Un refugio en las montañas

0
240

En realidad Pujol no va a morir, tan sólo lo hará su creación, como si hubiera apostado a ser Dios y hubiese ganado, decidiendo al final destruirlo todo con un gesto.

 

La convergencia desligándose del patriarca tiene el signo de la crueldad humana. Uno recuerda en ‘La playa’, la película de Danny Boyle, cómo el paraíso se rompe cuando a uno de sus miembros le muerde un tiburón destrozándole la pierna. Al principio deciden no llevarle a un hospital para que no se desvele el falsamente feliz secreto de su estancia, antes de alejarle del campamento para no oír sus gritos terribles de dolor. Ese es el fin del mundo ideal. Así, todo apunta a que Pujol morirá desangrado en su edén catalán expulsado por los suyos, y entonces ya nada será igual para nadie. Pero en realidad Pujol no va a morir, tan sólo lo hará su creación, como si hubiera apostado a ser Dios y hubiese ganado, decidiendo al final destruirlo todo con un gesto. No es la convergencia la que le expulsa y le señala, sino que es él quién sentencia a la convergencia, un poco como si fuera el único capaz de poner fin al desvarío. Pujol ha echado el cierre y Mas y los otros no se han enterado, o sí y por eso tratan de salvar lo que se pueda. Convergencia parece el navío encallado de Defoe del que Robinson saca lo necesario para levantar ‘El castillo’ en la isla desierta. Hay en esas imágenes de Queralbs un aire de epílogo de la patria catalana, un país reducido a un refugio en las montañas donde descansa el anciano que un día se sentó en el trono de la ciudad prohibida, como Puyi, dejando por el camino un partido de eunucos. La consulta está perdida como perdido está el imperio para la causa, y así el muy honorable ahora se pasea entre pastos junto a su esposa, esa artera españolísima y galdosiana, empezando la reeducación de un pueblo que va a tardar en reponerse de su inesperada soledad.