Una dama de antaño

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Los que saben cómo fueron las cosas cuentan que el hombre que llegó a la antigua villa una tarde de otoño iba con hambre de irrealidad. Que en la mirada llevaba el brillo mate o la intensidad secreta de quienes sufren de una sed que no se calma con lo que ya conocen. Y que husmeaba el aire disimuladamente.

Lo vieron tomar posada en un hotel casi tan viejo como la ciudad, y salir después a dar un paseo bajo la lluvia con la técnica depurada del experimentado deambulador: no quiere que nadie advierta su ociosidad, y camina ocioso, sí, y al azar, pero aparentando seguir un rumbo cierto, como si acudiera a una cita de negocios ineludible o a un encuentro amoroso que se desea con fervor pero que, al mismo tiempo, y por motivos que no viene al caso detallar, también se teme.

Acerca del fin con que el hombre había acudido a la vieja ciudad, solo hay suposiciones y conjeturas. ¿Huyendo de ciertos recuerdos? ¿Tras un silencio de siglos? O acaso con hambre de irrealidad. Lo cierto es que llevaba el corazón herido de melancolía, y en las vetustas piedras, en los cielos encapotados y en el aire frío con olor a antiguos bosques, buscaba amparo para darse a la caricia balsámica de fantasías y relatos, preferentemente los de estilo “solazado y sabroso, con cierto regodeo en los meandros”.

Contar se cuentan muchas cosas, pero los que saben cómo fueron, refieren que el hombre, tras asomarse al puente do Pasatempo y callejear en torno a la catedral, visitó el cementerio viejo: “Eiquí xaz alguén que coa súa obra fixo que Galicia durase mil primaveras máis”. De vuelta en los soportales de la plaza, y sin dejar de olfatear…, pegó la hebra con cuantos lugareños se pusieron a su alcance.

Entró después en un café, donde en blanca cunca le sirvieron vino, y sacó de su mochila verde, para depositarlos en el velador, tres o cuatro libros, uno de los cuales, de negras tapas, debía de ser de notas, porque el hombre lo abrió y se enfrascó en la tarea imperiosa —a juzgar por la concentración con que la acometió— de garabatear unas palabras que solo quienes saben cómo fueron las cosas pueden ahora reproducir.

“Hay dos clases de personas en este mundo: las que leen a Cunqueiro y las que no. Yo, por fortuna, pertenezco al primer grupo. ¿Quién lee a Cunqueiro en España? ¿Y lo leerá alguien en Brest, en Bleanaskill o en Braemar? Da igual, lo importante es que por fin he llegado a Mondoñedo. Y he de seguir buscando…”.

Al salir, aspiró el hombre con delectación la fría niebla del atardecer, y subiéndose las solapas de la pelliza se puso de nuevo en camino, tal vez en busca de fragas y corredoiras, o de un silencio de siglos por callejas empedradas. Iba husmeando… una brisa pasajera, como un ligero perfume: sin duda el aire de una dama de antaño, muy quimérica y delicada.

 

NOTA: La imagen con que se ilustra este texto en el índice de “Gazeta de la melancolía” muestra la estatua de Álvaro Cunqueiro, obra de Juan Puchades, que hay en la plaza de España de Mondoñedo (fotografía de Jesús Vila disponible en Wikipedia).

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