Una utopía primigenia para el siglo XXI. La ‘Antidistopía’ del antropólogo Rubén Muñoz

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Vivimos tiempos de zozobra. La pandemia ha acrecentado la sensación de inquietud y pesimismo respecto al futuro que hoy predomina en las sociedades occidentales. Pero el SARS-CoV-2 no explica por sí solo este desasosiego, que ha ido creciendo conforme avanzaba el siglo XXI, y cuyas causas son diversas y complejas: la impotencia de la política para incidir positivamente en la vida de las personas bajo las condiciones del actual capitalismo global, el cambio climático de consecuencias cada vez más inminentes, la disrupción tecnológica que cabalga a lomos de la Cuarta Revolución Industrial y que amenaza con crear legiones de desempleados… Todo ello en el marco de la pérdida de poder de los países occidentales, cada vez más conscientes de su retroceso ante el crecimiento fulgurante de nuevos actores, con China a la cabeza.

En este clima social, más marcado por el miedo que por la fe en el progreso, no es extraño que las distopías se hayan convertido en uno de los géneros más en boga de la época. Las obras distópicas ya no van de la mano de la literatura o el cine, como en el siglo pasado, cuando se inició el género y vieron la luz diversas obras maestras por todos conocidas, como 1984, Un mundo feliz o Blade Runner. En los últimos años, aunque no escasean novelas y películas, algunas de calidad, son las omnipresentes series de televisión, con su consumo masivo, las que más han contribuido a extender el imaginario distópico.

Ante esta asfixiante presencia de futuros sombríos, se rebela la obra de Rubén Muñoz, con un título que deja lugar a pocas dudas: Antidistopía. La obra de este antropólogo español afincado en México pretende ser una suerte de antídoto contra el pesimismo y la resignación, un soplo de aire fresco que recupera la utopía en su sentido primigenio, como eutopía, como sueño de una sociedad armoniosa y feliz. Conocida es la máxima de Herman Hesse: “Para que pueda surgir lo posible es preciso intentar una y otra vez lo imposible”.

Frente a la amenaza de fúnebres profecías autocumplidas, Rubén Muñoz imagina una alternativa, Axarquía, para reivindicar otro futuro posible, para recuperar la confianza en la capacidad creativa y cooperativa de los seres humanos en lograr una vida en común buena. ¿No es esa audacia, en definitiva, una de las bases del progreso? Y, sin embargo, obras de este tipo son desde hace tiempo una rareza, ya claramente marginales en el siglo XX, reemplazadas por relatos sobre futuros de pesadilla. ¿Cómo creer en una convivencia cordial y fraterna tras la aparición de la sociedad de masas y la superpoblación? ¿Cómo creer en el poder emancipador de la ciencia después del Holocausto, de Hiroshima y Nagasaki? ¿Cómo creer en la posibilidad de una ciudadanía juiciosa y sin miedos tras la invención de la televisión y su privatización?

Pues bien, a contracorriente del Zeitgeist, Muñoz nos presenta en su novela un futuro luminoso, al que se llega como consecuencia de una extraña alergia a la propiedad privada y el Estado que se desarrolla tras una pandemia con ribetes muy similares a la causada por el SARS-CoV-2. Tras la difusión de esta ácrata alergia, hombres y mujeres son felizmente empujados al establecimiento de una sociedad sin jerarquías, donde el apoyo mutuo se convierte en el principio rector de las relaciones sociales. Un anarquismo adaptado al siglo XXI, al que el autor incorpora diversos elementos de los nuevos movimientos sociales que han surgido en las últimas décadas.

Pero empecemos por el principio, porque antes de llegar a Axarquía, a esa sociedad perfecta del porvenir, Muñoz dedica gran parte de su novela a describir el mundo previo, es decir, nuestro mundo. Como ocurre en gran parte de las obras utópicas, empezando por la obra fundacional de Thomas More, esta parte de la novela, de denuncia social y crítica a lo establecido, tiene igual o incluso más interés que la descripción de la eutopía propiamente dicha. A través de las vivencias de un alter ego, Andrés, el autor retrata una ciudad dormitorio de la periferia de Madrid, el Móstoles de su infancia y juventud, para adentrarse a continuación en Chiapas, adonde acude el protagonista para trabajar en una ONG.

