Una habitación nueva para Sara

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Tahseen y Rania son un matrimonio de artistas palestinos que acaban de tener su cuarto hijo, esperan obtener una autorización que les permita ampliar su vivienda y hacerle un dormitorio a su bebé

 

Tahseen está sentado en el asiento del copiloto del coche de su hermano esperando a ver a su hija recién nacida, Sara. Y a su mujer Rania. No para de hablar, se nota que está nervioso. Sara nació la noche anterior en un hospital de Jerusalén, pero Tahseen no obtuvo permiso del gobierno de Israel para cruzar el check point de Qalandia, que separa Ramala (Cisjordania, Palestina) de Jerusalén. Él y Rania viven en los territorios ocupados, donde casi no hay hospitales. Como el resto de los palestinos, necesitan una autorización para cruzar al país vecino. Rania obtuvo un permiso de 24 horas para dar a luz; Tahseen tuvo que quedarse al otro lado del muro. No pudo presenciar el nacimiento de su cuarta hija.

 

“La hemos llamado Sara porque es un nombre internacional. Aparece en la Torá, en la Biblia y en el Corán”, dice su padre. Acaba de ver cómo Rania pasa el puesto de control. Camina hacia el coche. Lleva a Sara envuelta en una manta amarilla. La mece entre sus brazos con extrema suavidad. Tahseen las abraza y dice a la reportera: “Sácame una foto con mi hija, por favor”. Mira a Sara embobado, la sonrisa no se le cae de la boca. Entran en el asiento trasero del coche y su hermano conduce hasta su aldea: Beit Doqo. Está en Ramala, a quince minutos de Jerusalén. Tahseen no tiene licencia de coducción, normalmente era Rania quien llevaba el coche.

 

El pequeño turismo de color blanco circula por una carretera sin señalizar que discurre entre montañas, tiene forma de semilunas encadenadas. Al deslizarse entre ellas, los pasajeros se mueven de izquierda a derecha, como si estuvieran imitando el movimiento de un péndulo. Por la ventana se ven campos de cultivo en terraza. Su color verde destaca entre el paisaje de Oriente Medio. Parece que la carretera es un escalón más. El coche discurre por el asfalto lleno de gravilla que sale disparada hacia los lados, cuando los neumáticos pasan por encima. El recorrido termina; su hermano estaciona en un espacio vacío que está al lado de una huerta, situada en la entrada de su casa. En la huerta se pueden ver olivos. Para los palestinos es muy importante la propiedad de la tierra. La mayoría de ellos viven de su cultivo, como Tahseen. Sus antecesores han sido campesinos.

 

Su casa tiene dos plantas, en la primera vive su hermano y en la segunda él con su familia. Antes de entrar se quita los zapatos y los deja junto a la puerta. En las casas árabes es costumbre caminar descalzo. Su mujer Rania se quita el velo. Dentro hay una gran librería con una mesa de madera donde Tahseen escribe sobre sus viajes. Él es escritor y trabaja en el Ministerio de Educación del gobierno de la Autoridad Palestina. Las paredes del salón están llenas de cuadros. “Rania es pintora. También trabaja en el Ministerio de Educación, donde nos conocimos”, dice Tahseen.

 

El matrimonio de artistas es una pareja peculiar en la aldea de Beit Doqo. “A veces cuelgo la ropa para ayudar a Rania, pero cuando ella se da cuenta me regaña. No quiere que los vecinos me vean con las pinzas en la ventana”, dice Tahseen sonriendo. Es un hombre agradable y de mentalidad liberal. En la tradicional sociedad palestina han de ser las mujeres las que se ocupen de las tareas domésticas. En ocasiones, Tahseen sale fuera de la casa para tirar la basura: “Mi madre, que vive en en frente, me regaña cuando me ve”, asegura.

 

Su casa tiene tres habitaciones: una para la pareja, otra con camas gemelas donde duermen sus dos hijos varones y otra para su hija. “Ahora que viene Sara necesitamos un dormitorio más”, comenta Tahseen entre risas. Sara nació el 3 de febrero del 2012, tiene casi un año y ya puede andar. Pero el problema de la familia persiste, necesitan hacer una ampliación de la vivienda para que Sara tenga su  habitación.

