Un suceso navideño que pudo cambiar la historia

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Aunque la fecha concreta sigue siendo un enigma por
los desfases creados como consecuencia de las diferencias de calendario, sabemos que a
finales de 1919 Lenin salió una fría noche del Kremlin en su Rolls- Royce negro. El motivo de esta escapada navideña era visitar a su enferma mujer Nadezha Krúpskaia, a quien se le había recomendado por sus dolencias residir fuera de la ciudad. En aquel momento el líder bolchevique no podía imaginar lo que le esperaba en las oscuras calles de Moscú. Hacía
frío y la calle estaba nevada.
Cerca del soviet de Sokolniki, el séquito de
Lenin tuvo que detener su viaje. Un grupo de peligrosos maleantes les obligaron a parar; habían decidido robar el vehículo de Lenin. Por aquel entonces, los bandidos campaban a sus anchas
en el caos revolucionario por toda la ciudad. Poco les diferenciaba en sus actos de la mafia gubernamental que aterrorizaba a la población con arrestros, registros, saqueos y asesinatos.

 

El pretencioso coche se convirtió en un suculento objetivo para el grupo de seis
asaltantes ya que, sin alumbrado, los faros llamaban poderosamente la atención
en la oscuridad. Sorprendido ante lo que estaba sucediendo, y creyendo estar ante una
patrulla revolucionaria, Lenin se identificó y preguntó qué ocurría. La respuesta
del líder de los bandidos aclaró el malentendido: “Me da igual que seas Levin
[no había reconocido al líder comunista]. ¡Yo soy Koshelkov, el dueño de la
ciudad nocturna!”.
En esos instantes se produjo una situación que pudo cambiar la historia, al menos tal y como la
conocemos. Lenin se encontraba apuntado por dos pistolas mientras sacaba de su
bolsillo la cartera y su Browning. Aún en el coche, su chófer personal Stepán
K. Guil tenía a tiro al líder de los bandidos. Con todo, intuía que la mejor solución no pasaba por matar al jefe de los ladrones, porque en el intento Lenin probablemente fallecería también. Por ello, desechó la idea y permitió que robaran el coche.

 

El revolucionario respiraba aliviado, aunque se encontraba indignado. ¿Cómo era posible que sus hombres, que estaban armados, se hubiesen dejado avasallar por miembros del hampa moscovita?  Guil consiguió convencerlo: “Vladímir Ilich, no teníamos elección. Recuerde
que le estaban apuntando con revólveres. Podría haber disparado, tuve tiempo
para hacerlo, pues se olvidaron de mi durante unos minutos, pero ¿cuál habría
sido el resultado?”. Sin embargo, la noche aún no había acabado para Lenin, cuyo ego se vería abofeteado otra vez. Al llegar al soviet más cercano, el
centinela no le reconoció y estuvo a punto de impedirle la entrada en los locales revolucionarios. ¡Era el colmo! Le habían
robado sin que supieran quién era, con sus hombres alrededor y ante la mirada curiosa de los ciudadanos moscovitas e, incluso,
un camarada había dudado de sus palabras.

 

Las consecuencias de aquella noche no tardaron en llegar. Se tomó la decisión de luchar impacablemente contra los bandidos y, para ello, se creó un grupo especial dentro de la Cheka.
Lenin no pudo quitarse de la cabeza aquel robo e, incluso, en varias ocasiones justificó la acción de sus hombres, aunque muy pocas personas sabían del hecho. Varias decenas de delincuentes fueron detenidos y se cercó a la banda del Monedero, como también era conocido el líder del grupo. No obstante,
Koshelkov lograba escapar de la caza, dando esquinazo constantemente a sus perseguidores. Pero todo terminó cuando la policía política consiguió retener a su amada. El delincuente cayó en la trampa y comenzó una escalada de violencia suicida cuyo única salida sólo podía ser su propia muerte, como finalmente sucedió en un enfrentamiento con los chekistas. Había orden de capturarlo, vivo o muerto, aunque ésta es otra historia.

 

Esta narración no ha salido de la mente de ningún novelista ruso, aunque pudiera parecerlo.
Al contrario, está recogida por el periodista Vitali Shentalinski en Denuncia
contra Sócrates. Nuevos descubrimientos de los archivos literarios de la KGB
(Galaxia Gutenberg), una magistral y documentada investigación dentro de los archivos de la Lubianka. Allí es donde se encuentra el legajo que describe esta curiosa historia: “Asunto del ataque de unos bandidos armados contra V.I.
Lenin el 6 de enero de 1919”.
El
propio Shentalinski se encarga de hacer la pregunta irremediable,
¿qué habría sucedido si los bandidos hubieran matado a Lenin?, aunque como reconoce la historia no puede conocer condicional.

 

Sin embargo, y a pesar del desprestigio académico, la llamada «historia virtual» es un ensayo historiográfico original y complicado – siempre y cuando se haga
bien- que pretende romper con el determinismo y el historicismo que inconscientemente nos impregna. Es cierto que no puede ser más que
un mero juego intelectual, pero demuestra lúcidamente que la historia no
tiene libreto. Y, por esta misma razón, molesta a cierta clase de historiadores que desdeñan cualquier implicación contrafactual. Olvidan que estas cuestiones permiten situarnos en
escenarios nuevos – en este caso gracias al encontronazo entre un Lenin acobardado y el bandido Koshelkov,
el “dueño de la ciudad nocturna”- que introducen
en el pasado a un sujeto básico como el azar, al que cuesta reconocer cuando ya han acontecido los hechos. Por tanto, es legítimo preguntarse, aunque no haya respuesta, ¿qué habría cambiado si el camarada Guil hubiese disparado en
aquella lejana noche? Al hacerlo, nuestra mirada ya se ha transformado, lo que no es una mala razón para detenerse en esta larga serie de historias que pudieron ser.

 

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“Mi
niña, mi pequeña, mi pobre paloma. Un adverso destino me persigue. No tengo
suerte. Mi niña, mi pequeña, querida mía, ¿por qué todo esto? Dios mío, ¿qué
van a hacerte? Me vengaré, me vengaré sin fin. Sólo serviré para la venganza. (…)
Estoy dispuesto a destruirlo todo, a disparar sobre todo. Oh, cómo odio, cómo
detesto la felicidad de la gente. Me persiguen como si fuera una bestia: nadie
se compadece de mi. He dejado con vida a Lenin, ¿qué más quieren de mí?”.

YÁKOV
KOSHELKOV.

 

NOTA: El calendario es propicio para descansar durante dos semanas. Ni el 25 de diciembre, ni el 1 de enero son días adecuados para que un improbable lector preste atención a un blog perdido como éste. En cualquier caso, puede que se publique algún comentario fuera de las fechas en las que se debería actualizar este espacio. Aunque no es un compromiso. ¡Feliz Navidad!

Joseba Louzao nació en Bilbao en 1983. Es doctor en Historia Contemporánea por la Universidad del País Vasco (UPV) y en la actualidad es profesor en el Centro Universitario Cardenal Cisneros (Universidad de Alcalá de Henares).
Está especializado en historia de las religiones y es autor del libro Soldados de la fe o amantes del progreso. Catolicismo y modernidad en Vizcaya (1890-1923) (Genueve Ediciones) y, como coordinador, de La restauración social católica en el primer franquismo, 1939-1953 (Publicaciones de la Universidad de Alcalá de Henares). Este blog será su particular maleta preparada, porque el pasado siempre es un país extraño.