Vanitas

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Esperando esas felicitaciones que nunca llegan, me han reaparecido unas viejas reflexiones que siguen siendo plenamente actuales. Estoy de acuerdo con lo que le escuché a alguien: que no es el dinero ni el sexo la pasión dominante en el hombre, sino por encima de todo la vanidad.

 

Déjenme contarles una experiencia que me parece aleccionadora. Muy a menudo y en los últimos tiempos, conforme iba siendo consciente del peso de la vanidad en los actos humanos, yo hacía alusión a ella como algo que en ese momento pudiera estar inconscientemente moviendo mi propia reflexión, mi voluntad o mi deseo. Eso tenía lugar en ciertas charlas entre amigos y venía a cuento de lo que se hablara. Lo hacía con varias intenciones: el afán de verdad, desde luego, pero no menos el de rebajar la importancia de eso que yo estaba contando (y que así nadie se sintiera humillado) o el propósito de que también ellos procurasen ser conscientes de la presencia de la vanidad en sus palabras o actos. Para mi asombro, los demás aceptaban mi confesión sin protestar, como si ya conocieran de antiguo mi vanidad y simplemente lo confirmaran por mi propia boca; o, como también supongo, con la satisfacción inevitable de ver al otro disminuirse ante ellos mismos. Imagino que pesaba asimismo la sorpresa de ser quizá la primera vez en que otros les hacían una confidencia que no habían esperado. Pero lo más llamativo, radica en dos cosas. Una es que nadie se aprestaba a disminuir la carga de mi pecado, siquiera por tratarse de algo que podría considerarse muy extendido. Y la otra es que nunca les oí achacárselo a sí mismos, de donde deduzco que ellos se creían libres de semejante pasión.

 

Cuando he admitido esperar alguna enhorabuena o he mostrado mi queja por su ausencia, me han reñido expresamente bajo el cargo de vanidoso. Con frecuencia también, sin aguardar a que otros me condenaran, me he adelantado yo mismo a condenarme. Ahora bien, hay varias consideraciones aquí que hacer, más allá de dilucidar mi presunta vanidad y para estimar la situación que describo en su justo sentido. Son consideraciones no tanto sobre quienes demandan ese reconocimiento, sino más bien sobre quienes lo escatiman o no están dispuestos a prestarlo.

 

A lo mejor desconocen lo que es la condición humana, por lo demás bien accesible mediante la introspección. Ignorarían así la necesidad universal de recibir el aplauso por el mínimo gesto que pudiera merecerlo, por ridículo que fuere. Si no nos otorgamos recíprocamente ese favor, es que nos falta un saber psicológico elemental, o que no pensamos lo suficiente en el otro o que le queremos privar de tal alegría. Tal vez podría expresar asimismo una mayúscula ignorancia de -e insensibilidad hacia- lo valioso. Son muchos los que no detectan qué merece algún homenaje y no disciernen con tino a la hora de valorar lo que más vale. Carecen de órgano para captarlo y ese quehacer les supera.

 

Claro que también podrían saber todo eso y disponer de suficiente sensibilidad, pero no quieren aceptar a las claras lo valioso… porque les hace de menos. O sea, por envidia o rencor y afán de venganza. Es entonces cuando esa actitud bastante habitual se revela ruin y llena de vileza: porque esos otros se descargan de su vicio vanidoso a base de achacarme sólo el mío, que -en este caso al menos- sólo es el producto de que regatean mi mérito. En definitiva, vienen a reprocharme un malestar que ellos mismos -sobre la base del narcisismo de uno, desde luego- han procurado, y se solazan así con mi propio bochorno y malestar al confesarlo. Desde su propia vanidad me echan en cara la mía.

 

Nada de esto debe descuidar la vigilancia permanente sobre la vanidad de uno. Y es que, con tal de destacar o brillar, uno puede incurrir en las actitudes más despreciables. Por ejemplo, a desear que las cosas estén mal o vayan a peor, tal como uno lo había predicho, sólo para así vanagloriarse de haber acertado. Miserias.

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Aurelio Arteta
Mayorcito, de 1945. Por origen local y afición personal, confieso que me sería aplicable aquel absurdo de pertenecer al “pensamiento navarro”. Imparto clases de Filosofía Política y Teoría de la Democracia en la Facultad de Filosofía de San Sebastián (Universidad del País Vasco). Me han publicado varias recopilaciones de artículos de prensa sobre cuestiones civiles actuales, muy en particular sobre el nacionalismo vasco de nuestros pecados. Entre mis ensayos éticos estoy prudentemente satisfecho de La compasión. Apología de una virtud bajo sospecha, La tolerancia como barbarie (En M. Cruz, comp., Tolerancia o barbarie) y La virtud en la mirada. Ensayo sobre la admiración moral. En materia de filosofía política creo que son útiles manuales universitarios como Teoría política: poder, moral, democracia; El saber del ciudadano; Las nociones capitales de la democracia, obras colectivas de cuya edición he sido responsable. Soy colaborador habitual, desde el año l986, en las páginas de "Opinión" de El País y, más tarde, de El Correo y Diario de Navarra. Venido de movimientos ciudadanos como ¡Basta ya!, me afilié al partido Unión, Progreso y Democracia desde su nacimiento. Y no hay mucho más que contar.