 

 

Enredadera de zonas

 

Beit Doqo es considera zona B, según la división de Cisjordania establecida durante los acuerdos de Oslo de 1993. El tratado fija la partición del territorio en tres zonas: A, B y C. El 17,7 % del territorio es zona A, donde la Autoridad Palestina es responsable de los asuntos civiles y de la seguridad. El 18,3% es zona B, la Autoridad Palestina se ocupa de los asuntos civiles e Israel de la seguridad. El resto del territorio, un 60%, es zona C, en el que Israel tiene total autoridad tanto en los asuntos civiles como de seguridad.

 

Los acuerdos de Oslo han sido calificados como el tratado que más cerca estuvo de conseguir la paz entre Israel y Palestina, pero tras su firma el territorio en Cisjordania quedó fragmentado. Muchos de los campos de cultivo han quedado divididos en absurdas enredaderas. La familia de Tahseen tenía terrenos en los que han trabajado durante décadas. Ahora forman parte de la zona C. Algunos, están al otro lado del muro que divide Ramala de los asentamientos judíos. Su acceso es imposible.

 

Otros están sometidas a control de barreras de seguridad, supervisadas por los israelíes, que solo abren en determinadas horas del día. Su acceso es limitado.

 

Lo mismo ocurre con las viviendas. Hay casas cuya cocina está en la zona C (depende de la administración de Israel) y los dormitorios en la zona B (dependen de la administración de la Autoridad Palestina).

 

 

Viviendas demolidas

 

La familia de Tahseen tiene suficientes terrenos para construir una nueva vivienda. Su único problema es que al estar en zona C están obligados a pedir autorización a Israel. Según Amnistía Internacional, Israel deniega el 94% de los permisos de construcción en la zona C. Lo que supone un gran obstáculo para Tahseen y para las nuevas familias de jóvenes recién casados que quieren independizarse. “Comprarse un apartamento en Ramala (zona B) cuesta 150.000 dólares, los jóvenes de la aldea no tienen dinero. Y no quieren irse a vivir lejos de sus familiares. La tierra es nuestra, pero no podemos utilizarla”, comenta Tahseen durante una entrevista telefónica realizada meses después.

 

Tahseen afirma que su familia tiene dos opciones: comprarse una nueva vivienda o construir un tercer piso. “Nuestra casa está en zona B, para ampliarla tendríamos que pedir permiso al gobierno local (Village Council) de la Autoridad Palestina”. Hace tres meses que los palestinos votaron al  nuevo presidente de la localidad. El doctor Sa’id Yaqeen, hermano de Tahseen, fue elegido. Sa’id Yaqeen estuvo encarcelado, durante dos semanas en el 2011, por ser el líder de Comité Nacional Contra el Muro (National Committee Against the Wall), un grupo que organiza manifestaciones no violentas frente a los check points.

 

Desde que Israel ocupó Gaza y Cisjordania, en 1967 (Guerra de los Seis Días), las autoridades israelíes intensificaron en Cisjordania la demolición de viviendas y otras edificaciones palestinas construidas sin permiso. Durante 2011 destruyeron más de 620 casas y casi 1.100 palestinos se vieron forzados a desplazarse. También derribaron 170 cobertizos para animales y 46 depósitos de agua, lo que afectó a más de 4.200 personas.

 

En el mismo año demolieron al menos 20 chozas y otras estructuras en Al Araqib, pueblo “no reconocido” del Néguev (desierto del sur de Israel en el que viven árabes beduinos). En julio del 2011, las autoridades israelíes demandaron a los habitantes del pueblo. Les reclamaron 1,8 millones de nuevos shekels (aproximadamente 500.000 dólares estadounidenses), por el coste de las demoliciones y desalojos, según el último informe de Aministía Internacional.

 

Tahseen conoce esta situación y la acepta. Su voz suena resignada: “Por el momento nos apañamos pero cuando Sara crezca no sé que vamos a hacer. Los palestinos siempre tenemos que esperar por la aprobación de dos gobiernos: el gobierno de la Autoridad Palestina y el gobierno de la ocupación. Los trámites tardan años en realizarse o simplemente se deniegan”. Sara tendrá que ser paciente para tener una nueva habitación.

 

 

 

Iara Mantiñán Bua es periodista. Ha publicado el libro Conociendo al Cape Coloured. En FronteraD mantiene el blog La fábrica de historias

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Autor: Texto y fotos: Iara Mantiñán Bua