Vamos a tocar un Rigoletto a la plaza del pueblo

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Los cambios, más o menos dramáticos, en la intendencia de los teatros españoles ponen sobre la mesa la preocupante llegada del populismo a la ópera. Lo que nos faltaba.

 

Hace un mes advertíamos, con ocasión de un reportaje sobre el coste de las producciones del Met, las dificultades que tenemos los opereros para hablar del vil metal. Hoy, que presenciamos en la prensa la despedida definitiva de Zubin Mehta al frente de la orquesta del Palau de les Arts de Valencia, toca hablar de cómo está afectando este debate a la agitada vida operística española hoy, y ahora.

 

Esta semana hemos escuchado varias voces importantes, de peso, no solo encima sino fuera de los escenarios, léase a Plácido Domingo advirtiendo una obviedad: que con 400.000 euros de subvención pública, una institución como el Palau no tiene ni para empezar. Ayer mismo, la revista Ópera Actual colgaba en su Facebook un adelanto del reportaje sobre la salida de Joan Matabosch como director artístico del Liceu de Barcelona para poner rumbo al Real Madrid, que contiene otras declaraciones demoledoras sobre la gestión económica del Liceu en los últimos cuatro años. Para Matabosch, lo han abandonado a su suerte y, así, lo han herido de muerte.

 

He oído decir en varias ocasiones que lleva seis años levantar un teatro y tres meses cargárselo, cosa que, si nadie lo remedia, parece que va a producirse en no pocos coliseos españoles al ritmo al que vamos. Vivimos un tiempo apasionante, un tiempo de cambios en el que la rotación de gestores está siendo frenética, pero también un tiempo de miedo entre los profesionales y de apreturas más o menos severas, que, al igual que ocurre en la sociedad en general, han ocasionado que en nuestro mundo también surjan populismos de todo pelaje y condición.

 

Por ejemplo, sin entrar a fondo en la iniciativa en cuestión, no quiero dejar de mencionar un delicioso titular aparecido en el diario Público hace tres meses, cuando la Ópera de Madrid, empresa privada, abrió sus puertas: La ópera se acerca al pueblo. Defiende el artículo en cuestión una peligrosísima tesis de fondo, que es que gracias a una gestión saneada, privada y austera, es posible ofrecer espectáculos líricos a precios de risa sin que, encima, tenga que salir dinero de las arcas públicas.

 

Es decir, lo que este argumento esconde detrás es que los teatros de gran tamaño, institucionales, están reservados a una élite que llega en limusina a los estrenos y paga del orden de trescientos euros por butaca, cuando no hay nada más alejado de la realidad. Que a lo que hay que ir es, paradójicamente, al modelo más brutalmente liberal: si la gente no lo paga, que no exista. Atendiendo, entonces, al nivel de especialización de los profesionales que se dedican a esto, y echando cuentas a bulto, cada entrada para un Turandot como el que ahora ha terminado en el Palau debería rondar, no sé, los dos mil euros, precios que podrían verse moderados si se hacen obras con poco o ningún coro, oratorios o, directamente, versiones concierto. De igual modo, yo podría montar una campaña a buen seguro exitosa entre quienes tenemos la fortuna de tener salud para dejar de pagar por Centros de Salud y Hospitales. ¿Qué tal?

 

Cuando desde las instancias políticas se empieza a pensar en estos términos ocurre lo que acaba de suceder en el Palau: que yo quiero lo más grande, yo quiero lo mejor, pero lo quiero por capricho, no por compromiso o por determinación artística. Así que cuando empiecen los problemas o se acaben los talones, sálvese quien pueda.

 

Es justo en ese momento cuando empiezan a brotar los auténticos problemas. Porque en un mundo como el lírico, del que aún cuelgan grandes lámparas de araña y abrigos de visón, no podemos permitirnos perder dinero, altura artística, integración en la comunidad, espectadores ni, muchísimo menos, podemos permitirnos quejarnos. Es muy difícil explicar a quien nunca lo ha vivido por qué vale la pena invertir (he dicho invertir) aquí y no en otra barrabasada, pero más difícil aún es evitar caer en estas trampas: primero lo monto, luego lo abandono, y vámonos todos a tocar un Rigoletto a la plaza del pueblo.

Alejandro Carantoña (Oviedo, 1988) escribe y hace ópera. Se prepara para debutar como director de escena: ha colaborado con diversos teatros (especialmente, la Ópera de Oviedo) en varias áreas, es sobretitulador, ha escrito en varios medios sobre ópera y ha publicado Cuestión de oficio. Unas memorias artísticas de Emilio Sagi (TREA, 2014). Es semifinalista del 8th European Opera-Directing Prize.