«Unincorporated man»

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Las empresas dicen que sus empleados son su capital más preciado, las madres que sus niños valen un montón, los novios se dicen “tesoro” …  Pero casi nadie sabe cuánto valen a precios de mercado.

Sólo los deportistas y otras figuras del espectáculo amagan cifras. Por ejemplo, los pulgares de Fernando Alonso valen 10 millones de euros o traspasar a Ronaldo costó cerca de 100, que por otro lado es lo que gana Tiger Woods cada año entre patrocinios y torneos, lo que combinado con una vida estándar de golfista podría darnos una forma de calcular su “valor económico”  por descuento de flujos.

 

Toda esta reflexión viene por la novela de ciencia ficción “The Unincorporated Man”, de los hermanos Kollin. No la he leido aún (no parece posible comprar el ebook desde fuera de EE.UU.). Esto puede ser ventajoso, pues nos permite pensar sobre las hipótesis de la novela con más libertad.  

La novela, literariamente (según las críticas) parece poco significativa, pero las premisas son inquietantes y sugerentes a la vez: tras un colapso económico, la humanidad ha decidido que todos los seres humanos nazcan participados (como si fueran una empresa) por el estado (que posee un 5%) y los padres (que detentan el 20% de las acciones).

Durante la vida, pueden tomar con su propiedad decisiones económicas, como conseguir capital para su desarrollo personal (por ejemplo, ceder un 10/15% para conseguir fondos con los que invertir en estudios universitarios), al que se espera sacar rentabilidad (procedente de la mejora de sus ingresos respecto a no estudiar). Parte de esa rentabilidad irá a los accionistas, otra, a la recompra de acciones para ganar control sobre su propia vida, ya que los accionistas mayoritarios tienen cierto poder de decisión y control sobre las personas que han perdido más del 50% de sus acciones. En la visión de los autores, parece ser que también sería habitual cambiarlas con familiares, parejas o compañeros, a modo de alianza estratégica.

Como dice otro escritor de ciencia ficción “el futuro ya está aquí, sólo que no lo bastante repartido”. Para entender esto conviene buscar un ejemplo actual. Y lo hay:  Thrust Fund es un fondo de tres emprendedores, que calculan que el valor actual de sus ingresos futuros (a la más típica presentación de business case) es de 10 millones de dólares (cada uno), y esperan vender a ese precio el 3-6% de su valor personal (es decir, ese porcentaje de sus ingresos futuros) en la actualidad para financiar sus proyectos.

Si lo miras fríamente, parece más sensato invertir en personas seleccionadas que invertir en la Seguridad Social, hoy por hoy. Por otro lado, el acceso al desarrollo personal sería seguramente más abierto, menos dependiente de la clase y más acorde con las propias capacidades. Del “tanto tienes, tanto vales”, al “tanto vales, tanto tienes”.

El tema, me parece, es un interesantísimo “what if”. Al contrario de otras novelas del género, no es descabellado ni irrelevante pensar en las consecuencias de un futurible similar. Sería la extensión del modelo capitalista (con mutaciones) a un rango mucho más amplio de la actividad económica que el de las empresas actuales, naturalmente con muchas consecuencias sociales y personales. Una extrapolación de las tendencias actuales que no es imposible. Una de las ideas sobre el futuro con más fuerza que he visto últimamente, no tanto quizá por lo probable, sino porque lo que sugiere.

La visión de los autores parece ser negativa, como quizá sea la espontánea de la mayoría de los que se enfrentan a la idea. De hecho, advierten del poder de maléficas corporaciones en ese entorno (aunque, moralmente, los padres no deberían salir tampoco bien parados). Otra antigua y sólo recientemente denigrada institución, la “esclavitud”, parece acechar también detrás de la idea. Los autores lo plantean como una distopía (como una utopía negativa) contra la que hay que rebelarse. De hecho, este escenario hipereconómico es el opuesto a la Utopía de Tomás Moro, donde a los niños se les acostumbraba a jugar con oro y piedras preciosas para que de adultos no les dieran importancia (aunque sí había esclavos)

