Una noche de verano en cuatrocientas palabras

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Son las doce menos cuarto de la noche del viernes y todavía no he escrito mi entrega del blog. Estoy en el salón de mi hermano Carlos, en su casa de campo de Cabanillas de la Sierra y rodeado de niños, con mi sobrinita Julia durmiendo en el sofá y el resto de niños, ahí al fondo, metidos en una partida de videojuegos. ¿Y los mayores? Pues los mayores hablando de la crisis económica y de los recortes de Berlusconi en Italia y del inminente fichaje de Cesc por el Barcelona. Me salgo a la terraza. Hay una tormenta en las montañas. Huele a humedad. La luz se va y se viene. Empieza a llover y en seguida arrecia. Busco tema. Decía mi hermano esta mañana que cualquier actividad que fuera más allá de comer, reproducirse y dormir en una buena cama exigía algún tipo de creencia religiosa. Me parece una buena apreciación. Yo ahora no escribiría ni buscaría tema si no creyera en algo, por ejemplo, en la creencia de cumplir con este blog todos los viernes de cada semana. Un relámpago se dibuja como un garabato en la cresta de una montaña. Júpiter parece asentir también. Me meto en el dormitorio. Los mayores siguen parlando de política, entre ellos mi hermano, que no creo que esta vez esté siendo muy religioso. Enciendo el aparato de música. Música barroca. Viola. Piezas de viola de Marin Marais interpretadas por Jordi Savall. Pudo ser música cortesana en su tiempo, para señores y señoras con peluca, pero ahora, cuando cierro los ojos, me resulta una experiencia religiosa, que diría el otro. No podría serlo de otra manera para Marais. Somos iguales a las amebas y a los jilgueros y a ese moscardón que ahora revuela por la lámpara, mientras sigo oyendo, afuera, el rumor de la lluvia, pero la música del mundo es más música y más armoniosa con esta música de Marais. Me llaman. Uno de mis hermanos se marcha, con sus niños. Los oigo corretear por el jardín, entre el agua, como jilguerillos nocturnos. Se van. Vuelvo al dormitorio. Releo lo escrito. No llega a las cuatrocientas palabras y no he dicho nada, pero de nada, o de casi nada, se puede escribir un 13 de agosto en la sierra de Madrid, salvo confirmar que todo o casi todo lo que hacemos -más allá de comer, dormir y reproducirse- no puede hacerse más que sub specie aeternitatis. Llega mi hermano y me cambia la música. Ahora escuchamos en silencio a Mompou. Canciones y danzas de Mompou. Se vuelve a ir la luz. Sigue lloviendo en el jardín y en las montañas. Pronto estaremos todos dormidos una noche más. Me duele algo la cabeza. Miro la hora. Las doce y media.

Nacido y criado en Madrid, José Luis Madrigal ha pasado la mayor parte de su vida adulta en el mundo anglosajón. Vivió varios años en Londres y desde 1986 reside en Brooklyn, Nueva York. Es profesor titular en el Queensborough Community College y el Graduate Center de la Universidad de Nueva York (CUNY). Publica con cierta regularidad trabajos sobre atribución textual. En 2002, provocó algún revuelo al proponer que el Lazarillo lo había escrito un humanista toledano, Francisco Cervantes de Salazar, atribución que el mismo desecho años después tras darle muchas vueltas al asunto. Actualmente defiende otra candidatura más fundamentada, pero tras el traspié anterior prefiere no airearla demasiado. Algunos de sus trabajos están disponibles en la red. Digamos para terminar que le gusta leer, conversar con unos pocos amigos afines y contarle historias a su hija de siete años.