“Under African Skies”: Apartheid, bloqueo cultural…¡qué diablos, esto es música!

Paul Simon demostró al mundo que Graceland no era un hombre poderoso aprovechándose de personas sometidas, sino una colaboración cultural de dimensiones colosales que además acabó cargándose (y seguro que no fue su intención original) de un mensaje universal hermosísimo: la igualdad de las personas.

 

Contextualización

 

En el último año las palabras Sudáfrica y música han estado muy presentes en la memoria colectiva después de que el documental del año “Searching for Sugarman” se llevara el Oscar y dejará alucinado al mundo con la increíble historia que nos cuenta.

 

Una historia, la de Sixto Rodríguez, incomprensible e inexplicable en gran medida si no tuviéramos en cuenta el salvaje aislamiento internacional al que el resto del mundo sometió a la Suráfrica del tristemente famoso apartheid: sin duda una de las mayores atrocidades y degeneraciones del hombre blanco de los últimos siglos.

 

Para el que ande algo perdido, repasemos muy brevemente (sin buscarle el sentido, más que nada porque nunca lo tuvo) qué era esto del apartheid.

 

Practicado en Suráfrica durante siglos (desde la llegada de los holandeses) se oficializó y legalizó en 1948. Esto no quiere decir, ni muchísimo menos, que antes de esto los auto denominados “afrikáner” no tuvieran inquietudes racistas hacia los nativos. En el 48 sencillamente lo instauraron y respaldaron con la ley. No en vano, mantener el poder concentrado en un 21% de la población blanca de un país que lo dirige desde el despotismo más retrógrado y el racismo más exacerbado necesita cierto respaldo legal.

 

“Separación” en afrikáans (lengua germánica, derivada del Holandés), el apartheid fue el sistema de segregación racial establecido en Suráfrica y Namibia hasta la caída del mismo en 1992. Consistió en la separación entre blancos y negros para cualquier actividad imaginable, en el poder exclusivo de los blancos al voto y en general en la conservación del poder para los mismos (un 21% de la población) sobre cualquier asunto que tuviera que ver con Suráfrica. 

 

Con un mundo recuperándose aún del “shock” postraumático de la Segunda Guerra Mundial y sembrando las semillas de la Guerra Fría, Suráfrica (que aún pertenecía a la “Commonwealth”) comenzó a trazar las líneas bases de su camino como nación confiando principalmente en sus materias primas (muchísimo oro y platino), en su condición de potencia económica africana y, también en su postura fervientemente anticomunista. Esto último es importante de señalar para entender cómo, a pesar del bloqueo al que se le sometió por parte de la comunidad internacional, pudo mantenerse. La expansión comunista fue durante décadas la mayor de las preocupaciones del mundo capitalista que surgió tras la II Guerra Mundial. Por ello, cualquier país que tuviera una postura anticomunista era bien visto por Estados Unidos y Reino Unido. Daba igual su situación: democracia, dictadura… lo importante era que no quisiera ver a los comunistas ni en pintura. De esto por cierto, en España sabemos también algo.

 

No es por tanto ningún secreto que si la Suráfrica del apartheid pudo mantenerse fue gracias al, entre otras cosas, apoyo armado y militar que recibió de los países capitalistas (Estados Unidos a la cabeza) para combatir al creciente comunismo en el sur de África.

 

Sin embargo la situación era totalmente insostenible a largo plazo y la declarada República Independiente de Suráfrica tras abandonar la “Commonwealth” en 1961 fue quedándose literalmente atrás con un régimen que hizo muy pocos avances y amagos de cambiar la situación que allí se vivía.

 

Se podría decir que durante décadas este país fue prácticamente invisible al resto del mundo que ignoró el delirio racista que allí se vivía.

 

Bloqueo cultural

 

Como ya hemos hablado, las políticas segregacionistas del régimen de la República Independiente de Sudráfrica fueron duramente criticadas por la comunidad internacional (también por parte de Estados Unidos, aunque como ya hemos hablado, con cierta discreción) que fue sumiendo al país en una especie de limbo en el que ni entraba ni salía nada. Se practicaron boicots de todos los tipos para asfixiar progresivamente al régimen.