Un punto importante es que no hay que ceñirse a las metáforas corporativas o de esclavitud: el modelo podría tener planteamientos legales, culturales e institucionales muy variados. Y el proceso no tiene por qué ser radical. Existe el peligro del abuso de la propiedad, pero depende de qué derechos tiene la mayoría del capital. Por el lado contrario, existe el de perder incentivos para trabajar una vez se pierde una parte importante del capital propio, que afectaría al derecho del capital, con versiones revisadas del “problema de agencia”. La inmigración sería muy distinta: seguirías teniendo responsabilidades con el estado de origen y quizá cederlas al de destino, igual que la emancipación del hogar.

Las derivadas éticas están también ahí. Sobre si aumenta o disminuye las desigualdades, depende de lo meritocrático que sea uno. Es cierto que hoy también naces con unos compromisos como pagar impuestos o retribuir a tus padres. pero hacerlos tan explícitos y flexibles puede ser duro (aunque el ser humano se hace a todo). El sistema gira hacia la responsabilidad individual y posiblemente fomente el riesgo, pero si eso es mejor o peor, o si en realidad deshumaniza o «aliena» (vuelve Marx!) no lo sé. Si se sostiene ante las expectativas de vida mejor de miles de millones de personas de países emergentes mejor que las soluciones actuales, tampoco. Evidentemente, no es una solución perfecta, pero tampoco lo es la de hoy.

Queda planteado el tema. Sólo apuntaré a continuación alguna de las ideas que me ha suscitado (a modo de brainstorming particular). Lejos de conformar una opinión, trata de ser provocador, al señalar algunas tendencias que podrían favorecer llegar a ser algo parecido a esa sociedad:

– Económicamente, sospecho que abre a la economía muchos campos de actividad productiva que ahora no están recogidos. Al fin y al cabo, tras el fracaso de la planificación centralizada, parece una forma eficiente de movilizar recursos y de promover el emprendizaje. Los individuos, no las empresas, son la última unidad de producción y generación de valor. Como decía Gordon Gekko en Wall Street “greed is good”: valorar las cosas ayuda a sacar lo mejor de uno mismo, y de los otros.

– Por otro lado, muchas de nuestras actividades económicas como pedir un préstamo o contratar un seguro, tienden ya hoy a personalizarse más según el perfil del demandante, una tendencia que se acerca a los “fundamentales” de una empresa para su valoración. Naturalmente, la información es incompleta, pero así es la economía.Los microcréditos que se ofrecen en el tercer mundo, que además, tienen mejores tasas de devolución que los créditos del mundo desarrollado, también me parece que se asocian a la tendencia

– Otro tema es el del control y la privacidad. En un mundo basado en esas premisas, igual que las empresas cotizadas tienen que ofrecer sus cuentas regularmente, las personas serían auditadas en su actividad y decisiones. Posiblemente más de lo que hoy nos parece tolerable, pero las redes sociales están destruyendo algunos mitos sobre la privacidad. Y, por ejemplo, en Finlandia puedes conocer la declaración de la renta de cualquier ciudadano al momento mandando un SMS a Hacienda.

– Naturalmente, en este entorno cobra todo el sentido la tendencia actual a la marca personal (una de cuyas visiones más sensatas es la que ofrece Andrés Pérez). La reputación online ya influye en las contrataciones

– Finalmente, no hace falta decir que algunas de las tendencias que se apuntan de “empresa distribuída”, “empresa 2.0”, etc tienden a dar más importancia a la persona y su talento como creadora, no tanto asociada a una empresa como embebida en un tejido más flexible de producción.Otra tendencia actual coherente con esto es el de la creciente valoración de los intangibles en el mercado de valores (como el talento de la alta dirección o equipos). Ambas tendencias desembocan de forma natural en “valorar” a las personas por sus potenciales aportaciones futuras.

Así que, en esta temporada del IRPF, recordemos que somos «personas físicas», y que se nos unieron las empresas como «personas jurídicas», también con derechos y obligaciones, aunque teóricamente inmortales. Puede que en el futuro unamos aún más ambos conceptos.