Una obra que Shakespeare no escribió

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Si La tempestad hubiera sido escrita sólo para servir como símbolo de John Dee, se merecería todas las extravagantes alabanzas vertidas sobre ella a lo largo de los siglos. Dee fue un contemporáneo de Shakespeare, mago y erudito, que anduvo a caballo entre la ciencia y la magia. Se acepta comúnmente que Prospero está inspirado en él, y con motivo. Dee inventó artefactos y técnicas de navegación que revolucionaron el mundo de la expedición y fue un experto en astronomía y en lo que se conocería más adelante como química y nuevas matemáticas.

       A la edad de 22 años, ya le habían ofrecido puestos en las cortes de cinco emperadores. Su estudio para la reina Isabel sobre el estado de la nación esbozaba un plan que pudo ser la semilla para la creación del Imperio Británico. La reina buscaba su consejo para todas las cuestiones importantes. Tenía la mayor biblioteca de Inglaterra y su casa a las afueras de Londres era punto de encuentro de científicos y pensadores. Fue uno de los primeros europeos que mantuvo un diario detallado de su vida. Creía que el conocimiento debía servir para mejorar la vida de los demás y se esforzó en encontrar una manera de cicatrizar la brecha del cristianismo y de reconciliar a católicos y protestantes.

       Ese es el currículum, más o menos. No hay duda que los libros eran para él lo mismo que para Prospero. Murió en una especie de exilio, cuidado por su hija, tan sólo unos pocos años antes de que La tempestad fuera escrita. Las similitudes son llamativas. Incluso se podría entender la obra como un intento de rehabilitar la reputación de Dee, que había sido arruinada en sus últimos años. Pero esa no es la parte más interesante. La parte más interesante no pudo hacerse un hueco en la obra.

       Un día, un hombre se presenta en casa de Dee, de hecho, la casa de su madre, a la que se mudó porque, a pesar de su extraordinario talento, siempre andaba escaso de dinero. El visitante es una especie de agente itinerante de médiums y eruditos. Lo acompaña un joven serio y lisiado que viste algo parecido a un hábito de monje y al que presenta como médium espiritista o vidente. En esa época, con una Inglaterra acosada por el hambre y la peste, las tensiones entre católicos y protestantes en su punto álgido y la economía en colapso, se encontraban infinidad de personajes parecidos vagando por los caminos en busca de trabajo, o simplemente de comida. El hombre, que responde al nombre de Edward Talbott, tiene muchos rasgos que alarman a Dee; gestos extraños, ciertas heridas y cicatrices (una oreja cortada) que parecen castigos por crímenes; un temperamento salvaje y errático. Hay rumores de que se le busca por diversos delitos.

       Le sigue una esposa a la que odia. Le pagaron por casarse con ella para guardar las apariencias por unos hijos que había tenido con un amante aristócrata. Pero todas esas características raras y problemáticas podían ser también el sello distintivo de un excelente vidente. Talbott consigue establecer contacto en seguida con un importante espíritu llamado Urial (no muy alejado de Ariel) y a través de éste con el arcángel Miguel, quien promete revelarle la lengua enoquiana, la lengua en la que Dios le hablaba a Adán, la lengua original divina más cercana a Dios y que se cree que es mencionada en un libro apócrifo de la Biblia perdido hacía mucho tiempo.

       Para Dee, el logro más grande posible sería transcribir y aprender esa lengua, tan colosal y significativo como descifrar el genoma. Aunque cada vez afloraba más información que indicaba que Talbott era un fraude, un farsante, un ladrón, un nigromante, etc., Dee siguió usando a Talbott para contactar con el mundo de los espíritus. Talbott escudriñaba la bola de cristal y decía lo que veía y oía, al mismo tiempo que Dee transcribía cada detalle. El lenguaje y las visiones eran fantásticas y extrañas. Incluso después de que Talbot desapareciera repentinamente, y regresando luego con el nombre de Edward Kelly (que ahora declaraba era su verdadero nombre), Dee aceptó trabajar con él. Por supuesto, Dee no veía una sola cosa en la bola. Dependía totalmente de Kelly.

 

 

       Con la esperanza de encontrar un patrocinador rico, fueron juntos, con sus familias al continente a ofrecer sus servicios corte tras corte, Praga, Leipzig, Ámsterdam, etc. Estuvieron así seis años, durante los cuales se extendió la fama de Kelly como hombre capaz de hazañas sobrenaturales. Se creía que poseía un polvo rojo que podía transformar metales comunes en cantidades enormes de oro. Dee, independientemente de sus opiniones sobre la ética o las formas de Kelley, todavía creía que podía completar la traducción de la lengua enoquia y continuó trabajando estrechamente con él. Además, necesitaba el dinero. Kelley, mientras tanto, desaparecía y aparecía con excusas extravagantes. Empezó a asquearle la videncia y a decir que sospechaba que nada de ello era cierto y que dudaba de los motivos de los espíritus. Aun así, un día tras otro se sentaban, Kelley escudriñando la pequeña bola y Dee, a su lado, haciendo preguntas sobre el otro mundo.

       Además de la lengua enoquia, Dee recibía orientación sobre sus proyectos alquímicos, que incluían, entre otras cosas, el estiércol de caballo y la sangre menstrual. Nobles y charlatanes acudían constantemente a los dos hombres a por consejos y servicios varios. Entonces, tras seis años de viaje, en la ciudad de Trebon, uno de los espíritus generó una visión que Kelley interpretó como una orden para que tuvieran relaciones sexuales con la mujer del otro –intercambio de parejas, por usar las palabras de Dee- con objeto de elevar su nivel de unidad espiritual. Esto sucedió después de que Kelley le rogara a los espíritus que le liberaran de la videncia y de que Dee probara sin éxito a usar a su hijo de siete años para el trabajo. A Kelley siempre le había gustado mucho la mujer de Dee y odiado a la suya. Éste, a pesar de lo que realmente estaba ocurriendo, siguió adelante. El espíritu incluso les preguntó cómo había ido. Dee registró esto, y todo lo demás, en sus diarios, incluso la frecuencia con la que se acostaba con su mujer y la regularidad y abundancia de sus periodos.

       Después, las cosas se agriaron entre ambos, aunque Dee intentó reconciliarse hasta el final, incluso cuando su mujer diera a luz a un niño que, casi seguro, era de Kelley. Kelly, mientras tanto, era acosado cada vez por más gente que, o bien había oído y ansiado sus poderes mágicos, o bien intentaban arrestarlo por una creciente lista de crímenes. Se ganó el favor del emperador y fue investido barón. Por un tiempo vivió a lo grande, disfrutando de todo el dinero y las tierras que quisiera. La reina Isabel hizo todo lo posible para traerles de vuelta a él y a su alquimia, pero no se sintió tentado. Tenía algo demasiado bueno entre manos. Sin embargo, Dee había caído en desgracia. Kelley era la estrella. Dee regresó a Inglaterra como un hombre arruinado, de vuelta a la casa de su madre. El sitio había sido saqueado, sus instrumentos arrasados. Sus amigos influyentes habían muerto y no tuvo suerte en su búsqueda de patrón o posición. Fue acusado de mago y se le culpaba por cualquier accidente o percance. Se ahogó aún más en deudas. La peste se llevó a su mujer y tres de sus hijos. Murió en Londres, atendido por su hija Katherine, uno de cuyos últimos actos, a diferencia de Miranda, fue apartar sus libros de él. Murió en 1609, La tempestad fue escrita dos años más tarde.

 

Traducción: Inés Guerrero

 


Autor: Teddy Jefferson