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BrújulaUna luz delicada: leer ‘Neutrino’ desde el cuerpo

Una luz delicada: leer ‘Neutrino’ desde el cuerpo

Leí Neutrino, cuaderno de navegación del escritor peruano Gunter Silva una semana en la que estuve enferma, lo cual suena temáticamente pertinente pero no fue premeditado. No tenía nada grave, solo fiebre, tos, algo de cuerpo gastado y cortado. Un estado físico ideal para sumergirse en libros tristes, libros lentos, libros que no se agotan con un argumento. Había oído hablar de él por un amigo que trabaja en una librería y que, en vez de recomendarme las últimas novedades, me habló de este libro pequeño, editado en Perú, lleno de fragmentos. “Está bellamente escrito”, dijo. Lo compré ese mismo día online, aunque no lo empecé hasta que mi cuerpo –ese bicho impredecible– decidió dejarme en pausa por varios días.

Desde las primeras páginas sentí que entraba en un tipo de intimidad distinta. No una intimidad emocional, de secretos confesados, sino una intimidad fisiológica. “Tengo 43 años, eso es bastante tiempo pero también poco tiempo. Me llamo Gunter Silva y tomo 12 pastillas al día para poder vivir”. La lista de medicamentos que sigue no es clínica, sino literaria: cada pastilla es una metáfora, una imagen, una pequeña escena de resistencia. El autor no nos entrega un inventario médico, sino una orquesta de gestos mínimos para seguir existiendo. Como en una especie de poesía farmacológica, leemos: “una cápsula de Warfarin, es como el freno en un coche cuesta abajo”, “una cápsula de Omeprazole, un escudo de acero que protege las paredes del estómago”, “una cápsula de Atorvastatin, el portero de la discoteca, el que detiene el paso del borracho gordo y molestoso –el colesterol malo– hacia mis arterias”. Me impactó no solo las ideas, el fraseo, sino el tono: sobrio, sin drama, con esa clase de claridad que solo puede venir del cansancio. Del cansancio de estar vivo, sobre todo cuando eso implica habitar un cuerpo que se descompone despacio y sin pausa.

La estructura del libro es fragmentaria. No hay trama, no hay desarrollo, no hay epifanía final escrita conscientemente; pero sí hay un arco narrativo. Uno ve el avance de la enfermedad, uno se enamora de los vecinos, los amigos, las personas que la pueblan. Además, hay una constelación de textos breves que funcionan como entradas de un cuaderno personal: postales, notas clínicas reconvertidas en poesía, escenas sueltas, reflexiones sobre el cuerpo, la ciudad, los amigos, la muerte, la música. Es un libro que avanza como avanza la enfermedad crónica: por intervalos, con recaídas, con instantes de extraña belleza interrumpidos por la fatiga.

Muchos de los fragmentos tienen algo de plegaria laica. Una forma de sostenerse cuando todo lo demás –el sistema de salud, el tiempo, incluso la fe– parece haberse agotado. Pero el tono nunca es solemne. Hay humor en esa tristeza, ironía, incluso momentos casi cómicos. Como cuando compara a sus medicamentos con músicos de una orquesta desentonada o cuando se pregunta por qué todos los pacientes de su clínica parecen haber sido diseñados por el mismo ilustrador de tragedias mínimas.

