Una mañana hecha de varios silencios

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El pueblo tenía una bahía, una pequeña playa en la que alguna vez se hundieron mis botas. No es el mar, me convencieron. Se llama Sound: Long Island Sound. Si lo ven en el mapa les parecerá el Atlántico, pero Isla Larga, el largo pedazo de tierra que bloquea las olas que vienen de Europa, lo convierte en un accidente distinto a los océanos. El puerto, también diminuto, estaba lleno de yates cubiertos de plásticos gigantes. En verano los arbustos que van pegados a la playa cubren la vista con las hojas y las flores, pero en invierno, cuando yo aterricé, los troncos desnudos dejan ver los botes silenciosos, casi dormidos, moviéndose apenas en un vaivén. El mejor espectáculo es verlos cubiertos por la nieve.

 

A cinco minutos de aquella bahía, hay una calle inclinada y muy breve, de un solo sentido. Parece un callejón, y es fácil no encontrarla si el auto viene a velocidad. Apenas tiene tres casas y por la ventana de una de ellas fue la primera vez que vi un perro sentado en la sala. Sobre una alfombra de la cual solo recuerdo el color rojo, un labrador, a quien la escasa luz y el modo de estirarse lo convertían ante mis ojos en dócil y tierno, reposaba la cabeza sobre sus piernas cruzadas. Nunca he tenido un perro, y sin embargo aquel detalle parecía confirmarme que aquella casa albergaba un buen hogar. Unas semanas después, cuando empecé a manejar el Honda viejo que me había vendido mi primo por 400 dólares y pasé regresando del trabajo, vi unos niños arropados con abrigos de material sintético y de colores, frente a la casa, la puerta principal abierta, como llegando a algún almuerzo familiar. El recuerdo aún me da ternura, no sé por qué.

 

La casa donde yo vivía era muy vieja, con un ático donde había colocado una cama y un escritorio. Tenía un calefactor eléctrico y una vista a la calle, desde una pequeña ventana. Me la había cedido, en alquiler, una vieja tía con problemas de la vista, que se mudó a Texas para estar cerca de una hija con vocación de enfermera. Había vivido allí por casi veinte años y me mintió que estaba en buenos términos con su casero, Giovanni, un italiano roñoso que le alquilaba la segunda planta a la vieja tía, y la primera a una familia de salvadoreños. Una noche, pasando frente a la puerta del primer piso, antes de salir a la calle, vi a una jovencita que barría el piso, vestida con uniforme de empleada de servicio: rosado, con adornos blancos alrededor del cuello y una tira ancha que le rodeaba la cintura y de donde colgaba un mandil.

 

Los salvadoreños fueron la razón por la cual Giovanni nos desalojó. Estaban interesados en apropiarse de la segunda planta. Se quejaron del ruido y de las muchachas que entraban y salían de aquella casa decente, en la que durante veinte años mi vieja tía sólo había dejado que entraran los gatos y que se oyeran las pisadas de sus pantuflas.

 

Los maderos de mi catre, baratos y mal clavados, tal vez hicieron algún ruido de más. Algún gemido se filtró, quizás, entre las láminas de vidrio de la ventana de mi ático donde yo ponía la palma y me asombraba de encontrarlas heladas. Alguna carcajada, a lo mejor el calor de un cuerpo desnudo, abandonó con estruendo esa fría habitación e hizo eco en la madrugada de la calle estrecha y oscura.

 

Una de las muchachas que entraba y salía tenía los ojos enormes. Vino a quedarse, unos meses, con nosotros. Había llegado a Nueva York con sencillez, con la sinceridad de quien no tiene nada que perder. Recuerdo la simpleza con que me puso un relojillo de oro en las manos y me pidió, sabiendo que yo iba a diario a Manhattan, que le averiguara lo que un joyero le podía pagar por aquella reliquia. Otra mañana, cuando ya empezaba a tenerle cariño al viejo Honda, me pidió que la llevara hasta una casa de estuco con base de piedra, con un enorme cerezo silvestre frente a la puerta y un jardín que llegaba hasta el borde del agua. En una revista de ofertas de empleo, ella había encontrado una solicitud de niñera. No tuvo suerte pero siguió tocando puertas. Por fin, una tarde en que yo regresaba contento porque había visto otra vez al perro labrador, por la ventana, caminando con lentitud sobre la alfombra roja de aquella sala, ella me esperaba en la puerta para pedirme que le enseñara a manejar. Le habían dado empleo de niñera pero había tenido que mentir. La había contratado una mujer alta, muy blanca y regordeta, divorciada y con dos hijos de  un breve matrimonio con un jamaiquino. Era ejecutiva de un banco chino y se iba de lunes a viernes a trabajar en Manhattan. Mi amiga tendría que vivir con ellos, en un ático muy amplio, alfombrado, con baño propio y calefacción. Tendría que usar una furgoneta para llevar a los niños al colegio por la mañana, recogerlos por la tarde, prepararles el almuerzo, la cena y echarlos a dormir. Empezaba a trabajar a la mañana siguiente.

