Una historia de África

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La primera vez que pisé África tenía veinte años. Recuerdo la humedad, el calor y la extraña sensación de que el tiempo pasaba muy lentamente. Llegamos a Freetown, capital de Sierra Leona y de ahí nos fuimos a Lunsar, un pequeño pueblecito rodeado de selva. Con veinte años pensaba que hacer una buena obra era irse un mes de verano a África. Tonterías de nuestro mal llamado primer mundo. Nos pasamos el verano dando clases en una escuela de niños y vivimos de cerca la realidad, una realidad que estaba siempre muy lejos de los telediarios. Nadie hablaba de la guerra que hacía poco había terminado. Ni de los niños soldado que no podían volver a sus aldeas. Ahí solo había silencio. Entendí pronto que después de las carnicerías es importante que no queden rastros de sangre. Sin embargo, algunas veces, la sangre asomaba: salíamos a pasear por las afueras del pueblo y antiguas fábricas –destrozadas, casi en ruinas- hablaban por sí solas.

 

 

 

La primera vez que pisé África tenía veinte años. Recuerdo la humedad, el calor y la extraña sensación de que el tiempo pasaba muy lentamente. Llegamos a Freetown, capital de Sierra Leona y de ahí nos fuimos a Lunsar, un pequeño pueblecito rodeado de selva. Con veinte años pensaba que hacer una buena obra era irse un mes de verano a África. Tonterías de nuestro mal llamado primer mundo. Nos pasamos el verano dando clases en una escuela de niños y vivimos de cerca la realidad, una realidad que estaba siempre muy lejos de los telediarios. Nadie hablaba de la guerra que hacía poco había terminado. Ni de los niños soldado que no podían volver a sus aldeas. Ahí solo había silencio. Entendí pronto que después de las carnicerías es importante que no queden rastros de sangre. Sin embargo, algunas veces, la sangre asomaba: salíamos a pasear por las afueras del pueblo y antiguas fábricas –destrozadas, casi en ruinas– hablaban por sí mismas.

 

En Lunsar aprendí algunas cosas de África. No todas, claro, pero sí algunas importantes. Aprendí que en aquel pueblo remoto el futuro no existía. Al menos no como yo lo entendía. Hablando con una compañera del colegio de Lunsar le pregunté a qué quería dedicarse en unos años. Ella no supo contestarme. Allí nadie hablaba del futuro en esos términos, incluso su propio idioma carecía de una forma verbal que pudiera expresar el futuro que no podía tocarse. Hablar a tantos años vista era como crear un subjuntivo. El futuro que tenían era el de hoy por la tarde, mañana o pasado mañana. Pero nada podía planearse. Esa fue la primera cosa que aprendí en Sierra Leona. Que en determinados sitios, el futuro cuesta porque no tiene garantías.

 

Más tarde pasé otro verano en Etiopía y otro en el Chad. En esos años ya había aprendido que en un mes no se hacía ninguna buena obra, y en realidad, volvía a esos países solo por mí, para seguir entendiendo y seguir preguntando por el futuro. Pero no aparecía por ningún lado. Aquí debería abrir un gran paréntesis para remarcar una cosa: nunca he sido una voluntaria de verdad, de pura cepa. Me hubiera encantado serlo pero siempre llegaba un momento, cuando los chinches me habían devorado las piernas, cuando había luchado contra un par de escarabajos voladores gigantes o después de haber visto cómo mataban a una víbora delante de la puerta de casa, en el que soñaba con aviones que me llevaban a casa, con poder ducharme y lavarme el pelo. Vamos, que fui una voluntaria de poca monta. Y aquí cierro el paréntesis.

 

Mi último verano en África lo pasé en el Chad y ahí conocí a Nadji. Su historia es, en realidad, la que quería contar aquí. Nadji tenía siete años cuando su tía la llevó de urgencias a la sala de curas donde yo trabajaba. De repente me fijé en una niña que casi no podía abrir un ojo. Tenía una infección que, según informó el médico que la vio, le iba a costar el ojo sino la llevaban rápido al hospital del pueblo. Sin embargo, su tía no hizo amago de moverse, dijo que no podía dejar más tiempo solo el puesto de mercado: necesitaba volver para vender más. El médico, acostumbrado a ese tipo de reacciones, me aseguró, ante mi estupefacción, que las cosas eran así, que no se podía hacer nada. Entonces me ofrecí a llevar a Nadji al hospital y me miraron todos de manera extraña. “En el hospital solo funciona bien la morgue”, me dijeron riendo. Pero igualmente la llevé.

 

Tuvieron razón con lo del hospital y la morgue: un tumulto de gente se agolpaba en las salas del hospital de Sahr. Aquello era un auténtico caos. Me dejaron pasar a los consultorios porque supusieron que al ser blanca les iba a pagar el doble o el triple. Cosa que hice, claro. Y ahí, en una camilla metálica tumbaron a la niña. Hicieron pasar a una enfermera y le realizaron una intervención. Sin anestesia, claro. Y a mí aquello me pareció lo más horrible que podían hacerle a una niña pequeña. Pero claro: ¿eso o perder el ojo? Eso. Sí. Eso, me repetí para convencerme.

 

Más tarde, cuando Nadji pudo andar, la llevé a su casa. Me guió entre calles infames atestadas de ratas y basura hasta que llegamos a un conjunto de cuatro cabañas de barro y ahí pregunté por el responsable de la niña. Me indicaron que vivía sola en una cabaña diminuta. La mujer que la había acompañado, la que dijo ser su tía, salió de una de las cabañas y me hizo un gesto para que me marchara: me prometía que le haría las curas en el ojo pero ya se encargaría ella. Volví a casa andando, cabizbaja. ¿Una niña que vivía sola? ¿Y sus padres? Supongo que son preguntas lógicas para alguien que vive en España.

 

Durante una semana volví todos los días a ver a Nadji. Sin embargo, un día desapareció y nadie quiso decirme dónde estaba. Con el tiempo, me contaron que la mujer que decía ser su tía era en realidad su madre, que la había repudiado tras haberse casado con otro hombre.

 

Volví a ver Nadji. Me la encontré por la calle el día que me marchaba del Chad y di gracias a quien fuera que estuviera ahí arriba porque la niña estaba completamente curada. Me sentí, como voluntaria de poca monta, al más puro estilo Lady Di, orgullosa de que al menos la niña no se hubiera tenido que quedar sin ojo. Sin embargo, ignoro qué habrá sido de ella. Nadji me constató aquello que ya sabía: el futuro es una invención de los países que tienen medios para crearlo.

 

 

Últimamente se habla mucho del ébola y no deja de entristecerme que África solo esté en los medios cuando hay una epidemia y tenemos miedo de contagiarnos. Porque siempre me acuerdo de Nadji y me da la sensación de que es la ausencia de futuro la verdadera epidemia que arrasa en todos esos países tan desconocidos para nosotros y que solo ubicamos gracias a guerras o genocidios.