Un viaje largo e insólito

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Con Miguel Santaya, a quien Rafo, mi hermano y yo encontramos bañándose en Puerto Inka la mañana del 1 de enero del año 2000.

Último día del siglo: 1999. La carretera vacía. Los que se tenían que ir de Lima ya se habían ido. Mi hermano y Rafo en el auto, conmigo, rumbo al sur. 8 horas de viaje hacia la costa de Arequipa. Mi mano sujetando una botella de cerveza afuera de la ventanilla. Las botellas arrojadas sobre el pavimento negro, rompiéndose al borde del desierto.

Así la tarde hasta llegar a la playa: Silaca. Bajamos la pendiente, la pista de tierra afirmada. Los cactus ardían al sol. Al entrar a Silaca, en la plaza, caminando desde una de las casas de piedra, una tía lejana, que me vio crecer en los veranos, se acercó al auto a saludarme. En Silaca no se queda nadie, dijo. «En Puerto Inka los García han hecho fiesta».

Salimos de Lima con muchas botellas metidas en un cooler. Cuando entramos a Puerto Inka no quedaba sino una. Nos la tomamos entre los tres. Bajamos. El sol ya se ocultaba. Vimos un tabladillo, luces, cajas de cerveza amontonadas. Escuchamos música. Mis primos y primas–a los que también conocía de los veranos–tomaban dentro de un gran círculo. Esperaban la medianoche.

Siempre se sintió raro meterse entre ellos. Yo pertenecía pero no. Nos conectaba algún chorro de sangre intercambiado entre nuestros abuelos. Nos acercaban los meses en Silaca, dentro del agua helada de las pozas, las calles arenosas del pueblo de los olivos, de Jaquí. Nos distanciaba Lima, esa ciudad a la que habíamos huído. Habíamos jugado muchas veces entre las pircas de olivos de Jaquí, entre las casas de piedra de Silaca, pero apenas nos frecuentábamos en Lima. Nos conectaban apellidos, memorias, no mucho más.

Rafo, mi hermano y yo estábamos algo ebrios cuando nos sentamos a tomar en el círculo con los García. Seguros de que era una buena manera de terminar el siglo. El fin de un viaje largo e insólito.

Quisiera tener la versión de Rafo, hombre de Lima. Si bien una vez me acompañó hasta Yauca, donde terminamos huyendo de un primo borracho que nos lanzaba piedras. Corriendo en la oscuridad hacia la carretera. Hacia el bus que paró lleno de gente y nos regresó a Lima por medio pasaje, echados en el suelo.

La última noche de 1999 fue distinta.

El gordo Beto me agarró del cuello. Quería ahorcarme porque yo le dije «conchatumadre». Quería que le retire el insulto a la madre y yo pretendía no entender qué es lo que había que retirar. Mi hermano y Rafo se metieron entre los dos porque al fin y al cabo yo no era muy consciente. Porque acá todos somos primos carajo.

Nos abrazamos a la medianoche. El ruido de las olas de Puerto Inka apagó el de una voz que iba gritando entre los invitados: «¡Muevan sus autos! ¡Se va a salir el mar!». Hubo fuegos artificiales, bombardas. Las olas seguían llegando a la playa el primero de enero del año 2000.

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