Untermensch o la violencia de género

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Desde que empecé a escribir en este blog hace casi un año he evitado en lo posible escribir de política y de fútbol porque ya hablo demasiado de las dos cosas con los amigos y con mi padre, pero esta vez no me resisto a tocar el asunto de la violencia de género. Permítaseme aclarar, antes de proseguir, que me repugna cualquier abuso físico o psicológico que pueda perpetrar un hombre contra una mujer y que, caso de probarse, el maltratador o el violador deben ser castigados de acuerdo con las penas que dicte la ley. También considero que la sociedad debe mostrar tolerancia cero ante el acoso sexual, así como ante cualquier práctica discriminatoria por razones de sexo. Dicho lo cual, quiero dejar constancia que la ley contra la violencia de género aprobada en España hace unos años representa uno de los mayores atentados contra la dignidad y las libertades del varón.

 

Pues en lugar de definir el delito y enumerar las penas, lo primero que hace la ley, ya en su primer artículo, es declarar que todas las mujeres, por el hecho de ser mujeres, viven discriminadas, en situación de desigualdad y sometidas al poder de los hombres. La declaración es ciertamente sesgada. La violencia de género, según esta ley, no es esporádica, sino sistémica; no se reduce a unos cuantos individuos violentos, sino que representa la manifestación de una situación de injusticia y discriminación sufrida por la mujer a manos del hombre desde hace miles de años.

 

Así las cosas, la violencia de género es un baúl donde entra casi todo: la violencia física, pero también la psicológica, el asesinato y el insulto, el golpe y el amago, la amenaza, la coacción y hasta las malas caras. El resultado es el siguiente. En los primeros tres años hubo casi quinientas mil denuncias en España, de las cuales solo cuarenta y seis mil acabaron en condena, es decir, poco más del 9%. Sin embargo, una gran mayoría de los denunciados perdieron casa, hijos y muchas veces el respeto de familiares y vecinos. A ojos de los jueces, el hombre es culpable mientras no se demuestre lo contrario. Y cuando no se demuestra nada o queda clara su inocencia, lo más que puede esperar el acusado es que no vuelvan a llamarlo a los juzgados.

 

Sé que me meto en un charco, pero lo diré alto y clarito: la ley de género se asemeja a las leyes emitidas por el comunismo en la Rusia de Stalin o en la China de Mao para acaparar el poder y acabar con el enemigo. Allí el enemigo era el burgués y el patrón; ahora el enemigo a batir es el varón. La ideología que está detrás de la ley de género es el feminismo radical. Su estrategia es especialmente siniestra. El hombre es un depredador en potencia y, por ello, el mínimo brote de violencia real o imaginada debe atajarse sin miramientos. No se necesitan pruebas en la denuncia y ni siquiera indicios. Basta que la mujer se sienta amenazada por su cónyuge o por su pareja para que de inmediato se dicte una orden de protección y al hombre en cuestión se le prohíba la entrada en su casa o incluso el derecho de ver a sus hijos. Apenas se puede levantar la voz por tal desafuero. En seguida le recuerdan a uno el asesinato de tal o cual mujer a manos del marido, esa pobre mujer que por miedo o por compasión mal entendida no había ido a denunciar su situación de malos tratos a la comisaría.

 

Pero los datos son los que son. La tasa de muertes violentas en España es de 3.3 por cada cien mil habitantes, de las cuales el 95% son causadas por hombres y sólo el 5% por mujeres. De estos asesinatos, una gran mayoría, más del 70%, son de hombres contra hombres, mientras que los crímenes pasionales no pasan del 10%. La conclusión que se puede extraer de tales datos es que 1) el asesinato es un fenómeno esporádico en la sociedad española, 2) las vìctimas son mayoritariamente varones, y 3) el varón violento muestra mucho más respeto y deferencia hacia la mujer que hacia los miembros de su propio sexo.

 

Olvidamos que durante miles y miles de años los hombres fueron los que masivamente murieron en los campos de batalla y ejercieron los oficios más indignos, además de sufrir las mayores explotaciones a manos de otros hombres… y mujeres. El feminismo, como casi todo ismo en estos últimos doscientos años, es un movimiento alentado por el resentimiento. Pero si los jacobinos vertían su resentimiento hacia los aristócratas con peluca y los comunistas hacia el burgués, el resentimiento feminista pone en la picota a todo el género masculino, sin distinción de clases ni de edades. La misoginia medieval está dando paso a la androfobia y, si se me permite el terminacho, a la misoandria, que no es sino el odio hacia todo lo que es o huele a hombre. Homer Simpson es nuestro nuevo Untermensch.

Nacido y criado en Madrid, José Luis Madrigal ha pasado la mayor parte de su vida adulta en el mundo anglosajón. Vivió varios años en Londres y desde 1986 reside en Brooklyn, Nueva York. Es profesor titular en el Queensborough Community College y el Graduate Center de la Universidad de Nueva York (CUNY). Publica con cierta regularidad trabajos sobre atribución textual. En 2002, provocó algún revuelo al proponer que el Lazarillo lo había escrito un humanista toledano, Francisco Cervantes de Salazar, atribución que el mismo desecho años después tras darle muchas vueltas al asunto. Actualmente defiende otra candidatura más fundamentada, pero tras el traspié anterior prefiere no airearla demasiado. Algunos de sus trabajos están disponibles en la red. Digamos para terminar que le gusta leer, conversar con unos pocos amigos afines y contarle historias a su hija de siete años.