Una historia del Village

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Se vistió de mujer a la hora de las velas y bajó las gradas hacia el bar subterráneo acompañada por sus dos amigos. Ella y él. Una caribeña acostumbrada a los maltratos de Nueva York  y un sudamericano en plan de encontrarse a sí mismo.

 

Una banda de músicos ancianos –agarrados a sus instrumentos– interpretaba un tango con un bandoneón antiguo. El líder, lleno de flema bonaerense y un bigote blanco y bien arreglado, se desquitaba de Piazzola cambiándole los arreglos con sus propias creaciones:  las que terminó en los desvelos de sus primeras veladas de mesero en una pizzería del Village, cuando había menos tango en las esquinas de Cristopher Street. Nadie se daría cuenta, el público ignorante aplaudiría al final. Ya estaba acostumbrado.

 

Entonces entró ella, su alumna de sonrisa española y cabellera africana. Bajaba las escaleras entre los brazos de dos amigos: un sudamericano que sabía muy poco de Argentina y una cubana que se estaba escapando de un esposo violento. Era bellísima y la adornaba un lunar. La española movía las caderas. Ella tampoco reclamaría cuando el profesor proclamara que aquella pieza que había interpretado era de Piazzola.

 

En aquél sótano renovado para las veladas bonaerenses, el profesor vio emborracharse a los tres amigos, mientras llevaban las melodías del bandoneón con golpes sobre la mesa y de tacos. La española lo tentó a bailar e hicieron una demostración que llenó de sangre las oscuridades de aquella bóveda subterránea. Clases y más clases neoyorquinas se fueron desplegando ante los ojos de los pocos espectadores. 

 

El profesor sostuvo las manos de su alumna con delicadeza. Se dejó llevar por su juventud, como cada jueves en que se encontraban en su estudio en el segundo piso de un restaurante tailandés para soñar con las calles empedradas de Caminito. Frente a sus figuras de baile, en la mesa, el sudamericano estaba conversando con la cubana y se dejaba tentar por el lunar. Ella se fue hacia el primer piso –donde estaban los baños– y él, pisando con poca certeza los peldaños de bronce, la siguió.

 

Frente al espejo la muchacha se miró los ángulos de su rostro perfecto y coqueteó con el reflejo de sus pestañas. Se formó la cintura pasando las manos sobre el vestido y salió del baño. El sudamericano la había esperado al lado de la puerta para tener todo el tiempo y la oscuridad para abrazarla. Se escuchaba un tango enfogonado en el sótano cuando él la besó.

 

Bajaron las gradas juntos mientras la española acababa con la pieza inventada por Piazzola y el profesor agradecía timorato.

 

–Vamos, ¿No? dijo la española. Y sus amigos asintieron sin decir una palabra. Era la hora de moverse, de tomar el autobús que los llevaría de vuelta a sus tres vidas simultáneas. Pagaron las cuentas (separadas) y emprendieron la regresada. La española aún sintiendo el calor de los abrazos del profesor y los ojos tímidos de los espectadores; la cubana avanzaba tambaleante y nerviosa.

 

Los tres se quedaron parados sobre una vereda en el corazón del Village, rodeados de aquellas hormigas que se jactaban victoriosas de un día de trabajo; o que ya marchaban con ansiedad hacia la primera copa después de la oficina. Se despidieron porque la española vio llegar a su autobús y corrió hacia él mientras le preguntaba al sudamericano si es que la iba a acompañar.

 

La cubana y él se quedaron a solas. Se volvieron a besar. El sudamericano se despidió y se fue detrás de la española que había alcanzado las escaleras del autobús y subía deshecha hacia los asientos de la ventanilla. Allí donde pensaría otra vez en las oportunidades que la ciudad le ofrecía.

 

El sudamericano se paró al lado de los asientos, se sentó a su lado y buscó sus labios con urgencia. La española respondió con instinto de tango y su perfume se mezcló con ese breve beso que se dieron mientras el autobús cruzaba la ciudad.

 

Ella es la que se detuvo y él no insistió. Murmuró una justificación, demasiado confusa para incluirla en esta historia. Sin saberlo, con ese beso, el sudamericano zarrapastroso había calmado una ansiedad que provenía de preguntas importantes,  ignoradas durante muchos años.

 

Ambos respiraron con dificultad al bajarse frente a un departamento. Allí la española se despidió con un abrazo para que el sudamericano pudiera regresarse por otra esquina, hacia un tren de medianoche donde –cosas de estas historias– él tenía que quedarse dormido.