Una fotografìa mía calato

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Una escritora amiga publicó una foto que sugería la forma de sus pechos. Decía que le costaba trabajo admirar su cuerpo. Ella ─bonita de rostro y de figura agraciada─ ofrecía enfrentar a sus demonios en alguna futura sesión fotográfica. Siendo peruano como ella, podría resumir su lucha personal en un frase: ofrecía calatearse, enseñar sus fotos calata y sentirse bien. "Calato" es una palabra que tiene su origen en el idioma quechua. Es un amuleto del vocabulario que llevamos los peruanos que transitamos por el mundo, una de las señas de nuestras raices. El desnudo y ese arte de verse a uno mismo con ojos amorosos.

 

Una escritora amiga publicó una foto que sugería la forma de sus pechos. Decía que le costaba trabajo admirar su cuerpo. Ella ─bonita de rostro y de figura agraciada─ ofrecía enfrentar a sus demonios en alguna futura sesión fotográfica. Siendo peruano como ella, podría resumir su lucha personal en un frase: ofrecía calatearse, enseñar sus fotos calata y sentirse bien. «Calato» es una palabra que tiene su origen en el idioma quechua. Es un amuleto del vocabulario que llevamos los peruanos que transitamos por el mundo, una de las señas de nuestras raices.

 

En los comentarios que siguieron a la publicación de la foto de mi amiga en las redes sociales, otro amigo escritor, un mexicano, comentó que me había mandado una foto desnudo, acompañando a una crónica que escribió sobre Nueva York. Lo decía con orgullo, como la comprobación de un estado superior de aceptación de la propia figura. La verdad es que aquella significó una de las más interesantes pruebas de mi capacidad (o incapacidad) como editor.

 

Es verdad que en la foto el escritor había difuminado su zona púbica. En la crónica hablaba de una noche en un cuarto de hotel en el cual se desnudaba y se miraba en el espejo. De todos modos, era una fotografía que demostraba ─con mucha claridad─ una comodidad para mostrar su cuerpo desnudo que yo no poseo. Creo ser una persona incapaz de mandarle a otro hombre, una fotografía mía calato. Así sea por razones creativas y editoriales.


La crónica estaba muy bien escrita. Sin embargo mi incomodidad partía de cuestionarme la pertinencia de la fotografía del escritor desnudo como parte del relato (la crónica mencionaba la foto y se supone que ésta tenía que ser intercalada en el texto antes del siguiente párrafo). Quise saber si lo que me creaba el disgusto eran mis propios prejuicios o había un criterio estético: si lo que yo creía ver era en realidad un juego exagerado desde el ego del escritor o, sencillamente, una provocación expresada con mal gusto que no deseaba publicar. Al final, le dije que me incomodaba la idea de la fotografía. Él coincidió en mandarme otro texto sin ella. Yo aún no descarto que en el fondo del asunto solo estaba mi falta de costumbre en recibir fotografías de hombres calatos.


Desde adolescente, recuerdo haber sentido una cierta ansiedad en que otras personas me vieran desnudo. Creo que aquella proviene de la época de los primeros cambios hormonales, cuando otro niño se burló por la aparición en mi cuerpo del primer vello púbico. Ese momento coincidía también con los años de mis primeros juegos masturbatorios ─cargados de culpa católica─ frente a las fotografías de calatas tijereteadas de revistas europeas y norteamericanas, mujeres por lo general de abundantes pechos y figuras nórdicas, publicadas en blanco y negro en la penúltima página de la revista Caretas

 

Sé que resultará triste esta imagen, leída en estos años de superabundancia de material sexual en el Internet. Sin embargo, en los años 80s de ese Perú semicerrado al mundo, Caretas: Ilustración peruana era (al menos lo era para mí) el único espacio al que yo podía acceder para disfrutar de la experiencia─maravillosa aún hoy pero trascendental en la pubertad─ de observar con detenimiento un par de hermosos y saludables pechos.

Caretas


Mostrar mi sexo, y lo digo sin una base científica, apenas basado en mis lecturas, conversaciones y en mi propia historia sexual, equivalía durante mi adolescencia a reconocer el deseo pecaminoso, la tortura de querer aquello que no sabía cómo conseguir. Que me vean calato significaba también someterme a un examen ante los ojos de quienes creían que podían juzgar tus capacidades en la vida por el tamaño y el grosor de tu órgano sexual. Además, mi sentimiento de inferioridad tiene que haber entrado en el juego.

 

Aquel sentimiento se iría relajando con los años, aprendería a estimarme y a valorarme, a mirarme en el espejo y a sentirme vigoroso y deseable, a masturbarme sin culpa. Sin embargo, tal vez consciente de la enorme distancia que separa a mi figura de la del hombre ideal, o por una pura creencia ─educación, religión, personalidad─de que tu desnudo es tuyo y que no está bien compartirlo con otros, nunca me tomé una foto desnudo, tampoco insistí en grabar alguna «proeza» sexual para inmortalizarla en video.

 

En conclusión: admiro a mi bella amiga por querer desnudarse frente a la cámara y resolver un tema que le resulta esencial a su personalidad. También admiro a mi amigo escritor por atreverse a mandarme una fotografía suya encuerado. Sin embargo, creo no equivocarme al decir que fui ─y seguiré siendo─ un pudoroso calato privado.