En el capítulo inicial, dedicado al Móstoles de los años ochenta y noventa, la política lo inunda casi todo. Mediante brillantes reflexiones y diálogos, desde una perspectiva de clase fuertemente condicionada por la situación periférica de la ciudad, los jóvenes personajes van desgranando las miserias del sistema, mientras comparten botellón o salen de excursión a La Pedriza, en la sierra madrileña: “Así funcionaba el sistema; opulencias a costa de otros que uno nunca ve, crisis y deudas, agradecimientos por poder sobrevivir, y culpabilidades por querer habitar el mundo con un mínimo de dignidad”.

Esta primera parte de la novela es aderezada con una intriga en la que un oscuro certamen literario celebrado en un pueblo extremeño parece ser la clave de una turbia conspiración político-empresarial. La larga sombra del franquismo se intuye amenazante. El autor logra por momentos crear un sugerente universo de realismo mágico donde lo extraño e irreal cobran verosimilitud.

Años después nos encontramos al protagonista de la novela, Andrés, en Chiapas, atraído por el movimiento zapatista, como tantos jóvenes occidentales inconformistas de la época. Un Chiapas, el que describe el autor, convertido en parque temático del altermundismo tras el levantamiento zapatista de 1994. La obra continúa en este capítulo siendo eminentemente política aunque, dado el nuevo contexto en el que se desenvuelve Andrés, ahora las reflexiones y conversaciones giran en torno a la compleja vida mexicana: el rol de los conquistadores, de las elites autóctonas, la resistencia indígena, la violencia y el narcotráfico… Con puntos de vista muy originales, alejados de los tópicos habituales, se reconoce en el autor un profundo conocimiento antropológico y de la realidad mexicana, en especial de la chiapaneca. En esta parte de la novela las intrigas político-empresariales adquieren nuevas formas más sofisticadas, con el narcotráfico y el blanqueo de capitales contaminándolo todo: “El dinero es dinero, no importa de donde venga, y una vez la reprobable violencia se convierte en dinero puede comprar memoria e intercambiarla por esperanza”.

Tras poner fin a su periplo mexicano, el protagonista de la novela vuelve a España, y relata la llegada de una misteriosa pandemia de “sarampión atípico” y las reacciones sociales que genera. Las semejanzas con las vividas en nuestras sociedades a causa de la propagación de la COVID-19 deja lugar a pocas dudas. Tras la pandemia, no se sabe muy bien si como reacción espontánea de la naturaleza o como consecuencia de un plan orquestado por científicos anarquistas infiltrados en la creación de la vacuna contra el sarampión atípico, irrumpe una alergia a la propiedad privada y el Estado cuyo avance es imparable, provocando quemazones y sensaciones de ahogo al contacto con llaves, dinero o uniformes policiales. De este modo, quedaban establecidas las bases para la creación de Axarquía: “Las rencillas entre vecinos, los intereses y resentimientos mezquinos, el sentido de la ganancia a pesar del mundo, fueron desapareciendo aplacados por un horizonte común en el que nadie podía prescindir del otro para sobrevivir”.

Solo dos países quedan inmunes a la alergia, el comunista Libertas y la capitalista isla Barbaria. Y es precisamente gracias a un antropólogo de Libertas que visita Axarquía, Huang, cómo vamos a conocer el funcionamiento de esta nueva sociedad. Un personaje que recuerda al periodista Will Farnaby de La isla, de Aldous Huxley.

Entre los guías de Huang se encuentra Andrés, ahora un anciano habitante de Móxtoles, que poco tiene que ver con el Móstoles de su infancia. A través del recorrido de Huang por la ciudad nos enteramos de que colegios y universidades han sido reemplazados en Axarquía por Ateneos de saberes, donde jóvenes, adultos y ancianos aprenden y enseñan indistintamente, sentados en círculos, al aire libre, evitando especializarse en una sola área de conocimiento. Los hospitales son en esta eutopía centros de saludes, donde aparte de los servicios médicos destaca la presencia de un jardín botánico, una biblioteca o una sala de cine al aire libre. Los pacientes dejan de serlo, para convertirse ahora en actores que opinan, cuya experiencia y punto de vista son tenidos en cuenta por el personal de salud. Un personal sanitario muy particular, pues muchos médicos compaginan sus tareas con las de jardinero o fontanero, por ejemplo. En Axarquía todo está hecho para alejarse del individuo “unidimensional” de las sociedades capitalistas contemporáneas. Se trata de potenciar la plena personalidad humana. Por ello, los niños, con su imaginación, curiosidad y creatividad desempeñan un papel esencial en la vida axarquiana, y lejos de ser tratados como ciudadanos “menores” relegados a un segundo plano, tienen voz y personalidad propias, con mucho que aportar a la sociedad.

