Universales oblicuos

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1.

 

Cuando la escritora Lauren Elkin, en su reciente artículo para The París Review “Why all the books about motherhood”, afirma que el interés que despierta en su generación el tema de la maternidad (tanto al nivel de la escritura como de la lectura) se debe al hecho de que en ello se permite “to enter the intimacy of another mind that has felt the same hopes and fears as ours”, en realidad no está sino refrendando la tercera hipótesis de Marina Garcés en su libro Nueva ilustración radical (Anagrama, 2018), aquella en la que afirma que “la tradición humanista occidental debe abandonar el universalismo expansivo y aprender a pensarse un universal recíproco. Esto es: construir relaciones de lateralidad, de horizontalidad. Una forma de “no dejarnos convertir en un activo físico-químico del necrocapitalismo actual”. De manera muy resumida: no borrar la capacidad de vincularnos con el fondo común de la experiencia humana. Re-crear la capacidad que tenemos de compartir las experiencias fundamentales de la vida, ocupando un “lugar receptivo y de escucha, incluyendo no solo la alteridad cultural sino también la tensión y el antagonismo entre formas de vida”.

 

2

 

“No podemos suprimir las cosas ni a los otros, decía Merleau Ponty, porque vivimos con las cosas gravitando a nuestro alrededor y coexistimos con los otros por irradiación y transitividad de nuestros cuerpos […] se trata de no perder de vista el riesgo que ronda a toda dialéctica cuando quiere ser dialéctica inmediatamente, volviéndose autónoma y convirtiéndose en cinismo formalista, esto es, cuando cree demasiado en la síntesis y se convierte en una “nueva posición””.

Marilena de Souza Chauí, Merleau-Ponty: la experiencia del pensamiento (Colihue, 1999)

 

3.

 

“Es importante que sepan que para cuando escribí esto estaba borracho, muy borracho. Derramé cerveza sobre la computadora. Dije, chinga tu madre. Una expresión que puede traducirse como, ay jueputa. Algo así.”

Didier Andrés Castro, Gifzcarraldo

 

4.

 

“Las relaciones para mí son algo complicado, escribí correos muy largos en momentos difíciles y amigos me vieron llorar al contar lo vivido. Esto es afín a todos los seres humanos. Esto es parte de la condición humana, o de lo que hemos interpretado como condición humana, y por lo tanto inamovible, cosa que considero errada”.

Didier Andrés Castro, Gifzcarraldo

 

5.

 

Leer a Didier Andrés Castro es siempre participar de una nocturna conversación íntima. Lo que más me llama la atención de sus textos es su sinceridad impremeditada, una escritura, la suya, que expande el amor a veces hasta volverlo desesperación. No aquí, en este caso, o no del todo. O sí. Pero es que hay dos flotadores contra la brutal corriente: la expresa mención –melancólica y dolorosa, pues la ve en la distancia- de su bella historia de amor con Jade Tovar, pero también por el afán ensayístico del texto; de micro-ensayo, o de descripción conceptual, si se quiere.

 

Gifzcarraldo lo conforman una retahíla (aparentemente inconexa) de gifs a la que el autor contrapuntea con textos breves, textos que se plantea como “la reflexión del autor frente a esa creación […] la historia [que] está narrada en los gifs […] la preocupación por darle sentido”.

 

Hay referencias a Vonnegut, a Foster Wallace, Burroughs, a Thomas Wolfe, Komninos Cervos, Stephenson, Jim Andrews, al sempiterno Dennis Cooper. Es una obra autobiográfica (todo lo que permite la escritura) con algún apunte netamente de ficción.

 

Así lo explica el propio autor: “Una sucesión aleatoria de imágenes, escritas o visuales, no forman una obra. Y ese ha sido el formato que elegí. Contar lo mismo desde diferentes lugares. Porque la repetición crea la realidad. La ilusión de estabilidad”.

