Una semana de intensidades

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Lo último que vimos los aficionados (qué peligro tiene la palabrita) antes de que la pandemia obligase a cerrar los teatros fue la segunda entrega de la Tetralogía. Un año después, Robert Carsen y Pablo Heras-Casado siguen con su viaje wagneriano, dándonos lo que prometieron: la escena repleta de referencias a la contaminación, al colapso ecológico y toda la ponzoña con que nuestra especie está embadurnando el mundo y una dirección musical coherente con lo que hemos escuchado hasta el momento.

Siegfried empieza en una explanada y una caravana. Allí vive el enano Mime, que ha adoptado a Siegfried (hijo de los hermanos Sieglinde y Siegmund) con el avieso propósito de utilizarlo para recuperar el oro de Rin, que Fafner el gigante, ahora convertido en un dragón, custodia en una gruta. En la trama hay una espada mágica reforjada, un pájaro-guía, un señor que no conoce el miedo y una valquiria que despierta tras un letargo inducido mágicamente en mitad de un círculo de fuego. Como en las ocasiones anteriores, en la propuesta de Carsen la magia y la mitología quedan muy mermadas en pro de la retórica antropocénica. Conste que funciona, aunque en algunos momentos pueda resultar empobrecedor. Particularmente brillante es la manera en que soluciona la intervención del dragón: primero como dos luces amarillentas que aparecen tras un telón, escrutando un bosque devastado y sucio, y finalmente como una excavadora cuyas fauces amenazadoras intentan zamparse al intrépido Siegfried.

Heras-Casado hace un trabajo encomiable con una orquesta que se ha tenido que repartir por los palcos laterales (cortesía de las medidas sanitarias). Wagner se da mucha importancia y mete instrumentos como si los fueran a prohibir, aunque sea para tocar dos docenas de compases (lo de las seis arpas es excesivo se mire por donde se mire). La orquesta del Real está sobresaliente en una partitura muy exigente, con un papel destacado de la sección de metales. La dirección musical me sigue parecido que va de compás a compás en vez de frase a frase, lo que provoca algún que otro trompicón. La música de Wagner es de largo aliento y sospecho que el afán de precisión de Heras-Casado le juega una mala pasada (y los instrumentos disgregados no ayudan).

En cuanto al elenco, sobresaliente. El Siegfried de Andreas Schager merece todos los elogios que está recibiendo en lo vocal, pero también en lo dramático: el tipo aguanta la compostura incluso tocando un cornetín o hablando con un pájaro muerto. Muy destacable también el Mime de Andreas Conrad (de una expresividad portentosa) y la Erda de Okka von der Damerau. Completan el reparto Tomasz Konieczny como El caminante, Martin Winkler como Arberich, Jongmin Park como Fafner, Ricarda Merbeth como Brünnhilde (a mi juicio, el único pero del reparto; también es cierto que no soporto el tercer acto de esta ópera) y Leonor Bonilla como el pájaro del bosque.

Cuando estaba reponiéndome de las cinco horas con Wagner, me ofrecieron asistir al ensayo general de Norma. Nunca digo que no. Como se sabe, el alemán admiraba las larguísimas melodías de Bellini, así que hay que agradecer al Real la coincidencia de ambas obras. Quiero quitarme una careta: por mucho que me esfuerzo, no aguanto el bel canto. Además, le tengo particular desafección a Norma, porque me incordia que Bellini (y Felice Romani) nos intente hacer pasar como una heroína a una mera colaboracionista. Que sí, que Medea y todo eso. Jamás me convencerán.

Al levantarse el telón, vi que Justin Way había preparado una versión en la que los personajes se desdoblan: vemos a los cantantes haciendo de unos cantantes que preparan una Norma en el escenario. (Reconozco que el cartel, donde se ve un tronco parecido al de la esperpéntica versión de Davide Livermore me tenía muy desasosegado). Acogí esta idea con más entusiasmo que el propio director, que no se esfuerza demasiado en mantener la separación entre la esfera en que los personajes ensayan una ópera y en la que viven sus vidas fuera del escenario. Además, los «romanos» de la ópera son aquí austríacos y los «galos» son italianos. Un revoltijo de padre y señor mío.

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