Una vida sin discurso

Donde el autor se pone las gafas de pasta, se atusa el jersey de cuello alto, repasa sus tochos sobre Lacan, se le cae uno en la cabeza provocando un chichón, y demuestra que Carrère no ha sobrevivido como narrador a un divorcio, a su locura y al contrato con la editorial

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En todas las reseñas de Yoga de Carrère apenas nadie ha citado el testimonio de su exmujer, la periodista Hélène Devync: “la historia del libro es totalmente falsa, no parece nada similar a lo que mi familia y yo hemos pasado”. En la misma mención del New York Times Devync, albacea silenciosa (mujer, otra vez), recordaba haber editado y corregido sus libros anteriormente.

Esta mención no es casual: Yoga es un fracaso narrativo antes que una obra de no-ficción honesta. Carrère ha mezclado varias piezas de muy dispar calidad, con mala coherencia entre ellas, y suena a libro vago, rápidamente editado, luego de una depresión nerviosa que debió ser calamitosa. La parte de su descenso a los infiernos, el internamiento en el manicomio, es la más poderosa del libro por ser un testimonio vivo de la locura melancólica, coherente a diferencia de los Panero, y cuya lectura duele en cada página y palabra. Aunque quizá prefiera otras aproximaciones a la locura, pocas novelas más estremecedoras que Huida a las tinieblas de Arthur Schnitzler, estas descripciones aisladas como un pequeño artículo en cualquier magazine habrían sido una de las mejores piezas del autor.

Los que se pelean se desean

Ahora, el resto de secciones, incluso el encanto novelesco de la parte en Grecia -donde Carrère roza el folletín, algo imperdonable para sus lectores más ortodoxos- son menores y en ocasiones provocan risita maliciosa. Incluso, el inicio del libro, su estancia en un campamento místico de Yoga (previsible leyendo El Reino, que prefiguraba su destino como personaje de Huysmans), intenta pasar como novela cómica de Coelho, con Panoramix indios de diverso pelaje, y queda en un trabajo periodístico aburrido.

Este ciclo de viñetas, de vivencias y ficciones, no tiene un “yo” poderoso que de sujeción mínima al conjunto. Este desapareció, lo habrán intuido, entre electroshocks y retórica suicida con su duro tratamiento psiquiátrico. El resultado final, tan inocuo como cursi (el final con la nueva novia en Mallorca es puro Joana Bonet), parece más un esbozo fallido que una obra coherente sobre la depresión.

Quizá Carrère no volverá jamás como escritor: el suicidio lacaniano, la disolución del yo, no es otra cosa que la destrucción del formato novela; biblia laica de tantos Julien Sorel como apóstoles. En ese sentido, paradoja, Yoga es un éxito.

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