Una voz de faralaes

Donde se recuerda cómo la radio es la educación sentimental de una gran parte de españoles y se reivindica la cultura oral de nuestras delirantes tonadilleras

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Tenían de marca TDK, Sanyo o Philips y se cubrían con filigranas, floripondios y rosetones; ofrecían novedades sonoras e incluso felicidad en nuestras siempre complicadas adolescencias. La mayoría de estas piraterías provenía de la radio; corazón sentimental de media España y que vivió sus últimos años dorados en los ochenta con las emisoras piratas.

A rebobinar…

He recordado ahora cómo esos aparatos de ondas han formado a muchos a propósito de un trozo de la tertulia rosa de Federico Jiménez Losantos, mi perversión favorita, donde Alaska confesó que el tertuliano y uranita hiperactivo Víctor Sandoval grababa «cada programa de Encarna Sánchez» por la tertulia del corazón. Ese formato que presentaba nuestra lesbiana favorita entre insultos a rojos y vendettas sáficas tenía una divertidísima sección llamada La mesa camilla donde esos maricones honoríficos que eran Carmen Jara, Marujita Díaz, Paquita Rico y Mari Carmen Yepes perotaban sin control (¡ni cultura!).

Tensión sexual no resuelta

Se ha hablado poco, y lo recuerdo de una conferencia de años en mi Facultad, cómo la verdadera grandeza de España es su prodigiosa cultura oral y que compensa cualquier analfabetismo previo. Es decir, las folclóricas podían no haber leído un libro. («yo a los escritores prefiero tratarlos que leerlos», decía esa foucaltiana inadvertida que fue Lola Flores), pero tenían un carácter, unos modos, que les permitían memorizar decenas, cientos, de frases ingeniosas.

En torno al casticismo

Cuando los antropólogos, cuando el relamido de Goytisolo, reivindicaban la tradición hablada de culturas ignotas olvidaban casi siempre que todas estas tonadilleras eran netamente superiores a los Sioux o los cuentacuentos de Marrakech. Porque en sus giros resobados, en su malicia envidiosa, eran creadoras del lenguaje y herederas del romancero. Todas ellas habrían erizado de placer los pelos canos al más atildado filólogo de la Sorbona con sus ideas/paridas. En cierto sentido, Umbral vio todo lo literario de ese monstruo creador que era Lola Flores en una de las mejores entradas de su diccionario de literatura:

» La Sociedad de Autores de España exige o exigía a los creadores, para su ingreso en la casa, un examen sencillo referido a la actividad artística o creadora que iban a desarrollar: teatro, música, canción, recitado, etc. Doña Lola Flores decidió un día que la autora de sus coplas era ella, aunque las hubiera escrito un particular, para así cobrar por dos conceptos: intérprete y letrista (…) Lola Flores se presenta repetidamente a este examen de la SGAE, pero como no frecuenta la gramática ni le asiste la invención suspende mes tras mes el patético trance. Al fin, por ser Lola Flores, se la admite en la Casa como escritora, como letrista (…) Pero los orígenes de la creación son siempre confusos, plurales y hasta colectivos. Lola Flores era un colectivo, como el propio Homero. Lo que nos queda es la sintaxis de su corazón, la temperatura del mito, el tempero racial de una gitana apócrifa que hizo de Jerez un romancero lorquiano de bolsillo…»

 

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