 

El mundo de la cultura fue de los que practicó uno de los boicots más feroces casi prohibiendo la presencia de artistas extranjeros en el país y por supuesto ignorando cualquier movimiento/fenómeno cultural que allí ocurriera. No hace falta decir ya por qué nadie, ni siquiera el propio Sixto Rodríguez, se enterara de que allí era lo que Bob Dylan o Elvis Presley en el resto del mundo. 

 

Los sindicatos de músicos imponían sanciones a todo aquel que osara pisar territorio surafricano. Incluso Naciones Unidas intervenía colocando al músico de turno en “la lista negra”. Esto lo sabe bien el grupo de música Queen, a quien algunos dicen tener que reprochar sólo una cosa de toda su escandalosa carrera: las ocho noches que ofrecieron en el recinto estilo “Las vegas” situado en el territorio del bantustán de Bofutatsuana llamado “Sun city” en 1984 en pleno apogeo del Apartheid. Por supuesto, ese complejo estaba destinado a un público exclusivamente blanco aunque Queen siempre afirmó que tocaron ante un público “totalmente integrado”.

 

La jugada les supuso la mencionada sanción por parte del sindicato de músicos ingleses y la presencia temporal en la “lista negra”. Para un servidor que se enteró hace poco de este espinoso asunto se mire por donde se mire y fuera el tipo de público que fuera, no deja de ser sorprendente este hecho conociendo al personaje de Mercury que, si bien es cierto que no solía componer canciones “comprometidas” con causas sociales, no hace falta tener una cátedra en su persona para imaginarse su personalidad combativa y sus ganas de romper con lo establecido. Por no hablar por supuesto de su origen Africano (nació en Zanzíbar).

 

Con esto no quiero ni pretendo dar la sensación de estar insinuando que Queen fuera un grupo con inquietudes o tendencias totalitarias (que hubo quien lo dijo) o racistas. Más que nada porque igual que tenemos las ocho noches en “Sun City“ tenemos en el otro lado el megaconcierto Live Aid por África en el que arrasaron con todo. Me limito a narrar uno de los casos más sonados y polémicos que hubo relacionados con el bloqueo.

 

Pero si hubo un caso fascinante relacionado con el apartheid y el bloqueo cultural musical, ese sin duda fue el que protagonizó Paul Simon dos años después del escándalo de Queen. El cofundador de Simon & Garfunkel decidió explorar nuevos horizontes musicales y eligió la música africana para comenzar. Se trasladó unos días a Sudáfrica, más concretamente a Johannesburgo, y allí entabló amistad con músicos nativos con los que pronto comenzó a trabajar en la grabación y producción del que para algunos es el mejor disco del artista de Nueva Jersey además de uno de esos discos que quedan para siempre en la memoria colectiva: Graceland.

 

Mucho más que un disco

 

Portada original del vinilo de Graceland

 

Álbum diferente, cuidado en lírica, atrevido y sorprendente en ritmos, maravilloso en armonías vocales, líneas de bajo, guitarras y todo ello siguiendo al delicado tono de Simon, casi un susurro, que nos narra las historias que el disco quiere transmitirnos. El pop norteamericano en uno de sus encuentros más directos con las raíces de las que siempre bebió y no siempre reconoció.

 

“[…] Usada en la forma correcta (la música) puede informar y acercar a las personas para hallar soluciones a los problemas. Graceland hizo eso.” – Ray Phiri, Guitarrista de la banda surafricana Stimela y guitarrista en Graceland.

