Una frase en recuerdo de Carlos Edmundo de Ory

0
227

 

He venido pensando que abriría él la puerta

y que él me extendería la mano destinada

a poner el rigor y la extrema destreza

del último dolor en el último látigo

cuenta Carlos Edmundo de Ory de cuando llega a visitar en su casa a Pierre-Jean Jouve en un poema que casi no se encuentra si no es en el libro que hizo Félix Grande y que es de los suyos el que a mí más me gusta, y yo vengo pensando que me recibirá él, con Laura, en la estación del pueblo con su sombrero siempre y una cámara en la mano preparada para hacerme una foto en cuanto me vea y nos iremos a esa casa de ellos en Thézy que es como un espacio estanco, una jangada encallada en una aldeíta que se basta y se auto-contiene y de la que sólo hay que salir a buscar provisiones o al buzón a recoger el correo, los libros que llegan, las cartas de los amigos, o a la estación de tren a recibir a los que vienen a visitar, pero que tiene todo lo demás que uno necesita en la vida, los objetos, los cuadros, los caballitos, los libros en las dos bibliotecas del primer piso, cada una con sus ritos, un sitio para cada actividad, una de las dos el estudio donde Carlos trabaja y escribe y archiva, todo en su lugar, cada carta en su carpeta con el nombre del amigo, cada papel donde debe estar y en ningún otro lado, cada foto, cada dibujo, y la otra, enfrente, la celda donde lee, siempre sentado y siempre subrayando, todo eso que Carlos lee, lo que ha leído desde siempre, a los poetas que venera, Juan de la Cruz y San César Vallejo, y a Trakl, Celan, Pierre-Jean Jouve, Rimbaud, Leopardi, los surrealistas, Eduardo Chicharro y a los nuevos autores que sigue descubriendo, poetas como Luis Eduardo Aute o Arcadio Pardo, novelistas, Thomas Bernhard, Houellèbecq, Philip Roth, James Ellroy, lo que va encontrando sobre la India, sobre religiones, sobre la Resistence, sobre el Comandante Massoud, sobre Mandela, la persona viva a quien más admira; cada cosa a su hora, porque hay en su casa un tiempo para escribir y trabajar, un tiempo para leer y un tiempo, después, para bajar a la sala, colorida cada tanto de un color diferente, y sentarnos en la mesa redonda a tomar cerveza y salchichón y, Carlos, altramuces, a comer quesos o el cous-cous de Laura y beber vino y conversar de la vida, Carlos preguntando, indagando, queriendo saber siempre más de uno y hablando de todas esas cosas de que habla, Carlos, digamos, comiendo a manos llenas altramuces y recordando un verso de Juan de la Cruz, un no sé qué  que queda balbuciendo, una frase de Heidegger, un poema de Rubén Darío, una idea de Jung, con esa memoria increíble para todo lo que ha leído en la vida, y es mucho lo que ha leído en la vida, nosotros tres hablando de viajes, Carlos dándome consejos muy pensados y, por eso, siempre repetidos y no sé, ay, si suficientemente atendidos, Carlos y Laura contando sus descubrimientos, los libros, la gente, los amigos, con esas ganas siempre, hasta el final, de seguir descubriendo y reinventando y de no parar nunca ni anquilosarse, siempre joven, porque es joven quien sigue avanzando y no se para y busca y juega y se ríe y Carlos no paró ni dejó ni cejó y siguió, seguro hasta el último día, riéndose con esa risa tan bonita que tenía.

 

 

                                                         Madrid, Cádiz, 20 de diciembre de 2010

José Antonio de Ory es escritor, entre otros oficios que lo han llevado a vivir de un lado a otro del mundo: Colombia (en tres ocasiones), la India y Nueva York. Ahora en Madrid, continúa escribiendo cuando le da el tiempo sobre cultura y otras cosas de la vida en este blog, donde se permite contar, y opinar, cómo ve las cosas. Es autor de Ángeles Clandestinos. Una memoria oral del poeta Raúl Gómez Jattin (Ed. Norma, Bogotá, 2004).