Una de swing, por favor

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Sabes, cuesta mucho encontrar eso. ¿Cómo lo llaman? Sí. El swing, ¿no? Sí. Cuesta mucho tener swing con alguien. Encontrarlo. Si lo tienes, no lo dejes escapar.


Miré extrañada a la camarera. A mí aquello de tener swing no me sonaba demasiado. Ya he dicho alguna vez que no me gusta bailar. Y para mí, el swing no es más que un baile anticuado. Sí, incultura, lo sé. Pero entendí a lo que se refería: no es fácil tener ese “algo” con una persona. En el terreno de Hollywood estaríamos hablando de magia, de conexiones, de la media naranja incluso. Uf. Pero ella habló de swing y aquello me gustó.

 

Se fue y nos dejó en la mesa los platos que habíamos pedido. Estaba comiendo con un amigo y me hizo gracia que nos hubiera confundido con una pareja, porque la verdad es que no lo parecemos. Justo por eso, y por la confianza que tenemos, no lo desmentimos y le dejamos que siguiera pensándolo. A veces estas cosas son divertidas. ¡Tenemos swing! Le decía riendo.

 

La mujer volvió varias veces para explicarnos cosas sobre la carta o sobre la elaboración de un determinado plato. Cada vez que se acercaba a nuestra mesa nos hablaba de nosotros, de lo que ella suponía o imaginaba. Tal vez pensara que éramos amantes secretos, una de esas parejas que quedan en restaurantes y hoteles de medio mundo. A mí, no sé si es por haber leído tantos libros romanticones, pero aquello me hacía gracia. Sed felices, decía. Juntos. No os separéis porque estas cosas solo pasan una vez en la vida. Los trenes se marchan. Sé que en se momento tenía que haberle dicho que en realidad no éramos ni nunca habíamos sido pareja. Pero ya no me atreví, simplemente quise escucharla, porque en realidad no nos estaba hablando de nosotros sino de ella misma.

 

A veces ocurren estas cosas. A través de sus palabras ella nos estaba contando su propia historia, a nosotros, que no éramos más que un reflejo. Dos extraños. Es la necesidad de enmendar lo propio en lo ajeno, como quien advierte a los transeúntes de una calle que no deben cruzar en rojo. Como si así, el que lo advierte, pudiera también dejar de hacerlo.

 

Hace tiempo, una amiga me contó que quería hacerse un tatuaje con la siguiente frase “todo pasa, todo llega”. Y ayer, al escuchar a esta mujer, pensé que muchos deberíamos tatuarnos esa frase. Pero en la frente. Pensé en la pena que me había dado siempre la gente que se pasaba la vida esperando, mirando por la ventana y alargando los días como si de una goma de chicle se tratara. Sé que esto suena a topicazo. Y tal vez lo sea, pero si existen los tópicos es por algo. Y ahí va otro tópico: los trenes pasan, tenía razón la mujer. Qué miedo pensarlo. Al final, me digo, no somos tan originales. Todas las historias son la misma. La nuestra, la de todos.

 

Cuando nos marchamos, con prisas porque siempre tenemos prisas, la camarera se acercó y nos dijo que no nos equivocáramos como ella había hecho. Por primera vez utilizó la primera persona. Y no lo dijo de manera dramática si no como una madre le diría a su hijo que no se bañara en el agua fría después de comer. En realidad, solo era una pequeña advertencia.

 

Mi amigo y yo nos miramos, creo que sonreímos. Porque siempre, en la vida y ante todo, hay que intentar reírse un poco. Pero sé que en realidad ambos estábamos ya con la lista mental de todas las cruces rojas de “no haber dicho, no haber hecho, no haber ido”. Más tarde nos despedimos y me quedé pensativa. Bukowski fue mucho más preciso cuando decía en Factotum:

 

Si vas a intentarlo, ve hasta el final

De lo contrario, no empieces siquiera

Tal vez suponga perder novias, esposas, familia, trabajo

Y quizás la cabeza

Tal vez suponga no comer durante tres o cuatro días

Tal vez suponga helarte en el banco de un parque

Tal vez suponga la cárcel, tal vez suponga humillación

Tal vez suponga desdén, asilamiento.

El aislamiento es el premio.

Todo lo demás es para poner a prueba tu resistencia.

Tus auténticas ganas de hacerlo. Y lo harás.

A pesar del rechazo, además de las ínfimas probabilidades.

Y será mejor que cualquier cosa que pudieras imaginar.

Si vas a intentarlo, ve hasta el final.

No existe una sensación igual.

Estarás solo con los dioses

y las noches arderán en llamas.

Llevarás las riendas de la vida hasta la risa perfecta.

Es por lo único que vale la pena luchar.

 

 

Me metí en el coche. Pensé en el swing. En la necesidad de que en la vida hayamos buscado ese movimiento armónico que no es solo un baile, por lo que he descubierto, sino una manera de vivir. Así que eso: es verano. Tiempo de buscar el swing.