Una idea terrible

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De sus bocas salen bloques de hormigón que retumban sobre el suelo. A mí me gustaría adherirme a ellos y ser un loco como Shelley hasta el fin de mis días...

 

Miro a mi alrededor y no encuentro respuestas a pesar de que en ocasiones creo hallarme subido, granítico, hasta esculpido de bronce, a un pedestal desde el que observo el mundo con magnificencia. Esto ocurre a veces, ya digo, y otras, las más, soy como un vagabundo amnésico, un pobre cachorro extraviado y desvalido de los que cruzan las autopistas sin ser conscientes del peligro. Resultan admirables esos grandes hombres españoles que no parecen caminar sobre sus pies sino sobre sus peanas. Creo que nunca he sentido mayor admiración por individuos tan robustos moral e ideológicamente como, por ejemplo, Artur Mas y Pablo Iglesias. A la humanidad la dominan los fanáticos, dice Robert Louis Stevenson, “que ignoran la gran verdad de que cada asunto tiene dos caras y a la que inculcan a base de repetirlo sin cesar que este o aquel asunto sólo tienen una solución posible”. Son estos hombres “individuos enérgicos de verbo florido, que dominan las cosas por un tiempo y sacan al mundo de su sopor”. Yo no he visto nunca verdades tan pesadas, tan irrefutables (las de Snchz, por ejemplo, son como arenas movedizas y las de Rajoy como lecciones de maestro de un pueblo pequeño de Pontevedra), como las de Artur y las de Pablo. De sus bocas salen bloques de hormigón que retumban sobre el suelo. A mí me gustaría adherirme a ellos y ser un loco como Shelley hasta el fin de mis días y no tragarme el universo igual que una píldora como decía Stevenson. Cruzaría seguro y orgulloso las autopistas sin importarme las consecuencias. A Mas y a Iglesias no les importan las consecuencias de sus palabras ni de sus actos, están llenos de ardor y esperanza y eso es propio de grandes hombres y no de personas tranquilas y sin influencia que se ponen a trabajar para recordarnos la otra cara. Yo a veces, las más, lo reconozco, soy débil como aquellas y me siento un poco filósofo y con deseos de contradecir a esos hombres admirables, fanáticos los llama Stevenson, porque no encuentro respuestas a mi alrededor y me seduce la idea terrible, aunque me resisto como Ulises ante las sirenas, de que hay tantas como me plazca por las que esa clase de hombres admirables en realidad no son nada.