 

Me dijo que ya aprendería, poco a poco, a cocinar pero que nunca había manejado. Nos llevamos el Honda hasta un enorme descampado, una pampa de tierra afirmada, con un solo árbol y un poco de hierba. Después me contó, asombrada de ella misma, cómo había llevado y recogido a los niños el primer día, persignándose frente a cada esquina con semáforo. 

 

En mi ático y en el suyo me contó de las largas conversaciones con su jefa, de las botellas de vino que abrían en la sala después de acostar a los niños. Siempre tenía novedades sobre aquella familia en la que empezaba a comprender tantas cosas del estilo de vida de los Estados Unidos, y cuando su jefa estaba de viaje, me dejaba abierta la puerta para que yo me metiera a escondidas en su cama.

 

Vivió dos años con ellos, falsificando una licencia de conducir peruana y algún que otro documento que probara que era capaz de administrar la casa mientras su jefa cumplía con el trabajo y uno que otro viaje de negocios. Su hijos eran dos criaturas adorables con un hermoso color donde se mezclaban el blanco y el negro. A veces yo jugaba con ellos, mientras ella les preparaba algún sánguche o comida de sobre. Jamás aprendió a cocinar.

 

Me presentó a su jefa, y ella fue la que propuso que la visitara en su oficina en la Quinta Avenida, para sacar mi primera tarjeta de crédito, sin mostrarle ningún documento, en esa época de estrechez en la que apenas si podía demostrar que me alcanzaba el dinero para pagarle la mensualidad a Giovanni.

 

Cuando Giovanni nos echó de la casa, con el pretexto de una demora en los pagos mensuales, haciendo caso a los reclamos de sus inquilinos salvadoreños, nos mudamos a un sótano a pocas calles de allí. Yo estaba progresando con mi inglés y recién comprendía que mi estadía en los Estados Unidos podía convertirse en permanente. Quería estudiar en la ciudad de Nueva York y sabía que pronto tendría que dejar los suburbios y mi Honda. Uno de aquellos días de mudanza en ciernes, mi amante de áticos fríos y calientes, llamó una mañana para decirme que la esperara, que vendría a buscarme.

 

Desde la primera noche, creo haber sabido que aquella relación de lujuria intoxicada por la soledad y el invierno no podría avanzar hacia ningún lado. Nuestros encuentros agitados se repetían cada vez que nos veíamos, si bien ella ya me había presentado a un muchachito norteamericano, un alcohólico de buen carácter y de padres irlandeses, con quien pensaba casarse (sin saber entonces que lo que mejor recordaría de aquel matrimonio serían las innumerables madrugadas en que tuvo que sacarlo de la cárcel). Cuando salí a recibirla, ella se estacionó frente a mi sótano estrecho con una camioneta plateada recién salida de la tienda. Había acompañado a su jefa a recoger la camioneta, la había llevado hasta el tren para Manhattan y quería pasar la mañana conmigo, manejando su nuevo auto. Tenía más de dos horas libres antes de recoger del colegio a sus criaturas.

 

Al igual que todo el condado, nuestro pueblo se conectaba con Nueva York con una serie de carreteras. Escogimos dos o tres, al azar, y ella manejó a un poco más de la velocidad permitida. Era verano, ambos llevábamos anteojos oscuros. Los míos eran baratos y los suyos eran unos lentes carísimos, que su jefa le había regalado por su cumpleaños.

 

Pronto me iba a mudar a Nueva York y ella se iba a casar. Me dijo que apenas consiguiera sus papeles de residencia tramitaría una beca para sus estudios de postgrado. Las ventanas estaban abiertas, su cabello lacio y largo flotaba con el viento. Esa mañana estaba hecha de varios silencios. Ella estaba callada, tal vez pensaba en algo, tal vez en nada. Mirándola, recordé las horas de aquella tarde con el viejo Honda, cuando ella aprendía a manejar y casi se estrella contra el único árbol del enorme descampado.

 

¿Así que este es el sueño americano? le pregunté.

 

Una chispa del sol rebotó en sus anteojos oscuros cuando sonrió hacia la carretera y dijo:

 

El sueño americano.