 

Tras el relativo “fracaso comercial” de su anterior trabajo Hearts and Bones, Paul Simon tomó la valiente decisión como artista de comenzar a buscar nuevos caminos, nuevas posibilidades, tal vez volver a la simplicidad. A los tres acordes que vuelven a sonar frescos. Se debe reconocer la valentía de un artista que, dicho por él mismo, venía de acumular éxito tras éxito con Simon & Garfunkel durante años y que de pronto se vio estancado. Dedicó muchísimo tiempo a escuchar música surafricana, repleta de grandes artistas (Boyoyo Boys, Ladysmith Black Mambazo, Stimela…) y a pensar acerca de cómo podrían quedar letras y melodías que él escribía sobre esos ritmos que le fascinaban y que no podía dejar de escuchar. Consultó a su compañía si disponía de algún contacto allí, a lo que le respondieron facilitándole el contacto de Hilton Rosenthal, productor de música surafricana con el que se puso en contacto inmediatamente para pedirle información sobre las bandas a las que escuchaba y sobre la disponibilidad que tendrían para trabajar con él. Obtuvo respuesta positiva y directamente puso rumbo a Suráfrica. Primer y principal error que cometió el músico a nivel político y burocrático: saltarse al sindicato de músicos, las condenas internacionales de Naciones Unidas y también al ANC (Congreso Nacional Africano), que representaba a la población negra del país. Este colectivo establecía que ningún músico sudafricano podía tocar en el extranjero y por supuesto tampoco eran bienvenidos los extranjeros que vinieran a hacer cualquier tipo de actividad, ya fueran directos, grabaciones y demás. Si estabas en contra del apartheid, tenías, no sólo que respetar el boicot, sino apoyarlo.

 

Mi perspectiva es que lo que hizo Paul Simon tenía una belleza propia. Y que era una gran idea mezclar su música con algunas que él había encontrado en Sudáfrica. Pero en ese momento en el tiempo, no fue de ayuda” – Dali Tambio, fundador de Artistas contra el Apartheid.

 

La entrada sin sanción ni control de Paul Simon a Suráfrica fue vista como una amenaza por parte de la ANC y del grupo Artistas contra el Apartheid. La “impunidad” con la que el artista actuo campando a sus anchas por Johannesburgo y trabajando con los músicos que le apetecía con una indiferencia total a las normas establecidas no gustó a nadie por el miedo a que “abriera la veda”: a que el boicot se desestabilizara y otros artistas comenzaran a llegar a Suráfrica, o peor aún, que músicos sudafricanos comenzaran a abrirse al mundo. 

 

La paradoja y la situación era realmente dramática: Paul actuó, digámoslo así, guiado por el corazón, con una intención noble: él sólo quería hacer música en la que pudieran participar diferentes culturas. No quería involucrarse en ningún conflicto político-ideológico y sin embargo al llevar a cabo ese acto tan noble a simple vista, implicó a numerosos personas y grupos. Artistas, músicos y productores sudafricanos que vieron en la grabación de Graceland la oportunidad de demostrar al mundo que en África no todo era un desastre, se vieron obligados a asumir ciertos riesgos y exponerse a presiones o amenazas. Y por otro lado, el grupo Artistas contra el Apartheid o el ANC veían como Paul Simon se saltaba el boicot que ellos habían organizado para ahogar al régimen que les sometía, abriendo, tal vez, una puerta por la que el apartheid pudiera respirar.

 

Totalmente indiferente a las tensiones burocráticas que su visita estaba generando, Simon realizó varias sesiones en un estudio en Johannesburgo durante un intervalo de 12 días en los que escuchó tocar a numerosos grupos del país a los que fue dirigiendo a su terreno para grabar lo que él buscaba. Muchas veces sin posibilidad de comunicación directa, provocada por la diferencia de lenguas pero guiados todos por el lenguaje internacional cuyo abecedario son las doce notas, las sesiones fueron creciendo en intensidad y creatividad permitiendo a la estrella obtener una cantidad muy interesante de ideas bases. Brutos a los que dio forma y sentido en Nueva York, ciudad a la que volvió prácticamente espantado por las tensiones raciales que pudo observar y sentir tanto en las calles de Johannesburgo como en el propio estudio, donde ingenieros blancos le hablaban de las bandas negras como músicos poco capaces.

 

Una vez en NY, Simon y su ingeniero de grabación y mezcla comenzaron a literalmente “construir” canciones con los brutos y las ideas grabadas en África. Un proceso arduo de edición que llevó su tiempo. Casi tanto como el que le llevó al propio Paul escribir las letras que encajaran en esas canciones tan llenas de vida en las que pasan tantas cosas.

