Una lectura mañanera

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He subido la persiana nada más levantarme y me he encontrado otra vez las calles y los tejados de las casas cubiertos de blanca, de impoluta, de silenciosa nieve. Está amaneciendo. Me quedo ahí, delante del cristal, como hipnotizado. Al cabo pasa un camión quitanieves, dejando tras de sí un estridente rumor de maquinaria desvencijada que se va apagando poco a poco entre la yerta palidez de los árboles escarchados. No deben ser ni las seis de la mañana. Tengo la cabeza entumecida y me siento tristón, desganado, con ganas de volverme a la cama y dormir algo más, dormir hasta que el sol ilumine el dormitorio y yo me sienta menos tristón y con la cabeza algo más despejada.

 

Me recuesto un momento y cierro los ojos, pero sé que es inútil. Enciendo la lámpara de la mesilla de noche y retomo la lectura de La desheredada, que es el primer libro que voy a enseñar en mi curso de Galdós. Me pongo a leer el cuarto capítulo, aquel en que el médico Miquis e Isidora salen de paseo por Madrid. El diálogo entre los dos es demasiado prolijo. Hay un exceso de cháchara en detrimento de las descripciones. El recorrido por el zoológico del Retiro, que yo todavía conocí de niño, se ve a través de las “chuscas habladurías” de Miquis, según nos dice el propio narrador, lo cual puede resultar más creíble -o, si se quiere, más realista-, pero empobrece la visión evocadora, quitándole parte de su encanto.

 

Me incorporo de la cama y transcribo este párrafo por si, a lo mejor, lo comento luego con mis alumnos:

 

… Un tanto aburrido Miquis de su papel de indicador, iba mostrando a Isidora, jaula por jaula, los lobos entumecidos, las inquietas y feroces hienas, el águila meditabunda, los pintorreados leopardos, los monos acróbatas y el león monomaníaco, aburridísimo, flaco, comido de parásitos, que parece un soberano destronado y cesante. Vieron también las gacelas, competidoras del viento en la carrera, las descorteses llamas, que escupen a quien las visita, y los zancudos canguros, que se guardan a sus hijos en el bolsillo. Satisfecha la curiosidad de Isidora, poca impresión hizo en su espíritu la menguada colección zoológica. Más que admiración, produjéronle lástima y repugnancia los infelices bichos privados de libertad.

 

La enumeración de los distintos animales, con sus adjetivación correspondiente, cumple bien con lo que Quintiliano llama evidentia, que no es sino “la descripción vívida y detallada de un objeto mediante la enumeración de sus particularidades sensibles reales o inventadas por la fantasía”. Es una técnica muy empleada por Cervantes en su Quijote, que es el modelo principal de los novelistas del realismo español, empezando por el propio Galdós.

 

Me quedo pensando en esto y pienso que la evidentia aquí está claramente al servicio de una vivencia. El recorrido por la “Casa de fieras” que Galdós describe no difiere notablemente de la «Casa de fieras» que yo conocí de niño, en la cual, nada más entrar, a la derecha, había unas cuantas jaulas de hediondo olor, con un tigre viejo lleno de mataduras y un león tan aburridísimo y tan poco majestuoso como el descrito aquí, y que un poco más allá, si la memoria no me falla, a mano izquierda, se veía un foso plagado de «monos acróbatas», con sus culos enrojecidos, que era, sin duda, lo que más me divertía del zoológico.

 

Compartir un mismo referente o unas mismas experiencias suele predisponer el favor de los lectores. Con todo, me habría gustado poder comparar esta descripción del zoológico con la hecha por Baroja, por ejemplo. Desde luego, las descripciones de Madrid que aparecen en La lucha por la vida son muy superiores en cuanto a poder de evocación que las hechas por Galdós, a quien solo parece interesarle el drama personal de sus personajes. (Deberé reflexionar sobre ello durante el curso).

 

Me entra un poco de sueño. Miro el reloj. Son las siete de la mañana. Se oye ya más fragor en la calle. Apago la lámpara y me quedo dormido durante casi dos horas, con el libro abierto de par en par sobre la cama. Al volver a despertarme, pienso que lo primero que debo hacer es escribir esta entrada del blog. Son pasadas las diez cuando termino de completarla.

Nacido y criado en Madrid, José Luis Madrigal ha pasado la mayor parte de su vida adulta en el mundo anglosajón. Vivió varios años en Londres y desde 1986 reside en Brooklyn, Nueva York. Es profesor titular en el Queensborough Community College y el Graduate Center de la Universidad de Nueva York (CUNY). Publica con cierta regularidad trabajos sobre atribución textual. En 2002, provocó algún revuelo al proponer que el Lazarillo lo había escrito un humanista toledano, Francisco Cervantes de Salazar, atribución que el mismo desecho años después tras darle muchas vueltas al asunto. Actualmente defiende otra candidatura más fundamentada, pero tras el traspié anterior prefiere no airearla demasiado. Algunos de sus trabajos están disponibles en la red. Digamos para terminar que le gusta leer, conversar con unos pocos amigos afines y contarle historias a su hija de siete años.