 

Pero, de alguna manera, Didier miente. O falsea. O practica una temerosa humildad. Porque, revisados, sí que tienen todo el sentido del mundo (los gifs). La sucesión –nada aleatoria, o todo lo aleatorio que puede ser algo guiado por el capricho del sentimiento- de gifs que se intercala en la historia. Aunque se ha de entender como un compendio de emociones, gestos y actitudes. Esto es, como parte de un lenguaje inmediato, especie de “instantáneas de la condición afectiva”, al decir de Hito Steyerl.

 

6.

 

Gifzcarraldo es un artificio en el mismo sentido que lo era Breve tratado sobre el fracaso; textos que se autoimponen unas reglas y las siguen. También aquel eran un libro sobre las decisiones, las huídas. Allá, sin embargo, lo que se cernía a la médula espinal de su estructura era la fe. Aquí es más bien el error, el glitch, los errores en las imágenes en movimiento. El fracaso no como consecuencia de una determinada tentativa, sino en tanto que condición inexcusable de la propia escritura, de la literatura misma.

 

A este respecto es necesario llamar la atención sobre el juego intertextual que el título del libro se trae con Fitzcarraldo, la película de Warner Herzog basada en la historia real del comerciante peruano Isaías Fermín Ftzcarrald. En ella, se cuenta la épica hazaña (que finalmente resultó exitosa) de hacer rodar el casco de un barco de vapor (llamado “Contamana”) por un camino de diez kilómetros de largo, llegando a alcanzar alturas de casi 500 metros; a que la improbable hazaña llegase a buen puerto (nunca mejor dicho) ayudaron un millar de indios y un centenar de blancos. Así, tras dos meses de arduo trabajo, consiguieron atravesaron el Istmo de Fitzcarraldo, una colina que comunica la cuenca del río Ucayalí con los ríos Madre de Dios y Beni, en Perú.

 

7.

 

Los gifs en Gifzcarraldo revelan múltiples estados de ánimo: de la euforia al enfado, de la fragilidad a la incomprensión o al cuestionamiento del yo. De la ligereza del rostro a la ironía o a la siempre torpe semblanza del reflejo; del barrido a la desfiguración y, finalmente a la desaparición. No en vano el libro termina con un error de conexión, en una especie de loop: se terminó el tiempo.

 

 

8.

 

“Los gifs pertenecen a lo que André Gunthert denomina imagen conversacional. La imagen conversacional […] se caracteriza por una serie de elementos que la conexión móvil permite. Su objetivo es la notificación en directo de una situación que está dirigida específicamente a un receptor. La imagen se convierte en un mensaje donde la interpretación depende en gran medida del triángulo formado por su remitente, la imagen y el destinatario. En otras palabras, presenta una alto grado de dependencia del contexto.”

Marina Gutiérrez De Angelis, Del Atlas mnemosyne a GIPHY La supervivencia de las imágenes en la era del GIF

 

9.

 

Como apuntamos antes, el objetivo último del libro es la búsqueda del sentido, de un sentido (del propio libro, del lenguaje de los gifs, de la propia vida del autor, de la escritura, del mundo). Así las cosas, y en tanto que instancias emotivas o gesticulaciones virtualizadas de nuestro cuerpo, los gifs serían “fósiles en movimiento” (Didi Huberman), palabras primitivas que nos hablan del lenguaje apasionado de los gestos, un lenguaje patético (pathosformel) que produce una suerte de disonancia iconográfica (en el sentido de que a la imagen se le transfiere un concepto metafórico expandido y que se hace eco de su clonación y réplicas previas –no se ha de olvidar que todos los gifs provienen de giphy y han tenido ya una larga y previa vida de circulación en las redes-).

 

El propio Didier Andrés Castro, no sin cierta pesadumbre, lo pone en estos términos, para dar por concluido su proyecto: “No estamos inventando nada, nos regodeamos en la absoluta desesperación e inocuidad de la escritura. Porque aquí vivo, viviré y aspiro al olvido“.

 

O dicho en otras palabras: una manera de dejar de ser yo para provocar la existencia de un nosotros.

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