 

Ya en fase de post-producción del disco en Nueva York, el ex integrante de Simon & Garfunkel decidió invitar a todos los músicos que habían colaborado en la grabación en Suráfrica a terminar de grabar arreglos y demás.

 

Paul Simon rodeado de toda la banda que grabó y promocionó Graceland

 

Casi dos años después de su primera visita a África, el 12 de Agosto de 1986 salía a la venta Graceland, no sin que antes Simon y toda la banda, incluida al completo la Ladysmith Black Mambazo hicieran una aparición en el programa Saturday Night Life interpretando por primera vez “Diamonds on the soles of her shoes”. La aparición resultó ser todo un bombazo que entusiasmó al público del programa. Durante la actuación pudo apreciarse la química que el artista de Nueva Jersey había desarrollado con todos los músicos de la banda y el respeto mutuo que existía entre ellos. La actuación por cierto sirvió de trampolín de lanzamiento directo al estrellato para los Ladysmith Black Mambazo.

 

La banda de voces a capella Ladysmith Black Mambazo

 

El disco arrasó en ventas y fue acogido con un gran aplauso por la crítica. Ganó en 1987 el Grammy a Álbum del año y en el 88 el Grammy a “Grabación del año” además de estar nominado a canción y actuación vocal masculina.

 

Es mi álbum favorito […]. Para mi, el interés que tengo actualmente por  Sudáfrica despertó después de escuchar por primera vez Graceland” – Oprah Winfrey.

 

Tres semanas después del estreno, comenzaron a llegar los problemas. El ANC denunció la grabación del disco en Suráfrica por saltarse el boicot cultural.

 

“El disco estaba lleno de controversia. Daba la sensación de que Paul Simon había ido allí en una especie de misión encubierta a colaborar con los músicos. Quiero decir, colaboró, según se hizo evidente, con los sudafricanos que lo merecían. Pero todo el proyecto parecía un poco irregular” – Jon Pareles, crítico musical del NY Times.

 

Dadas las intensas críticas con las que se encontró, en las que el argumento principal era “El hombre blanco poderoso que se había aprovechado de los inocentes e indefensos sometidos”, Simon se embarcó en una especie de gira por diversas charlas con estudiantes y demás para explicar su versión y visión de lo que había ocurrido.

 

Reproducimos aquí parte de la conversación que mantuvo Simon con un estudiante de color en la Howard University:

 

Estudiante: ¿Cómo justificar ir allí y despojar de su música a los de este país? No es sino un robo.

P. Simon: Graceland es una colaboración. ¿No crees que es posible tener una colaboración?

Estudiante: Entre tú y ellos, no.

P. Simon: ¿Por qué?

Estudiante: No lo comprendes

P. Simon: ¿Por qué? ¿Por qué, porque yo soy blanco y ellos sudafricanos?

Estudiante: No comprendes la música para nada.

P. Simon: Bueno, dices algo con lo que, estos músicos de hecho, no están de acuerdo.

 

La polémica continuó persiguiendo al artista y a toda la banda durante la gira de promoción del disco. Especialmente turbulento fue su paso por Europa, donde tuvieron que retrasar conciertos por amenazas (incluso de bomba) tanto hacia el propio Paul Simon como hacia los músicos surafricanos. Las protestas eran tan masivas como también lo fueron los conciertos que dieron por todo el mundo. Y precisamente en los escenarios y conciertos fue donde el mensaje de Paul Simon, el mensaje de los músicos de Suráfrica, el mensaje de Graceland en definitiva, se hizo escuchar. Donde se pudo observar la contradicción social y política de un bloqueo que se antojaba tan necesario como innecesario a la vez. El bloqueo que los sindicatos de músicos de todo el mundo, tanto de fuera como de dentro de Suráfrica exigían para presionar y acorralar a un régimen delirante asfixiaba también los sueños y capacidades artísticas de los surafricanos, en el caso que nos ocupa, músicos. Miembros del ANC sabían que lo que estaban haciendo con Graceland era absurdo, pero cuando prohíbes algo, lo prohíbes para todo el mundo. ¿Cómo sino vas a explicarle a todos aquellos a los que no les dejas hacer algo, por qué alguien concreto sí ha podido hacerlo?  Paul Simon había sentado un “peligroso” precedente.

