar con Pereira a diario me proporcionaba una dosis nada trivial de adrenalina pues en cualquier momento podía encontrarme en medio de una redada. Por esa época estaban cazando a los revoltosos y los tombos no tendrían el menor empacho de llevarse a los que estaban alrededor. Primero a un calabozo tal vez, o tal vez directo a la desaparición.

Pereira parecía un ingeniero nuclear. Usaba un disfraz perfecto: bluyines y camisas manga larga de colores: verde manzanas, rosadas, azules claras; gafas culo-botella, un libro en el brazo, y el fierro bien escondido bajo el saco. Era pintoso, con una sonrisa seductora y una conversación fluida. Si se lo veía por la calle, jamás se podría adivinar que era un “primera línea” asesino buscado por la ley. Es decir, tal vez sí se lo adivinara, pero tal vez no.

Oscarcito, que con valentía le daba cobertura al prófugo, empezó a involucrarme con él. No me hago el ingenuo: finalmente también me tentó la posibilidad de ganarme una platica. Yo estaba noviando con una preciosa y encantadora muchacha llamada Marcela Q. quien estaba a punto de graduarse de administradora de empresa. Le gustaba bailar salsa y era una amante dedicada y paciente. Lo más espectacular era su risa; cada vez que se reía yo me enamoraba más. Sus labios eran perfectos, nunca se los pintaba y siempre estaban rojos. Hinchados, escarlatas. Era una mujer rellenita, blanquita, muy sexy.

Con Marcela me encerraba tardes enteras en mi apartamento y nos dedicábamos a interpretar una serie de roles en juegos que inventábamos. Podía ser el caso de una cieguita que llegaba al hogar ignorando que la esperaba un violador, o un doctor que examinaba con morbo profesional a su paciente. En muchas oportunidades jugamos al profesor de literatura. En el sofá de la sala, el profesor obligaba a su alumna a leer un fragmento, digamos de Antonio Tabucchi, mientras la manosiaba toda. Manosiaba toda pero con ropa. Luego, este profesor le pedía a Marcela que detuviera la lectura. Le solicitaba que se quitara la ropa menos las tangas y los bra. Y leyera otro ratico. Y Marcela leía así, con esa curva de la cintura que volvía loco al profesor. Una curva de carne blanca. Y esos labios rojos leyendo a Tabucchi. Y los cachetes todos colorados. Luego, otra pausa y el profesor le pedía desnudarse y seguir leyendo mientras él acariciaba el cabello, los hombros y la raíz del cuello.

Hoy, me mantengo a distancia de Marcela, porque sé que si nos encontramos su risa volverá a cautivarme y me hará daño, tal vez, o tal vez no, pero yo creo más que sí, porque Marcela está hecha para hacer sufrir a hombres como yo. En la última aventura que jugamos, hicimos una apuesta: a ver quién danzaba más ridículo una bossa-nova, desnudos y con apenas una toalla amarrada en la cintura. El perdedor tenía que entregar su boca a las manipulaciones dictatoriales del ganador.

En aquellos años, Marcela trabajaba en un laboratorio de disolventes y Pereira me comentó un plan para asaltarlo: el día de pago ─la fecha siempre era la misma─, apenas llegara del Banco el envío de dinero, Marcela debía salir a la calle con el pretexto de comprar cigarrillos. Si al salir tomaba hacia la derecha quería decir que sí, que estaba la plata y no habría problemas. Si tomaba hacia la izquierda quería decir que había riesgos.

Marcela estuvo de acuerdo con el porcentaje que nos tocaría por entregar la empresa: nos llevaríamos algo así como seis millones de pesos de aquella época. Creo que fue así. Pereira financiaría su “primera línea” y Marcela dijo que si era la primera línea le iba a salir muy cara.

Posteriormente las versiones fueron contradictorias. Según el relato de Marcela, ella salió hacia la derecha; según Pereira hacía la izquierda. Pero nunca quedó claro el motivo del fracaso, o tal vez sí pero creo más que no.

