Una segunda oportunidad para una coalición de izquierdas

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El resultado de las elecciones ha sido dramático por cuanto ha mostrado un fuerte crecimiento de la ultraderecha en el Congreso de los Diputados. Aunque con ello sólo se han fortalecido en el Parlamento unas ideas que venían germinando en la calle durante los últimos años. Que el crecimiento de Vox se haya producido en paralelo a la caída de Ciudadanos refleja la posibilidad de que las posiciones de este último partido hayan creado el caldo de cultivo idóneo para que cuajara otra fuerza política a la que se considera un ejemplar más puro dentro de esa familia ideológica, la del nacionalismo español, factor definitivo al que se unen otros ingredientes como la defensa de los intereses económicos de las élites, el populismo punitivo, además de la siembra de la alarma y el miedo respecto a determinados problemas de incidencia muy menor, como las ocupaciones de viviendas o la criminalidad. Quizás cuestiones más genuinas de la derecha que representa Vox serían el machismo y el racismo militantes.

Pero la cuestión nacional ha sido la definitiva, muy probablemente, para explicar su éxito. Ha sido la tecla que se requería pulsar para que España dejara de ser una honrosa excepción europea por no contar con un partido de ultraderecha en sus instituciones.

A Ciudadanos se fue una parte del electorado del Partido Popular que criticaba que Mariano Rajoy estaba siendo blando con el independentismo catalán. Ahora, parte de los votantes de Ciudadanos parecen haber migrado a Vox y otra parte, es cierto, a un PP, el de Pablo Casado (no se puede entender su elección sin el papel del partido naranja), que parece ser mas beligerante respecto a la cuestión catalana que su predecesor. Albert Rivera, para el electorado más ultra que habría contribuido a construir, no sería ya un candidato fiable por su historial: ha pactado con el PSOE en el pasado y no se podía descartar que pudiera reincidir.

En el bloque de la derecha se ha producido hoy un terremoto electoral, con su precedente menor en abril, que por un lado hundió al PP, pero por otro resultó un alivio porque se esperaba un aterrizaje mucho más brusco -quizás como el que se ha terminado produciendo hoy- de la ultraderecha en la Cámara. Pero los movimientos tectónicos en lo ideológico son anteriores: se han agitado fantasmas muy peligrosos para un país con la historia de España. Ha sido una mezcla de escaso conocimiento, poca memoria y mucha irresponsabilidad, enfermedades de las que la derecha española llegó en algún momento a parecer curada. La labor de una derecha menos inconsciente tendría que haber sido contribuir a desinflamar, no a echar más leña al fuego.

La repetición electoral ha dado a Vox un contexto perfecto para su crecimiento: la sentencia del procés y la posterior ola de protestas en Cataluña.

Pero esto no queda aquí. Ahora llega lo más peligroso: el crecimiento de la ultraderecha en las instituciones tiene el riesgo de fortalecer el extremismo en la calle. Quien escondía y reprimía sus actitudes machistas o xenófobas puede ver ahora reivindicadas y legitimadas sus ideas.

En el bloque de la izquierda, sin embargo, el terremoto electoral no ha sido tal. Si bien es cierto que tanto el PSOE como Unidas Podemos (sobre todo este último) han caído en escaños, la correlación de fuerzas sigue siendo parecida. O puede incluso jugar algo más a favor de Unidas Podemos: el PSOE buscaba y esperaba un resultado mucho mejor del que ha obtenido y, al mismo tiempo, uno mucho peor para UP.

Pablo Iglesias, quizás por ello, se ha visto con la fuerza y la legitimidad suficiente como para insistir en la “necesidad histórica” de una coalición con el PSOE. Cabe pensar que UP ahora debería mostrarse algo más flexible, a la vista de lo que se ha radicalizado el bloque de la derecha: quizás debería estar dispuesto a todo con tal de que Pedro Sánchez no pactara con el Partido Popular. Pero, para los objetivos que se ha marcado UP y, muy en particular Pablo Iglesias, un acuerdo de investidura o para la legislatura dejarían demasiados cabos sin atar, sería correr demasiados riesgos de que se rompiera a la primera de cambio y Sánchez terminara mirando a su derecha.

Pablo Iglesias busca otra vez la coalición porque debe de pensar que sólo así ata al PSOE a la izquierda. No ya para abordar la cuestión territorial, sino para poner el foco en las políticas sociales y económicas.

Aunque, dado que de nuevo esta combinación de PSOE y Unidas Podemos requeriría el apoyo de algunos partidos nacionalistas, también sería una nueva oportunidad para resolver constructivamente la crisis nacional.

Unidas Podemos se ha podido encontrar con un insospechado aliado para que el camino hacia una coalición con el Partido Socialista sea más fácil: el crecimiento de Vox. El Partido Popular, con una fuerza tan potente a su derecha, seguramente no encuentre muchos incentivos en pactar con el PSOE. Ello convertiría a la ultraderecha en un partido de oposición con un gran protagonismo, lo que a la larga podría ser muy dañino para el PP.

Esto no quiere ser un “no hay mal que por bien no venga”. El crecimiento de la ultraderecha, con sus mensajes xenófobos y racistas, recentralizadores, contra lo público, militantes contra los derechos de las mujeres y de los homosexuales, contra los derechos humanos y también contra la propia letra de la Constitución española que tanto dice defender, es una mancha en el sistema democrático y condiciona, para mal, contaminándolas, todas las decisiones de todos los agentes políticos.

La cuestión es si esta segunda oportunidad para la creación de una coalición entre Unidas Podemos y el PSOE sería realmente útil para poner coto a la ultraderecha, o si para esta batalla se necesitan muchos más aliados, a todos los comprometidos con la igualdad, la libertad y la fraternidad.

 

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