 

“Graceland Tour” fue un don divino. Realmente, fue hermoso. Viajar por todo el mundo, ver a toda esa gente…en Sudáfrica no teníamos oportunidad. […] Tienes sueños pero no pueden volverse realidad. Eso te destruye. Sin embargo, Graceland abrió mis ojos y puso un toque de esperanza en mi vida” – Barney Rachabane, saxofonista de Graceland.

 

Paul Simon y la artista exiliada política de Suráfrica Miriam Makeba, alias Mamá Africa durante la mítica actuación en Zimbawe


Todo el “staff” de la gira asumió el riesgo y las críticas por saltarse el dichoso boicot y continuaron con ella. En cada directo el espectáculo era pura fusión, pura mezcla de culturas y sobre todo, pura música cargada de un mensaje que por infinitas veces que sea repetido no dejará de ser hermosísimo. Paul Simon, toda una estrella internacional, era la cabeza, la cara bonita. Pero nunca ocultó o ninguneó a los músicos que le acompañaron, puesto que sabía de sobra que los necesitaba tanto como ellos le necesitaban a él. Y de este modo fue como demostró al mundo que Graceland no era un hombre poderoso aprovechándose de personas sometidas, sino una colaboración cultural de dimensiones colosales que además acabó cargándose (y seguro que no fue su intención original) de un mensaje universal hermosísimo: la igualdad de las personas. Graceland agitó al mundo que parecía haberse olvidado de Suráfrica mostrándole su cara más amable, más creativa, más genial tanto en el disco, como también en esa gira cargada de tintes políticos que sin embargo no pudieron doblegar a la verdadera protagonista de esta aventura: la música como uno de los mensajes de unión y paz más universales.

 

Adjunto aquí, un fragmento del concierto que Simon y toda la banda dieron en Zimbabue durante la gira de promoción de Graceland. 

 

“La música es la cosa más unificadora que he visto. Son sólo doce notas. Hasta que Dios nos dé trece, todos tenemos los mismos materiales para trabajar por 500 años: doce notas. Eso es lo que la música es. Es la voz de Dios. ¿No crees? –  Quincy Jones, productor musical.

 

PD: Sobra decir que la escucha de Graceland esta recomendadísima y que todo lo mencionado y mucho más, podéis encontrarlo en el documental Under African Skies. 

 

Art Ace

 

Colectivo formado por:   Arturo Fernández Knieling Nacido en 1988, desde muy joven siente una atracción especial hacia el mundo del arte audiovisual. En su adolescencia, la música en general, y el rock en particular despiertan en él todas las inquietudes que actualmente le mueven en la vida. Aspirante a productor musical, tras un paso en falso como estudiante de Administración de Empresas, este madrileño orgulloso, comienza a estudiar Periodismo en la Universidad Complutense siguiendo otra de sus inquietudes: observar a su alrededor y escribir transmitiendo su humilde opinión. @acearturo.   Laura Fernández Knieling Nacida en Madrid y crecida en la misma ciudad, estudié unos años en el colegio alemán de madrid y terminé mis estudios en el "hispano-alemán". He terminado este año la cerrera de "comunicación audiovisual y multimedia" en la universidad europea de Madrid. ( El cine y la música son mis dos vías de escape y métodos para reflexionar).   Patricia Gómez Riaño Madrid 1991. Estudié en el colegio Hispano-Alemán. Y actualmente curso el ultimo año de Comunicación Audiovisual. El cine y el deporte, dos de mis grandes aficiones.     María Villarroya Lillo Nací el mismo día que mi cumpleaños en la primavera de Madrid. Tras unos años de duda existencial en los que quise estudiar de todo llegué a la conclusión de que lo quiero ser de mayor es joven. Mientras espero a que llegue ese momento estudio Periodismo y escribo sobre Moda porque creo que la gente es más interesante vestida que desnuda y que la ropa dice más que las personas que la llevan. @eme_uve_ele