Un pueblo casi al final de vejez

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En primer lugar,

una sucesión de fotografías:


En segundo lugar, Antonio (5 de enero de 1931) nos cuenta que si la pandemia hubiera tenido lugar en su juventud (años 50 del pasado siglo) muchos se hubieran vuelto locos:

—¿Por qué?

—Porque en esa época los muchachos y las muchachas, como vosotros, buscaban casarse cuanto antes; en general, entiéndeme. Y una suspensión habría sido peligrosa… Había prisa, vamos…

—¿Pero por qué?

—Pues porque antes, las perras que se ganaban del trabajo los que no estaban casados y vivían en casa iban para los padres (yo, por ejemplo, era confitero y los beneficios de los mazapanes y los cortadillos no eran para mí, no). Y además, también uno buscaba casarse, vamos, entiéndeme, pues para hacer el amor, te quiero decir, hacer el amor por primera vez, claro, con la muchacha, recién casados, legalmente a ojos de todos y de Dios, el Altísimo. Solo casándote podías salir.

—Y al final no se volvían locos, ¿no?

—Cama y casa.

—Claro.

—Pero locos nos vamos volver nosotros como esta suspensión continúe mucho tiempo. Nos queda poco tiempo y tenemos mucho que hacer. Lo mismo empezamos nosotros, casi al final de la vejez. A lo mejor llevamos a cabo lo que nunca, porque teníamos miedo a. Pero ahora no. Anda, pasadme el andador, la gorra, la mascarilla y las gafas de sol.

—Aquí tiene, Antonio.

—Y abridme la puerta, que hace muchos meses que no veo las construcciones a base de ladrillo de mi pueblo. Salgo.

—Exit ghost.


No entres dócilmente en esa buena noche,

que al final del día debería la vejez arder y delirar;

enfurécete, enfurécete ante la muerte de la luz.

Aunque los sabios entienden al final que la oscuridad es lo correcto,

como a su verbo ningún rayo ha confiado vigor,

no entran dócilmente en esa buena noche.

Llorando los hombres buenos, al llegar la última ola

por el brillo con que sus frágiles obras pudieron haber danzado en una verde bahía,

se enfurecen, se enfurecen ante la muerte de la luz.

Y los locos, que al sol cogieron al vuelo en sus cantares,

y advierten, demasiado tarde, la ofensa que le hacían,

no entran dócilmente en esa buena noche.

Y los hombres graves, que cerca de la muerte con la vista que se apaga

ven que esos ojos ciegos pudieron brillar como meteoros y ser alegres,

se enfurecen, se enfurecen ante la muerte de la luz.

Y tú, padre mío, allá en tu cima triste,

maldíceme o bendíceme con tus fieras lágrimas, lo ruego.

No entres dócilmente en esa buena noche.

Enfurécete, enfurécete ante la muerte de la luz.

Dylan Thomas

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