Una entrañable convivencia: el Niño Jesús y Alberto Caeiro

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Alberto Caeiro, por Almada Negreiros

Poema VIII de El guardador de rebaños (Versión de Amador Palacios)

En un mediodía al final de la primavera tuve un sueño como una fotografía. Vi a Jesucristo bajar a la Tierra. Vino por la falda de un monte convertido de nuevo en niño, corriendo y retozando por la hierba y arrancando flores y abandonándolas y riendo de un modo que se oyese a distancia.

Había huido del cielo. Era nuestro, ya no podía fingir ser la segunda persona de la Trinidad. En el cielo era todo falso, todo en contradicción con flores y árboles y piedras. En el cielo tenía que estar siempre serio y de vez en cuando volverse otra vez hombre y subir a la cruz, y estar siempre muriendo con una corona toda rodeada de espinas y los pies horadados por un gran clavo con cabeza, y hasta con un trapo alrededor de la cintura como los negros de las estampas. Ni siquiera le dejaban tener padre y madre como los otros niños. Su padre era dos personas: un viejo llamado José, que era carpintero, y que no era su padre; y el otro padre era una paloma estúpida, la única paloma fea del mundo ya que no era del mundo ni tampoco paloma. Y su madre no había gozado antes de tenerlo.

No era mujer: era una maleta en la que él había entrado desde el cielo.  Y pretendían que él, que sólo había nacido de la madre, y que nunca había tenido un padre que venerar con respeto, ¡divulgase la bondad y la justicia!

Un día que Dios estaba durmiendo y el Espíritu Santo andaba volando, fue a la caja de los milagros y robó tres. Con el primero hizo que nadie supiese que había huido. Con el segundo se hizo eternamente humano y niño. Con el tercero fabricó un Cristo eternamente en la cruz y lo dejó clavado en la cruz que hay en el cielo y que sirve de modelo a las otras. Después huyó hacia el Sol y bajó por el primer rayo que atrapó. Hoy vive en mi aldea conmigo. Es un bonito niño sonriente y natural. Se limpia la nariz con su brazo derecho, chapotea en los charcos, coge las flores, disfruta de ellas, las olvida. Tira piedras a los burros, roba la fruta de los huertos y huye de los perros llorando y gritando. Y, porque sabe que a ellas no les gusta y que la gente esto encuentra divertido, corre detrás de las muchachas que van en grupo por los caminos y les levanta las faldas.

A mí me ha enseñado todo. Me ha enseñado a mirar las cosas. Me detalla todas las cosas que hay en las flores. Me muestra cómo las piedras brillan cuando la gente las tiene en la mano y las mira despacio.

Me habla muy mal de Dios. Dice que es un viejo estúpido y enfermo, siempre escupiendo en el suelo y pronunciando groserías. La Virgen María sobrelleva las tardes de la eternidad haciendo punto. Y el Espíritu Santo se rasca con el pico y se encarama a las sillas ensuciándolas. Todo en el cielo es estúpido como la Iglesia Católica. Me dice que Dios no entiende nada de las cosas que creó, “si es que él las creó, cosa que dudo”. “Él dice, por ejemplo, que los seres cantan su gloria, pero los seres no cantan nada. Si cantaran serían cantantes. Los seres existen y nada más, y por eso se llaman seres.” Y después, cansado de hablar mal de Dios, el Niño Jesús se duerme en mis brazos y en brazos yo lo llevo a la cama.

Él vive conmigo en mi casa en medio del otero. Él es el Niño Eterno, el dios que faltaba. Él es el humano que es natural, él es el divino que sonríe y que juega. Y por eso sé con toda certeza que él es el Niño Jesús verdadero.

Y el niño tan humano que es divino es esta cotidiana vida mía de poeta, y porque él anda siempre conmigo yo siempre soy poeta, y una mínima mirada mía me colma de sensaciones, y el más pequeño sonido, venga de donde venga, parece hablar conmigo.

El Nuevo Niño que habita donde vivo una mano me da a mí y otra a todo lo que existe y así vamos los tres por cualquier camino, saltando y cantando y riendo y gozando nuestro común secreto que es el de saber en cualquier situación que no hay misterio en el mundo y que todo merece la pena.

El Niño Eterno me acompaña siempre. La dirección de mi mirada es su dedo apuntando. Mi oído atento alegremente a todos los sonidos son las cosquillas que él me hace, jugando, en las orejas.

Nos encontramos tan bien el uno junto al otro en la compañía de todo que nunca pensamos uno en el otro, pero vivimos juntos los dos en un acuerdo íntimo como la mano derecha y la izquierda.

Al anochecer jugamos a las cinco chinitas en el escalón de la puerta de casa, graves como conviene a un dios y a un poeta, y como si cada piedra fuese todo un universo y fuese por eso un gran peligro para ellas dejarlas caer en el suelo.

Después yo le cuento historias, cosas sólo de hombres, y él sonríe, porque todo es increíble. Ríe de los reyes y de los que no son reyes, y siente pena al oír hablar de las guerras, del comercio, y de los navíos que dejan humo en el aire de los altos mares. Porque él sabe que todo eso falta a aquella verdad que una flor contiene cuando florece y vive con esa luz del Sol que hace cambiantes a los montes y valles y hace que los muros blanqueados hagan daño a los ojos.

Después él se adormece y yo lo acuesto. Lo llevo en brazos hasta dentro de la casa y lo acuesto, desnudándolo lentamente y como siguiendo un ritual muy claro y maternal hasta que está desnudo.

Él duerme dentro de mi alma y a veces despierta de noche y juega con mis sueños. Unos los pone con las piernas en alto, unos encima de otros y bate las palmas él solo sonriendo a mi sueño.

Cuando yo muera, pequeño mío,  sea yo el niño, el más pequeño. Cógeme en brazos y llévame hasta dentro de tu casa. Desnuda mi ser cansado y humano y déjame en tu cama. Y cuéntame historias, si despierto, para que me vuelva a dormir. Y dame tus sueños para que yo juegue hasta que nazca ese día que tú sabes cuál es.

Esta es la historia de mi Niño Jesús. ¿Por qué razón no ha de ser más cierta que todo lo que los filósofos piensan y todo lo que enseñan las religiones?

 

Nota bene.- El caso de Fernando Pessoa (Lisboa, 1888-1935) trasciende el hecho de su contundente realidad de gran poeta, deviniendo, gracias a un inmenso genio extremadamente versátil, una asombrosa constelación literaria. Creador de heterónimos –los tres más fecundos: Alberto Caeiro, Ricardo Reis y Álvaro de Campos-, atribuyó a Caeiro (un neopagano, campesino, que vivía en una aldea en la región portuguesa de Ribatejo y que no poseía más que educación primaria) un indiscutible magisterio sobre el resto de heterónimos, e incluso sobre el ciudadano Fernando Pessoa, el poeta ortónimo. De forma que el autor de esa abundante y fabulosa heteronimia llegó a convertirse él mismo en un heterónimo más. ¡Increíble pero cierto!

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