En uno de mis fragmentos favoritos, Silva escribe: “La rutina se convirtió en mi constante aliada. Cada día repetía las labores, una a una, sin sorpresas ni novedades… Refugiado en ella, encontré una llama de esperanza, muy pero muy pequeña, que se negaba a apagarse por completo”. Esa frase me recordó a cuando, en mis peores días, lo único que lograba mantener era la taza de café a las 9:10, incluso si después me volvía a meter en la cama. Es impresionante cómo Silva logra convertir gestos aparentemente banales –el metro, una playlist, un paseo en su parque, un viaje en autobús– en pequeñas escenas de resistencia. Leerlo es como caminar con él por Londres, enfermo pero lúcido, con frío, pero con ojos atentos, registrando cada detalle como quien sabe que tal vez no vuelva a verlo.
Como en Literatura infantil, de Alejandro Zambra, Neutrino, cuaderno de navegación también es, en cierto sentido, una carta. No a un hijo, sino a sí mismo. O tal vez a alguien que vendrá después. Hay algo muy tierno en la voluntad de dejar rastro, incluso cuando ese rastro está hecho con migas. Una de las ideas más persistentes del libro es la necesidad de escribir, aunque nadie escuche. No por exhibición, sino como única forma de sostenerse. Silva no lo dice con dramatismo, pero deja huella. En un momento escribe: “Releo algunas entradas de este cuaderno y siento que me convierto en un activista del pesimismo. Pero en las palabras que dejo, parece emerger la frágil naturaleza de nuestra existencia”. En esa frase, tan sencilla, se condensa algo fundamental del libro. Que escribir, para el autor, no es solo una forma de expresión, sino una forma de permanecer, incluso en la intemperie.

En cuanto a la forma, me impresionó la precisión. El estilo es seco, directo, pero cada tanto se permite un desliz poético, una imagen inesperada que no adorna sino revela. Nos habla que su piel tiene memoria de agujas, cuando nos cuenta que parece un yonqui porque su antebrazo está moreteado por tantas inyecciones. O cuando suelta ideas como que la enfermedad es un idioma que solo se aprende cuando ya no hay traductor. Hay imágenes e ideas potentes, que están repartidas por todo el libro, como pequeñas iluminaciones en medio de la niebla.

A diferencia de otras narrativas del cuerpo enfermo que buscan consuelo o redención, Neutrino se mantiene en el filo. No hay catarsis ni superación, pero sí hay sentido. O, más bien, hay deseo de sentido. Una voluntad de seguir preguntando, aunque ya no queden respuestas. En eso me recordó a Stella Maris, la novela de Cormac McCarthy que leí meses atrás. También ahí el lenguaje se convertía en el único refugio cuando el cuerpo, la ciencia y el amor ya no bastaban.

En ese sentido, Neutrino no es solo un libro sobre la enfermedad. Es un libro sobre la conciencia. Sobre lo que ocurre cuando el cuerpo ya no permite olvidar que tenemos un cuerpo. En una parte del libro dice algo como: antes habitaba el tiempo. Ahora lo cuento en jeringas. Esa idea me tocó de una forma que todavía no entiendo del todo. Ese tipo de cosas hace que el diario sea un libro abierto, al que se debe regresar, releer. Volver a entender.

Cuando terminé Neutrino lo dejé en la mesa de noche y me quedé un rato mirando el techo. No porque el libro me hubiera devastado, sino porque me había dejado en silencio. Un silencio bueno, raro, parecido al que a veces sentimos después de una conversación difícil, pero necesaria.

Y sí, debo reconocer que el libro dolió, pero no de la manera que uno teme. No fue un dolor que aplasta, sino uno que revela. Un dolor que no pide lástima, sino atención. Sentí que el libro no buscaba consolarme, sino acompañarme desde un lugar honesto, casi austero. Como si alguien te hablara en voz baja desde el otro lado, al filo del caos. Neutrino no tiene redención ni alivio fácil, pero sí algo mucho más raro: Una brillantez aterradora. De ese tipo que aparece solo cuando todo lo demás ha fallado. Por eso, al terminarlo, no supe cómo recomendarlo. ¿Cómo decirle a alguien “lee esto, te va a doler” sin sonar cruel? Tal vez la única forma sea decir la verdad completa: “lee esto, te va a doler…, pero también te va a cuidar, aunque no se note”. Como hacen los libros necesarios. Como hacen las personas que no prometen nada.

Neutrino. Cuaderno de navegación, de Gunter Silva. Laboratorio Editorial. Lima.

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