En la visita de Huang a una fábrica de alimentación se nos revela que los trabajadores laboran cuatro horas al día, siendo el grueso del trabajo realizado por máquinas. La maquinización existe en Axarquía, pero no al servicio de la acumulación de riqueza de unos pocos. Las máquinas “permiten que seamos tiempo y podamos dedicarlo a la vida”. Si hay algo que no falta en Axarquía es el tiempo. Los coches, todos solares, son escasos frente a la masiva presencia de bicicletas y patines, en unas ciudades donde la naturaleza no ha dejado de ganar espacio. Los teléfonos móviles, “un lujo innecesario y un daño irreparable al planeta”; las televisiones, sustituidas por cines de barrio, y otras cosas propias de Barbaria, no tienen cabida en Axarquía.

En cuanto a las relaciones amorosas y los modelos de familia, en Axarquía hay diversidad, aunque predomina el amor libre y la crianza comunitaria de los niños. En todo caso un sistema de relaciones muy alejado del nuestro, de lo que D. H. Lawrence denominó como el “egoísmo a dúo”: la sociedad como un enorme conjunto de parejas cerradas en sí mismas, con enormes limitaciones en sus relaciones afectivas y sexuales con los demás. Sintomático de la desenvoltura afectiva axarquiana es un comentario que hace Huang mientras visita Móxtoles: “Había recibido más abrazos aquí en unos días que en toda mi vida adulta”.

Axarquía está claramente inspirada por el anarquismo, y en este sentido encontramos ciertos ecos de Noticias de ninguna parte (1891), de William Morris. Con una serie de principios esenciales (voluntariedad, libre asociación y ayuda mutua) comunes en el funcionamiento de toda la sociedad, la diversidad cultural, urbanística y organizativa es la norma en los diferentes territorios que forman parte de Axarquía, en clara sintonía con los ideales ácratas. Esta reivindicación del anarquismo puede parecer chocante hoy en día, dada la existencia de una identificación ampliamente difundida del anarquismo con la violencia. Para la mayor parte de la gente, un anarquista es un joven encapuchado lanzando cócteles molotov. Resulta muy injusto que haya quedado reducido a eso la generosa y dispersa tradición anarquista, que ha proporcionado al mundo sabios llenos de humanidad como Proudhon o Kropotkin, hoy tan poco leídos y reconocidos.

Por otro lado, el hecho de que el autor sea antropólogo, con un amplio conocimiento de sociedades y culturas diversas, enriquece su eutopía pues, si el anarquismo es la filosofía general que la inspira, se notan también las numerosas aportaciones procedentes de modos de vida muy alejados de los occidentales.

Axarquía constituye una sociedad demasiado perfecta, un verdadero paraíso en la tierra, y pese a ello, el autor consigue introducir al lector de manera creíble en su universo, vivirlo, palparlo, desear sentirse partícipe. El objetivo que debe tener cualquier obra del género utópico, la de generar esperanza, reflexión y ofrecer un futuro atractivo al que anhelar encaminarse, está muy logrado en la novela. Es una obra que reconcilia con la condición humana, con las potencialidades positivas del homo sapiens, con lo que deberíamos ser. Uno se imagina tan cercana la posibilidad de construir una Axarquía, y al mismo tiempo tan lejana, cuando reconoce que la premisa de su establecimiento, la alergia a la propiedad privada y a la jerarquización política, supone amputar convenciones que han acompañado a la mayor parte de sociedades de las que tenemos conocimiento histórico. El egoísmo, la ambición, la voluntad de poder… han generado oligarquías, abusos e injusticias de una forma demasiado frecuente y ubicua como para pensar en su supresión de un plumazo. Para bien y para mal, los seres humanos no son maleables hasta el infinito, como sostenía el siniestro O’Brien de 1984.

El hombre está condenado a ser libre, decía Jean-Paul Sartre. Y está por ver si en el futuro seguirá imperando la libertad tal y como es entendida en el mundo capitalista moderno, como un sistema de derechos individuales fundamentados en la propiedad privada, que conduce al progresivo debilitamiento de los vínculos sociales y a hacer del deseo individual el motor de la existencia, o si articulamos una concepción de libertad ligada a la equidad, que responda a la naturaleza social del hombre y del poder político, donde la búsqueda del bien común se sitúe en el centro de la vida. En la batalla entre ambas formas de entender la libertad, se dirimirá si el futuro se parece más a Axarquía o a Black Mirror.

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