Una hoja de kiwi para Isabel

0
249

Se pregunta Simone Weil: "¿Por qué en cuanto un ser humano da muestras de tener alguna o mucha necesidad de otro, éste se aleja?". Al menos, por lo que a mí respecta, estoy aprendiendo a prestar atención.

 

 

Hace unos días, este verano tan incomprensible como todos los veranos, escribía nuestra reciente amiga Isabel Gutiérrez Cobos desde Italia:

 

“Sí, este es el panorama que tengo delante de mí. La pareja del fondo son mis suegros de 87 y 80 años recogiendo peras… ¡Impresionante! También tienen vid y kiwis, moras y un huerto de verduras…. Sentarme aquí a disfrutar del sol templado y del verde. Es fabuloso… No siempre apreciamos lo que tenemos gratis en la naturaleza. Afortunadamente ella prefiere ignorar nuestra incapacidad y sigue su discurso sin inmutarse. Sé muy bien que parte de esta fuerza puede ser mortal. Pero cuando tenemos la suerte de disfrutarla sin esos excesos es tan hermosa y sorprendente que nos empuja a desear poder trascender a otro nivel parecido cuando dejemos de pasear por la vida. O quizás la vida eterna consiste en atrapar esos segundos de paz y multiplicarlos por el infinito. Y ya instalados en el Paraíso y sin suelo que pisar (y tropezar) alcanzaríamos el nivel de meditación que te permite ser consciente de todo y al mismo tiempo sentirse ligero y libre y así por fin no necesitar nada más».

 


 

No sé si fueron las palabras de Isabel las que me llevaron a fijarme en esta hoja de kiwi en la casa de mi madre en Vigo. Cada vez regreso a mi ciudad natal con menos resquemores. No es que antes no hablara tanto con los perros, es que apenas les escuchaba. Tal vez porque ahora tengo más cerca a Olvido García Valdés, como cuando, en Lo solo del animal, dice:

 

«te escucho, urraca, todavía

sabemos quiénes somos, te veo

inquieta en la rama más alta del almendro

o volando libélula hacia los sauces

del río (estos sauces, no aquellos); te oigo

carraspera de invierno en pleno

agosto, en la enemiga luz

de la mañana»

 

En la enemiga luz de agosto, que el salitre del agua suavizaba. En la luz que crepita, que luego quema, que no deja matices, pero no junto al mar, que nos bebe, que nos obliga a entrecerrar los ojos como si jugáramos a ver visiones, el increíble reverbero de la carretera cuando no sabíamos que la vida iba a ser esto (ni tampoco que existía un misterio como el rayo verde, todo sea dicho). También vimos libélulas sobrevolando el haz del Duero, que se amansa en Soria.

 

Estos sauces, sí, estos chopos, pero también aquellos perales cuya sombra y cuya fruta conocen tan bien y recogen los suegros de Isabel en Italia.

 

Estos cipreses, sí, estos olivos, pero también aquellos recuerdos de México que Isabel atesora y ahora comparte.

 

Estos manzanos, sí, estos castaños, que ya vemos cambiar de color ahora mismo en el Retiro, cuando salimos a caminar, muy temprano, y nos acordamos de nuestra amiga, que ya no puede caminar, y que habla a través de una tableta que traduce su escritura a voz mientras hacemos una pausa en la cena para escucharla, para mirarla a los ojos. 

 

Prestar atención. Esta misma noche en que agosto empieza a ser brizna, un resplandor que se apagó del todo, el día, sus afanes increíbles. ¿Qué hemos aprendido? 

 

Vuelvo a Simone Weil, que siempre está a mi lado, como Franz Kafka, y que creo que ya me acompañará mientras viva, aunque yo no sea capaz de seguirla. Vuelvo a La gravedad y la gracia, donde dice:

 

«¿Por qué en cuanto un ser humano da muestras de tener alguna o mucha necesidad de otro, éste se aleja?».

 

Y en la página siguiente (de la hermosa edición de Trotta):

 

«(la gente que permanecía de pie, inmóvil, de una a ocho de la madrugada, por obtener un huevo, muy difícilmente lo hubiera hecho por salvar una vida humana)».

 

Y lo escribe entre paréntesis. Como quien no quiere la cosa. Esa es la clase de énfais que necesitamos ahora, aquí. 

 

Isabel busca las palabras para seguir existiendo mientras pueda. Pero también para despedirse. Nosotros no la acompañamos todo el tiempo. ¿Hemos llegado tarde? Todavía estamos aquí, lejos, sin abrazarla, pero abrazándola. Metáfora. Excusa. Palabras.

 

Al menos, por lo que a mí respecta, estoy aprendiendo a prestar atención. Y no solo con la sintaxis.