Usos y Costumbres IV. La Navidad

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Querida lectora, llega la Navidad y, antes de repetir la semana próxima una versión de la crónica que escribí el año pasado, como hacen los grandes cronistas, quisiera contarte como se vive ésta fiesta en la capital oficiosa del Imperio.

 

Además, impregnado del espíritu navideño que ya nos empieza a inundar (la semana que viene te diré bien hasta dónde llega la inundación), voy a darte una alegría y, emulando también a esos grandes cronistas, voy a intentar escribir una crónica de sociedad. Mira tu Necio que necio se pone.

 

La Navidad aquí, como bien sabes, es sobre todo la fiesta del consumo. Y para que haya consumo hay que incitar a él. (Bueno, principalmente para que lo haya hay que tener dinero pero no vamos a fastidiar ya la crónica de sociedad con algo tan ordinario.)

 

Pues bien, hablando de incitar al consumo, anda la Quinta Avenida que es un gusto verla. Al menos, hasta la calle noventa o noventa y nueve. Más allá empiezan los pobres pero, claro, de ellos tampoco voy a hablar o, de igual forma, nos arruinan la crónica de sociedad. Y, si se ponen, nos arruinan hasta la Navidad completa. Es lo que tienen los pobres, que son muy pesados. Pidámoles que, para este rato, el de la quincena de la bondad, tengan a bien quedar allí, en el Harlem, calladitos y no les permitamos que nos incordien nuestro espíritu navideño.

 

Como te decía, anda la Quita Avenida que da gusto verla. Dejame decirte que no es sólo ahora, en Navidad. Todos los grandes almacenes, al menos todos los que se precian de serlo, compiten durante todo el año por tener los adornos y escaparates más bonitos de la calle, los mejor emperifollados y los que producen mayores ganas de meterse en ellos; digo en los escaparates más que en las tiendas. (Qué diferentes con los aburridos de don Isidoro y don Amancio en las colonias).

 

Pues bien, todos compiten, luego siempre gana el mismo: Bergdorf Goodman. Gana por goleada y gana por buen gusto y gana porque llega a salirse de los tópicos, ya sea invierno o verano, para crear puro arte contemporáneo en las vitrinas de sus escaparates.

 

No, querida lectora, no estoy siendo irónico, tampoco exagero. Como dijo el Nazareno, a Dios lo que es Dios y al César lo que es del César. Los escaparates de Bergdorf Goodman son puro arte cotemporáneo, como lo son también los de otras firmas, por ejemplo, los de Prada en el Soho. Encontrar ese arte contemporáneo en las calles de Nueva York fue todo un hallazgo que debo al pintor mexicano don Carlos Vázquez, quien me lo descubrió un día, tiempo ha, paseando por esta ciudad.

 

Arte contemporáneo y artesanía y puestos de trabajo, porque esos escaparates llevan lo suyo. Por ejemplo, Begdorf Goodman ha creado este año, sólo para Navidades, unicornios engalanados con las vestitudras típicas no sé si del paraíso o de los cuentos de hadas. Y ha fabricado fantásticos coches antiguos y globos aerostáticos y máquinas del tiempo y telescopios y leones y tranvías de medio lado que muestran el esplendor de la ciencia de finales del siglo XIX y la gloria de los descubrimientos de principios del XX, esa época en la que aventura todavía era posible. Vamos, un escaparate con un punto Jumanji o La brújula dorada para quienes el cine sea una referencia.

 

Compitiendo con Bergdorf Goodman, aunque fuera de la Quinta Avenida, está el árbol de Navidad que ha montado en un apartamento de la calle 52 doña Gemma García y que tiene por tema el Vudu y Nueva Orleans. Más original no se puede ser.

 

Más convencional está la vitrina de Saks. Aunque la proyección sobre toda su fachada a oscuras de burbujas y estrellas blancas mientras suena música de carillón en toda la Quinta Avenida no deja de tener encanto y un aire mágico.

 

Este año también llama la atención por la novedad y lo extemporáneo, la pantalla gigante de Hollister con la imagen de una cámara en directo las veinticuatro horas del día que muestra la vista de una playa californiana. Que digo yo, ¿qué tendrá que ver eso con la Navidad?

 

Y, por supuesto, el árbol gigante del Rockefeller Center que siempre parece enano debido al rascacielos que le hace de fondo, como si uno y otro fueran una metáfora del think big (piensa a lo grande), del que ya te he hablado en otras crónicas, pero que en esta ocasión se queda reducido a la vulgar expresión de el tamaño es lo que importa.

 

El problema es que, a veces, se les va la mano a los escaparatistas y entre el arte contemporáneo y la horterada no hay ni un paso.

 

Ahí está Lord and Taylor que, anclado en la imagen de los Hamptons, ha puesto en su escaparate la típica familia del imaginario estadounidense, la más atípica de todas en la realidad del Imperio, la rica familia feliz que lleva polos de un tal señor Rafael Lorenzo.

 

Y ahí están también, al lado del Rockefeller Center, un poco más allá de la Quinta Avenida, las Rockettes del Radio Music Hall, que ponen la guinda al pastelazo de merengue que se comen los estadounidenses en estos días. Aunque eso sí, sólo por ver al Imperio en su salsa y a esa joya del Art Decó que es el Radio Music Hall, merece la pena ver la actuación.

 

En el paseo por la Quinta Avenida, el frío y los copos de nieve acompañan esa imagen de la Navidad occidental que nos ha ayudado a crear la Coca Cola. Una imagen que a los niños, y a los adultos que son como niños, hace que se les ilumine la cara cuando ven las estrellitas de los árboles.

 

Me detengo aquí, antes de lo habitual, porque otra característica de la crónica de sociedad es que, además de ligera, sea corta. Normal, porque si es más larga, lo mismo terminamos hablando de los pobres, a los que tenemos prohibido entrar en todos esos lugares de espíritu navideño.

 

Esperando que te haya gustado mi debut en el comentario de sociedad, me despido hasta la semana que viene donde te hablaré de nuevo de la Navidad, pero ya por mis fueros. Hasta entonces, mantén la salud y el trabajo, si puedes.

 

Vale

Máximo Necio nació en Madrid por accidente, como casi todo en su vida. Estudió humanidades en la Universidad Complutense. Al terminar los estudios buscó la erudición a través de la aventura, sin que hasta el momento haya aprendido más que un par de verdades de andar por casa. Tan escaso conocimiento le permite, sin embargo, cierto filibusterismo cultural y mucha, mucha indignación, aunque es más la de los intransigentes que la de los justos. En corregirlo anda.