Una visita a Toledo en la pandemia

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Final de agosto. Tiempo entre aún cálido y novedoso otoñal, con rutilante sol iluminando el  viejo y pintoresco casco urbano. Toledo no levanta cabeza. En esta inhóspita situación, su actividad ha mermado de modo abrumador. Sentado a media mañana en una pequeña terraza, en la calle Reyes Católicos,  tomando un café frente a la entrada a la iglesia y los claustros de San Juan de los Reyes, en esa acera que antes de la expansión del virus estaba repleta de turistas, ahora sólo se afana algún “bolo” yendo de un sitio a otro a cubrir sus precisas necesidades.

Nada menos que en esa calle, nervio monumental, desde el monasterio a la Sinagoga del Tránsito, pasando por Santa María la Blanca. En esa vía, el hotel Reyes Católicos, y su adjunto el restaurante Fábrica de Harinas, están cerrados. Otros sitios de la bella y vetusta ciudadela también han echado el cierre, pues la carencia de visitantes, sobre todo extranjeros, es insostenible. Sí mantiene una visible actividad, incluso los domingos por la noche, la zona céntrica de la ciudad: Zocodover, calle Barrio Rey, la Magdalena, Corral de don Diego, la vistosa terraza del hotel Carlos V. No es que Toledo se vea vacío, pero, en general, se palpa una cierta desolación; quizá mal comparado, como la sensación subsiguiente a la expulsión de la rica comunidad sefardí.

Hémonos quejado con frecuencia del compulsivo consumir, del abigarramiento toledano adensado excesivamente por los grupos de forasteros precedidos de una banderita, del abuso de los alquileres de apartamentos turísticos. Pero este arrabal del Oriente, al decir de Gregorio Marañón, se sostenía así, potenciando su economía. El hotel donde me he alojado, instalado en un cigarral, antiguamente propiedad de un aristócrata, se especializa en ofrecer con asiduidad, en sus salones y sugerentes jardines que miran a Toledo, todo tipo de eventos: bodas, comuniones y otros numerosos banquetes que generan un buen negocio y ahora están suspendidos o extremadamente reducidos, con el riesgo de verse obligado el empresario a cerrar la propiedad. Quizá el efecto más significativo de hoy, tras la invasión del coronavirus, es que la emblemática confitería de Santo Tomé, en la renombrada calle del mismo nombre, ¡está cerrada por la pandemia!

Para resarcirme del turbio panorama, decido hacer que vuelvan a comparecer en lo posible elementos de mi pasado toledano. Y lo primero que hago es trasladarme a la vieja estación de Algodor. Hacía décadas que no la visitaba. A muy pocos kilómetros de la capital, pero ya en la provincia de Madrid, siendo una pedanía de Aranjuez, fue en tiempos un enclave ferroviario muy importante. Hacía cruzar dos líneas: la de Toledo-Castillejo, que empalmaba con la de Madrid-Andalucía, y la de Madrid-Badajoz. Por eso se podía viajar a Madrid por dos rutas, y los billetes así lo indicaban: o por Parla o por Aranjuez. El edificio principal de la estación de Algodor, a semejanza de la de de Toledo, es de estilo neomudéjar. Por la creación de las dos líneas de Alta Velocidad, la de Madrid-Sevilla y la de Toledo-Madrid, la estación está inutilizada desde el año 2005, y sólo se utilizan sus vías para algún transporte de mercancías. Sigue viviendo gente en algunos de sus edificios. No son ferroviarios. Adif alquila algunas viviendas donde residen algunos nostálgicos morando en un entorno muy tranquilo, cómodamente abastecidos en Toledo, pues el barrio del Polígono está a dos pasos. La estación de Algodor se utiliza como escenario en rodajes de películas. Una de las escenas finales de Dolor y gloria de Almodóvar está filmada aquí.

Asimismo hacía siglos que no iba a un lugar hechizado, sumamente secreto: el monasterio de Nuestra Señora de Monte Sión, comúnmente conocido como Finca de San Bernardo, habitado por cistercienses, al que se llega por un camino que parte en el comienzo de la carretera de Toledo a la Puebla de Montalbán, cuna de Fernando de Rojas, autor de La Celestina. Tenía mucho interés en mostrarle este sitio a mi esposa. Yo la primera vez había ido de la mano de Pablo Sanguino, conocedor del todo todo Toledo. Llegamos con el coche hasta la verja, cerrada, viendo por tanto el recinto, el gran pabellón y el inicio de los jardines completamente inaccesibles. Qué le vamos a hacer. Pero he aquí que la suerte se nos mostró misericordiosa haciendo aparecer a uno de los cuatro monjes, de paisano, quien cordialmente se dirigió a nosotros. Al momento, accionó un mando a distancia y la verja se abrió como por encanto. Orillando el gran edificio, nos dirigimos directamente al jardín. Un jardín con sabor romántico, muy abandonado, pues, según nos confesó el fraile, lo habían regado con la salada agua de un pozo que se había cargado el seto. Aún así, pudimos admirar plenamente las cerámicas murales de Daniel Zuloaga, tío de Ignacio Zuloaga, que reproducen monumentos toledanos: los puentes históricos, las iglesias de la Magdalena y San Justo, las puertas del Sol y de Bisagra. Como ya se nos hizo la hora de comer, penetramos en un restaurante cercano, el Asador de San Bernardo, recomendado por mi toledanísima buena amiga María Antonia Ricas.  Almorzamos la mar de bien. Por la mañana no desayunamos en el hotel, sino que nos allegamos al clásico quiosco Catalino, en el Paseo de la Vega, ingiriendo tan ricamente un chocolatito con un par de combros (porras en toledano).

Desde allí el coche giró hacia el Hospital de Parapléjicos, pasando por la Finca la Peraleda, actual recinto ferial, hasta aparcar en el restaurante-jardín Casa Tabordo, cerrado, ya que era lunes, y al que hacía también centurias que no iba. Desde allí sale un sendero a la orilla del río, ceñido en tosca y espesa maleza, que comunica con la antigua carretera de Ávila, donde antaño estaba ubicado el mesón, buen chuletero, La Venta de la Esquina. A la derecha queda el hotel Eurostars Palacio Buenavista, de cinco estrellas, construido en lo que fue el palacio propiedad del Conde de Romanones, al que también una vez me llevó Sanguino, pudiendo, incluso, hablar un rato con el propio conde en el patio de la ya muy vetusta edificación. Esta mansión había sido propiedad  del cardenal Sandoval y Rojas, y Tirso de Molina cita la heredad en su obra Cigarrales de Toledo. Enfrente, hacía sus recorridos atravesando el río la llamada barca de Romanones, conducida por un cable tendido a lo largo del cauce, y que servía para transportar y supervisar los bienes del conde; su patrimonio se extendía cruzando el Tajo. Al final del camino el curso fluvial se divide en dos, habiendo una isla por medio. El brazo más cercano a la ciudad era llamado Río Chico y en los años 60 constituía una playa popular. Más concurrida estaba la de Safont, en el barrio de Santa Bárbara, junto a la estación, donde se alineaban varios merenderos que en Toledo se llamaban gangos. Durante todos los veranos, no se movían de allí desocupados y buenos nadadores, negros como el tizón, musculosos, que salvaron la vida a más de un turista despistado bogando imprudentemente con su colchoneta de plástico entre el riesgo de los muchos remolinos actuando impunes en la corriente. A principios de los años 70, en el agua empezaron a flotar desechos provenientes de las fábricas aguas arriba en forma de imponentes montones de sucia espuma. En 1972 nos prohibieron bañarnos en el querido río.

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