Poco después, en una charla informal, le comenté a Pereira sobre una agencia de publicidad donde trabajaba un amigo y se movían fortunas. Enseguida me enganchó en el cruce y en su primera línea, o cuarta, o la que fuera. El plan, como casi todos los planes de Pereira, era enredado y confuso. Veinte días antes había asaltado un supermercado, matando un a un tombo y llevándose unos cuatro millones de pesos. En su paranoia persecutoria con la ley, Pereira robada casi por reflejo. Y creo que se gastaba la plata rápidamente. Aunque nunca supe en qué. Creo que en sus líneas. La mayor incógnita era por qué no abandonaba el país: tenía los días contados, y no podía pasarse la vida fugándose, creo.

El día pautado para el golpe, yo debía esperar a él y a su secuaz (nunca supe su nombre) en el parque del Periodista. Pero a último momento me arrepentí y no acudí a la cita. Era un trabajo peligroso y la posibilidad de que mi amigo sospechara de mí como entregador era muy alta. Me les torcí. Y fui por una primera línea.

Me escondí en la casa de mi amiga La Costeña, que me dejó la llave mientras ella se iba el fin de semana para Santa Elena. Me encerré en esa casa, un primer piso, bajé las persianas y apagué las luces del frente. No estaba solo: me acompañaban (por supuesto sin saber nada del asunto), Marcela Q., mi amigo Camilo Estrada y Florencia, una mujercita encantadora, creo recordar, de piel trigueña y cara angelical. Creo que era así, pero es posible que esté exagerando, no importa.

Lo que sí fue verdad es que traté de tomar precauciones. Estoy totalmente seguro de que no le dije a nadie. El caso es que no sólo Oscarcito conocía la casa sino también el Primera línea, que después de una de sus fugas se hizo amante de La Costeña y utilizó la casa durante una semana como escondite. La Costeña siempre tuvo ese afán de coleccionar pistoleros en su inventario de novios.

Ni siquiera tocaron el timbre. Si bien el romance con La Costeña había terminado, Pereira conservaba una llave. Y esa noche, estábamos todos tirados en una cama cuando los vimos aparecer. Junto a Pereira estaba Oscarcito, que esa noche se comportó líendramente conmigo, ya que me entregó al peligroso capricho del Primera línea.

Creo recordar que Oscarcito tenía dibujada en el rostro una sonrisa astuta, creo. Pero de lo que sí estoy seguro es de la cara de Pereira: El hombre no dejaba entrever absolutamente nada, como si un disparo de fusil al aire hubiera borrado la seducción de sus facciones. Leí el peligro y les dije a mis amigos que me esperaran en la esquina del bar de doña Magnolia. Sin entender bien lo que pasaba, ellos percibieron el clima tenso, se pusieron la ropa, y salieron de inmediato.

Oscarcito se sentó y permaneció en silencio.

─¿Qué pasó? ─me preguntó Pereira en un tono de voz que indicaba claramente que no se le podía mentir.

─Me arrepentí… Era muy peligroso, Pereira… Perdóname.

Sacó su 9 milímetro, le quitó el seguro y me apoyó el caño entre los labios, sin introducírmelo en la boca, obligándome a penas a besarlo.

─Yo sólo mato policías ─susurró─. No mato gente. Pero a veces hay que hacer una excepción. La cagaste… Yo me juego la vida todos los días, y ni vos ni nadie me puede hacer venir al Centro para verme la cara de bobo.

Tengo grabadas esas palabras como si me las hubiera dicho hace cinco minutos. Luego, creo que siguió hablando. Es decir, tal vez siguió hablando pero tal vez no. Lo que sí recuerdo es que no tuve miedo. Es muy misterioso que un tipo con tan poca solidez emocional como yo no haya sentido miedo. Recuerdo que por precaución bajé la vista. No sabía cómo mirarlo, y cualquier equivocación podría ayudarlo a que apretara el gatillo. Hasta que el amedrentamiento cesó y Oscarcito no pudo dejar de contenerse.

Ambos soltaron la carcajada. Durante cinco minutos hablamos de maricadas, y después se fueron. Entonces me bajó el miedo por el cuerpo como un balón desde un edificio en caída libre. Carajo. Me puse los yiyos y el pantalón. Un plon, un trago y me fui al bar a buscar a mis amigos.

Una semana después Pereira fue baleado por una patrulla de tombos al bajar de un carro por las lomas de Buenos Aires. Alguien muy cercano lo había vendido como un “Primera línea” a la policía. Esa es la proporción del coraje entre policías y ladrones: 15 contra uno.

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