Unfollow

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Durante una época de mi vida calibraba las borracheras por los amigos que me faltaban al día siguiente en Facebook. Era sencillo porque entonces no tenía muchos; estábamos todos en familia y hasta nos visitábamos los muros con la mirada vagamente impulsada por el fornicio. La secuencia era siempre la misma: me despertaba con la mente en blanco, me arrastraba al ordenador, abría Facebook y si veía que me faltaba mucha gente empezaba a resoplar y decía: “Ay mamá, que ayer me lo pasé de puta madre”. Sin embargo, si amanecía con cinco solicitudes de amistad me visualizaba fregando pollas de un lado a otro y contándole a las gentes del pueblo que yo en general los quiero a todos y que aquel bar infame había sido el lugar ideal para encontrarnos. Las bajas eran consecuencia directa del trasiego torvo de albariño y licor café; las altas, del MDMA.

 

Meses después supe que en Facebook, como en la vida, es menos preocupante perder amigos que sumarlos. Uno acepta sin ton ni son y cuando se da cuenta le está diciendo que sí a todo en la calle, incluso a dejar propina. Yo hace dos días recibí la solicitud de amistad de una chica que me dejó por lo menos pensativo. No la recordaba de nada y tenía la impresión de que si alguna vez la hubiera visto, algo me sonaría. Y pinta de lectora no tenía. Cada vez que me piden amistad perfiles así me imagino al monstruo de Amstetten en un sótano de luz macilenta frente a un ordenador viejo y dos rollos de papel higiénico sobre la mesa. Me cuesta mucho aceptar ese tipo de compañías, pero las asumo por la misma razón por la que mi abuelo echaba la quiniela en el bar Gran Suqui murmurando: “Non vaia ser o conto”.

 

A estas cosas te acostumbras, como a todo. Lo trabajoso es asimilar el despido en frío, por la espalda. No se entiende que uno pase un mes yendo de su casa a su empresa trabajando como un bendito, haciendo sus cosas sin meterse con nadie, interviniendo con pulcritud en los muros, yendo a saludar los domingos a los abuelos y durmiéndose a una hora prudente para que luego detecte, como detecté yo hace unas semanas, una fuga de diez amigos. Quien desagrega a alguien así, a un tío que no rompe un plato, a alguien tan buena gente, sólo puede ser una persona de mente retorcida y si supiese el daño que hace lo pensaría más. Eso es lo que creo yo porque soy de natural sensible y afectado, ensayo los viernes caída de párpados y si hay que toser en la aldea lo hago como Zoolander no para provocar, sino porque me sale.

 

Ahora, cegado por las visitas a mi blog y el halago de mis lectores, atiborrado de mi pequeña gloria, me endiosé y asalté Twitter con la esperanza de reunir 1.000 seguidores en una semana y medirme de tú a tú con la pomada, pero llevo 21 días y ando batiéndome en número de fans con Patxi Salinas. Por si fuera poco, ya colecciono lo que allí llaman misteriosamente unfollows. La primera vez que me di cuenta de que la gente me estaba dejando de seguir estuve a punto de darme la vuelta de repente, como en el escondite inglés, o bajar al bar a preguntar. Yo estaba cómodo enlazando buenos artículos, y aquello era como si a Jesucristo se le empezasen a marchar los apóstoles en plena temporada de milagros. Le escribí entonces a Milleiro, que es mi Señor Lobo en internet. “Tengo unfollows”, le dije como si tuviese hongos. Me contestó con no sé qué de lo políticamente incorrecto, como si esas dos palabras de tantas sílabas fueran a entrar en un tuit. “¿Por qué la gente me está dejando de seguir?”, me preguntaba ya en cama. “¿Estaré tocando mal la flauta?”. Y con ocurrencias así igual los unfollows un poco los andaba mereciendo.

 

En los últimos tiempos he decidido eso tan humano de que paguen justos por pecadores. Así, cuando me paro con alguien por la calle lo saludo con una gran sonrisa y mientras hablamos saco el móvil a la altura del bolsillo, entro en Facebook y lo desagrego allí mismo mientras sigo la conversación como si nada, me despido de él con un abrazo y un beso en la mejilla, y sigo mi camino casi sonriéndome, casi feliz, sintiéndome un asesino perfecto.